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Sábado, 23 Julio 2011 08:52

Tecnópolis, una ciudad para recorrer prevenidos

Escrito por Diego Fainstein

“Festejar el avance de la ciencia como si ello implicara necesariamente mejores condiciones de vida, delata un atraso conceptual de muchas décadas.” El autor polemiza con la visión triunfalista de Tecnópolis y con el modelo de desarrollo que la muestra promueve. Bienvenidos al debate.

Cuando uno ingresa a la página web de Tecnópolis (tecnopolis.ar), la megamuestra instalada por estos días en Buenos Aires, se encuentra con hermosas fotografías que ofrecen vistas de los seis continentes en que está dividida la exposición: Agua, Tierra, Aire, Fuego, Imaginación, Acción. Parte del texto de bienvenida dice:

Más de 50 hectáreas para disfrutar de las últimas innovaciones que se desarrollan en un país que estamos transformando con tus ideas. Porque el tercer siglo de vida de la Argentina empieza en Tecnópolis. Entrá para ser parte del presente que mira el futuro

Todo el sitio exuda un optimismo envidiable, lo cual no es novedad ya que la ciencia y la tecnología han sido desde hace siglos la promesa de una vida mejor. Aunque consciente de que la búsqueda de conocimiento racional significó en la historia de la humanidad una alternativa, un contrapeso, un freno a las explicaciones religiosas que dominaban la mente de los hombres y reglamentaban sus vidas, no pierdo el escepticismo al observar la versión virtual de Tecnópolis. Tal vez sea el tono de propaganda el que me produce un efecto contrario al probablemente buscado. ¿Acaso quiero ser parte de esta supuesta transformación del país que están desarrollando con "mis" ideas? ¿A qué público le hablan? ¿Y a qué clase de futuro pretenden conducirnos?

La etapa actual del futurismo kirchnerista no refleja mis ideas. Un síntoma menor de esta divergencia ideológica surge al evaluar la posibilidad de visitar la Tecnópolis material: el pasaje ida y vuelta Paraná-Retiro sale $360. Es un dato para contrastar, porque si pensamos en las bondades del sistema científico-tecnológico nos vemos impulsados a señalar el atraso en reanimar un avance antiquísimo: la primer locomotora es de 1804 (¿habrán liderado Pedraza y sus muchachos los festejos del bicentenario ferroviario?). Claro que a finales del siglo XX el menemismo terminó de desguazar los ferrocarriles y desde aquel momento el tren sigue casi igual de ausente, aunque hoy en día es posible descarrilar de vez en cuando en camino a algunos pocos destinos (ver la nota de Santiago García: “El transporte entrerriano en crisis, a pesar del doble discurso” en Río Bravo). Entonces, ¿tiene sentido centrar nuestras expectativas en la ciencia y la tecnología cuando se desaprovechan los conocimientos que ya existen, incluso aquellos de comprobados efectos beneficiosos para la sociedad?

Parafraseando al Bambino Veira, "el conocimiento está”, y está desde hace mucho. Como en tantos otros problemas, de mayor gravedad que el mencionado, la falta de soluciones no proviene de una insuficiencia científica. Pensemos en los obstáculos del campo de la salud: en gran medida no son problemas de (des)conocimiento. Claro que son muchos más los enigmas sin resolver sobre nuestra biología y fisiología que los ya resueltos. Siempre persistirán innumerables desafíos científicos, maravillosas preguntas que atizan nuestra curiosidad y problemas reales de importancia para los cuales es necesario desarrollar respuestas. Pero que haya tuberculosos, chagásicos, depresivos, desnutridos, que aparezcan distintas formas de cáncer y se difundan enfermedades de transmisión sexual, entre muchas otras porquerías, no es porque desconozcamos cómo prevenir o tratar esas dolencias. Lo mismo se aplica si pensamos otros problemas sociales: la producción, la vivienda, la educación, el trabajo. La medicina a gran escala, para todos estos problemas, no proviene de la ciencia de forma aislada, sino de la política.

La nuestra es la sociedad del espectáculo. También lo entienden así los genios publicitarios de la Tecnópolis virtual, y lo festejan redactando párrafos de este tipo:

"Sembrando valor, cosechando futuro. Un espacio para que puedas ver de cerca las actividades agrícolas y ganaderas que conforman el mapa productivo nacional, en el marco de una nueva ruralidad que hace eje en el agregado de valor para la provisión de alimentos y energía. Siempre con la tecnología como protagonista, tendrás la chance de sumergirte en un laberinto de imágenes, sonidos y sensaciones espectaculares para interactuar con las principales producciones de las cinco regiones del país".

La terminología empresarial siempre debe incluir el “agregado de valor” en algún lado, y si viene con una saturación de estímulos audiovisuales en los cuales perderte, mucho mejor. Si fuera por “mis” ideas, elegiría siempre como protagonista al Ser Humano y no a la Tecnología, pero los tecnopolitas prefieren la opción inversa.

