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Miércoles, 25 Noviembre 2020 09:38

“Les gusta que les peguen”

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En el Día Internacional de la No Violencia Contra las Mujeres compartimos un relato testigo sobre la revictimización y el desamparo que, cotidianamente, sufren aquellas mujeres que se animan a denunciar la violencia machista que, en lo que va de 2020, ya se llevó la vida de 290 mujeres, travestis y trans y que pone a otras miles al filo de la muerte. Una pequeña muestra de lo que ocurre cuando en las propias instituciones que deben contener y proteger a las víctimas se reproducen los prejuicios que dan marco a la violencia y la consolidan.

Por Santiago Mac Yntyre

Atravesé la puerta de la comisaría suponiendo que mi estadía allí sería cosa de no más de 10 o 15 minutos; un mero trámite. Con lo que no conté fue que, para los funcionarios policiales presentes en esa dependencia, quienes allí acudíamos también éramos poco más o menos que un mero trámite, con problemas no tan significativos como para trastornar la rutina diaria de aquél recinto.

Apenas giré el picaporte y empujé la desvencijada abertura, me topé de frente con una joven de unos 30 años –tal vez menos–, acompañada por dos nenas y ayudada por otra que, estimo, empardaría su edad. Caminaba como podía, con la sangre aún fresca en su rostro, las piernas raspadas y un pantalón de jean algo deteriorado. Mi primera impresión fue que se trataba de uno más de los cotidianos accidentes de tránsito en los que las motos son protagonistas y engrosan considerablemente la estadística vial. No se me ocurrió pensar en ése momento qué hacía alguien herido en un accidente en una comisaría cuando en esos casos la cosa funciona al revés y son los uniformados quienes van al lugar del hecho. Pero bueno, tal vez había sido por ahí cerca, imaginé. Era una posibilidad.

Pero con el correr de los minutos empezó a dar vueltas en mi cabeza una y otra vez esa otra posibilidad, aunque me seguía pareciendo más probable la primera impresión. La falta de casco entre sus pertenencias no puso en duda mi hipótesis. Después de todo, no es tan extraño ver motociclistas sin casco.

Mientras tanto, nada alteraba el ritmo cansino de aquella maquinaria burocrática y yo empezaba a maldecirla, sabiendo igualmente que quienes la hacían funcionar, ni malos ni buenos, no eran más que simples engranajes formateados para que la cosa funcione así –por esa penosa altanería que a veces viene con el uniforme y por la rutina enajenante– como un obstáculo a menudo agotador y mortificante para quienes ocasionalmente quedamos del otro lado del mostrador.

En la pantalla del televisor colocado apenas arriba del marco de la puerta de acceso, de frente a los funcionarios que oficiaban de receptores de denuncias, quejas y trámites, repicaban las balas y caían una tras otra las bombas que los aviones japoneses descargaban sobre la Bahía de Peal Harbor. Sólo aquella bolsa cargada de patamuslo y achuras con que ingresó uno de los funcionarios logró captar más la atención que aquellas escenas.

Otra vez volví a escuchar esos gemidos de dolor y mientras el cuerpo de aquella joven para mí anónima se retorcía –seguramente nunca sabré su verdadero nombre– una profunda opresión invadió mi pecho. “Pobrecita”, dije para mis adentros una y otra vez y me volvió a inquietar la duda sobre esa otra posibilidad. Pensé varias veces en preguntar, pero: ¿y si no era ese accidente de moto que suponía? ¿Qué le diría yo, un desconocido y, para colmo, hombre, en el que difícilmente pudiera depositar una mínima dosis de confianza?

El tiempo fue pasando y, de a ratos, los presentes nos mirábamos unos a otros. Todos menos ella, que sólo sufría. Nos mirábamos sin decir nada, pero era indudable y unánime lo que pensábamos: ¿por qué demoran tanto? Y unos cuantos insultos que se notaban hasta en los pliegues de los rostros ante cada gesto. No entendía, no sabía por qué, qué estaban esperando para hacer algo mientras ella daba muestras de dolor y sufrimiento, hasta que mientras un agente me hacía algunas preguntas preliminares sobre mi caso escuché a otro que estaba al teléfono decir que pronto la buscarían para llevarla a realizar una pericia médica.

Al rato llegó un móvil policial y la efectivamente la llevaron junto con sus acompañantes. A duras penas podía arrastrarse y con mucho esfuerzo balbuceaba sonidos casi incomprensibles.

Cruzó la línea de la puerta, que se cerró detrás suyo y me animé a preguntar:

—¿Accidente de moto?

— ¡Qué moto! La cagaron a palos y encima lo defiende. Les gusta que les peguen. Después vuelven y otra vez las cagan a palos. Así nunca se va a terminar la violencia de género. Son masoquistas. Esto pasa todos los días.

La respuesta fue demoledora. Ante una realidad desesperante para miles de mujeres; la violencia machista, que en Argentina se llevan la vida de casi trescientas por año y tortura a muchas más que viven al filo de la muerte, ante el grito de ayuda silenciado y reprimido, ahogado muchas veces por la propia familia, el entorno, la sociedad y las instituciones la única interpretación de un funcionario que debiera comprender y contener es que a las mujeres golpeadas "les gusta que les peguen". ¿Acaso no se preguntó el agente policial otro/s motivo/s distinto al "masoquismo" por el que esa jóven no denunció a su agresor? ¿Si tendría trabajo, casa, adónde ir, independencia económica? ¿Si tendría hijos y que pasaría con ellos? ¿O si simplemente tuviera miedo a denunciarlo por temor a represalias? Su convencimiento de que "así nunca se va a terminar la violencia de género" reveló, al menos, que la concebía como un problema, aunque su señalamiento a la propia víctima como responsable producto de sádicos placeres me dio la seguridad de que no hacía más que reproducir los prejuicios que le dan marco al flagelo y lo consolidan.

No se trata de un juicio individual sobre un agente público en particular, que en definitiva, es hijo de una sociedad y de una cultura que normaliza la violencia por no comprender sus complejas lógicas. Se trata de una institución estatal y del Estado que los forma y que es responsable por ellos y de qué acciones y políticas se pueden y deben llevar adelante para que quienes ya sufren la violencia en carne propia no sean nuevamente violentadas ni queden desamparadas cada vez que, con sus dudas y temores y aunque sea tímidamente, logren romper el silencio.

Publicado en Río Bravo el 25 de noviembre de 2020

Modificado por última vez en Miércoles, 25 Noviembre 2020 17:05

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