ESTAFAS VIRTUALES 955x100

Martes, 17 Febrero 2026 22:40

El carnaval, las bombuchas y una mamá “que hacía milagros con poco”

Escrito por Víctor Alfredo Prigioni

El relato nos invita a viajar a aquellos carnavales en los que el agua, la sorpresa, el amor organizado y las cuentas de mamá en una mesa “donde se repartía justicia”, creaban un mundo mágico que permanece vivo en los recuerdos de quienes los vivieron.

En mi casa el carnaval no empezaba con el primer redoblante ni con el primer papel picado en la calle. Empezaba mucho antes, en la mesa del comedor, con un ritual sagrado: contar bombuchas.

Éramos cinco hermanos. Cinco chicos con más sueños que juguetes, con más imaginación que cosas nuevas, y con una mamá que trabajaba de docente y que, sin saberlo, era una verdadera maga de la felicidad.

Cuando se acercaban los carnavales, ella hacía cuentas mentales, como si resolviera un problema invisible: cuánto alcanzaba, cuánto rendir, cómo hacer para que todos estuviéramos felices. Y entonces llegaba la orden que nos hacía latir el corazón más rápido:

—Andá a comprar las chuspas.

Uno de nosotros salía disparado para lo de "Farolito" o a lo de "Pulpo" a comprarlas. Volvíamos con las bolsitas de Bombuchas (Made in Mexico), generalmente diez. Diez paquetes que, para nosotros, eran como un tesoro.

Pero la fiesta todavía no empezaba.

Había que sentarse.

Abrir cada paquete.

Y repartir.

Seis días de carnaval.

Seis montoncitos.

Ni uno más grande.

Ni uno más chico.

Cada montoncito de chuspas tenía dueño y día asignado, como si fuera una misión secreta. Y aunque a veces alguno protestaba bajito, sabíamos que esa era la única forma de que la magia durara toda la semana.

Después sí… empezaba la guerra del agua.

Calles mojadas, veredas empapadas.

Risas que dolían en la panza.

Emboscadas detrás de los árboles a las vecinas y principalmente con las que intercambiamos algunas miradas.

Baldes, bombuchas, carreras a la caza de transeúntes desprevenidos que no estaban jugando pero eran alcanzados por esas bombas de agua; algunos se reían y otros se quejaban con nuestros padres que simulaban retarnos para complacer al quejoso.

No sobraba nada.

Pero tampoco faltaba nada.

No había lujos. No había exceso.

Había amor organizado.

Con los años, esta historia se convirtió en una anécdota infaltable. Primero se la conté tantas veces a mi mujer, que seguro la puede recitar de memoria. Después mi hija, fue la nueva oyente cautiva. Y hoy, cada carnaval, vuelve a salir, como si fuera una tradición oral familiar.

Porque esta historia no habla solo de bombuchas.

Habla de una mamá que hacía milagros con poco.

De una infancia sencilla, pero llena.

De hermanos que aprendieron a compartir antes de saber qué significaba esa palabra.

Tal vez no tuvimos de sobra.

Pero tuvimos lo más importante.

Una casa donde alcanzaba el amor.

Una mesa donde se repartía justicia.

Y unos carnavales que, todavía hoy, siguen mojando el corazón.

Este es un recuerdo dedicado a mi querida mamá, Doña Delia, arquitecta silenciosa de nuestra felicidad.

Y a mis hermanos, a mí amigo de toda la vida y otros tantos que nos juntábamos en la plaza esperando a las camionetas que venían armadas hasta los dientes de chuspas con sus mejores tiradores.

Y lanzadores. Recuerdos de una infancia que fue simple, pero inmensamente rica.

Gracias por ser parte del recuerdo más lindo de mis carnavales.

Publicado por Río Bravo el 17 de febrero de 2026.

845x117 Prueba

18 600x360 Marzo VdV pautaweb

Agmer255x255

Amet 300

UsuariosyConsumidoresUnidos