Sigamos con el Continente Tierra, de donde proviene la presentación citada. Indudablemente la tecnología ha modificado el mapa de la producción agropecuaria. ¿Pero debemos rendirle una admiración ciega a las nuevas máquinas? El modelo de producción agropecuaria dominante es el monocultivo de especies transgénicas que incluye en el mismo paquete el uso intensivo de herbicidas que matan todos los yuyos (y por consiguiente destruyen la vida orgánica asociada). ¿Debemos cantarle loas a la expansión del desierto verde y creerle a la biotecnología de punta de Monsanto que afirma ser inocua para la salud de las personas y para el equilibrio ecológico? Habría que preguntarle a quienes viven en los pueblos fumigados. Lino Barañao, el actual Ministro de Ciencia y Tecnología de la Nación, trabajó --en representación del CONICET-- en el organismo encargado de regular la liberación al ambiente de materiales animales y vegetales obtenidos mediante ingeniería genética, y también trabajó o tiene estrechos contactos con consultoras multinacionales que buscan la expansión de mercados para sus productos biotecnológicos. Uno podría pensar que conviene tener un representante del pueblo defendiendo su salud y su futuro en esos lugares críticos, pero el bueno de Barañao no engarza en esa figura y más bien parece un lobbysta de las grandes empresas. En el 2004 participó de la elaboración del Plan Estratégico 2005-2015 para el Desarrollo de la Biotecnología Agropecuaria, redactado a la medida de Monsanto, Bayer, Nidera y Syngenta. Además es notoria y pública su férrea defensa de los transgénicos y de las tecnologías asociadas, las cuales de ningún modo han demostrado su inocuidad (entre muchas otras pueden leer la entrevista a la ambientalista santafesina Graciela Cristina Gomez: “Lino Barañao hace un doble juego, no tiene autoridad moral”).

Si analizamos la situación del "campo" desde otro punto de vista, uno puede advertir que la tecnología no parece hecha para facilitar la tarea de los pequeños campesinos, terratenientes criollos e indios cuyos ingresos son apenas de subsistencia. Las cosechadoras satelitales y los sistemas de riego son tan reales como los peones rurales que tal vez puedan vivir un poco mejor que hace décadas, pero de ningún modo sus condiciones de trabajo y de vida son confortables. ¿Quiénes se benefician de la tecnología en un país de tierras superconcentradas mientras las pequeñas comunidades campesinas deben permanecer alerta para no ser expulsadas, con o sin violencia directa, hacia los cordones de pobreza urbana? ¿Esta es la nueva ruralidad que menciona la presentación publicitaria en el Continente Tierra?

Es importante advertir que la ciencia no es un elemento aislado de la sociedad que la produce y que las lógicas que determinan su funcionamiento son las propias del Capitalismo. No deberíamos sorprendernos si advertimos que muchas tecnologías se desarrollan para generar más ganancias y no para el bienestar de los que trabajan, salvo cuando ese bienestar de algún modo se puede comercializar. Siempre hay personas como Andrés Carrasco, quien investiga cuáles pueden ser los efectos perjudiciales del glifosato y milita por su control, ejercitando un modo responsable de hacer ciencia. Pero muchos científicos y tecnólogos trabajan, consciente o inconscientemente, para encontrar los modos de mantener el capitalismo en funcionamiento: cómo emparchar la salud física y mental de los alienados para que sigan produciendo, cómo extraer más materia prima de la naturaleza, cómo aumentar la productividad de los procesos, cómo generar nuevas necesidades y mercados, etc. Hasta la propaganda es una tecnología de alto impacto, útil para influir en los ciudadanos mediante imágenes alteradas e información parcial repetida hasta el cansancio.

El modelo de producción, difusión y aplicación del conocimiento reproduce las relaciones de dominación existentes y las acentúa. Tal cual lo conocemos sirve poco y nada como instrumento de liberación y bienestar, salvo que nos parezca fantástico tener celulares touch-screen mientras carecemos de soberanía alimentaria.

Desde mi punto de vista, festejar el avance de la ciencia como si ello implicara necesariamente mejores condiciones de vida, delata un atraso conceptual de muchas décadas. Nos vendría bien retomar discusiones de la época en que el científico argentino Oscar Varsavsky publicaba “Ciencia, Política y Cientificismo”, es decir, discusiones de hace cuarenta años pero que siguen vigentes. Las tecnociencias --del modo en que existen y se practican-- constituyen una reafirmación de los modos de dominación propios del capitalismo (¡chocolate por la noticia!). La ciencia no oficia actualmente como baluarte contra el oscurantismo religioso sino como una forma de expansión del Capital, aún cuando existen grietas y grupos que entienden el conocimiento y su producción de otros modos. Yo invitaría a visitar Tecnópolis pero con la duda metódica en guardia, no sea cosa que tanto avance científico culmine en la adoración de otra Iglesia llena de nuevos ídolos, que lejos de cualquier forma de autonomía sólo nos deparan mayor dependencia física y mental. En realidad uno nunca sabe, la ciencia y el gobierno son bastante imaginativos, tal vez para combatir el frío de estos días escuchemos que se implementó un nuevo plan asistencial: ¡Continente Fuego para todos!

Ilustración: Maxi Sanguinetti. Publicado por Río Bravo, el 23 de Julio de 2011.

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