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Domingo, 14 Noviembre 2010 05:52

El censo nos enrostra otra vez la expulsión, ese flagelo

Escrito por Daniel Tirso Fiorotto
Por Daniel Tirso Fiorotto - Políticos, intelectuales, partidos mayoritarios, corporaciones de todo tipo, medios de comunicación, serán interpelados en diciembre por el duro resultado del censo 2010 en Entre Ríos.
Esta información debe ofrecerse al público sin adornos. Y es muy importante, no admite especulaciones. Ha trascendido un crecimiento demográfico menor al 7 % en esta década, en nuestra provincia de Entre Ríos, y nadie lo desmintió.

 

Hasta se escuchó hablar del 6 %...

 

Pasada ya una semana del censo, la cantidad de habitantes de cada provincia debiera conocerse. No todas las respuestas al cuestionario, sí el crecimiento demográfico.

 

En otras provincias, Buenos Aires por caso, las autoridades ya ofrecieron detalles del resultado en cantidad de habitantes. En Entre Ríos apenas recibimos el silencio ante el trascendido, y se sabe que el que calla otorga.

 

Entre Ríos se comporta como la más expulsora de todas las provincias argentinas, desde hace décadas. Pero si hubiéramos crecido al ritmo que veníamos, al ritmo más lento, estaríamos con más de 1.300.000 habitantes, y todo hace suponer que no llegamos a sumar 1.240.000. 

 

Este bajo crecimiento demográfico es una luz roja para los responsables del poder en los últimos lustros, y para los que actuales y los próximos.

 

Las autoridades de ayer y de hoy tienen que apechugar ante la contundencia de los datos, hacer un examen de conciencia, y programar cómo revertirán este proceso expulsor.

 

La noticia oficiosa no fue un baldazo de agua fría, sí una luz roja ahora inocultable.

 

Convendría que los responsables de las políticas (principalmente Partido Justicialista en sus distintas vertientes y Unión Cívica Radical en sus composiciones diversas) en vez de intentar una interpretación caprichosa de estos datos, o de ofrecerlos con edulcorantes, los afrontaran con altura, y ofrecieran explicaciones.

 

Oportunidades que faltan

 

Entre Ríos sufre un mal crónico, la expulsión de sus hijos, y ese mal ha sido diagnosticado y denunciado en distintos ámbitos. Los gobernantes actuales y sus antecesores podrán decir que, pese a las alertas que recibieron, no supieron o no quisieron encararlo: todo está como era entonces o peor, porque ya no crecemos siquiera al 11 % o al 13 % sino a menos del 7 %, en una década.

 

Lo advirtieron algunos cuando se conocieron los resultados de 1991, insistieron cuando los datos de 2001: los entrerrianos se reproducen, claro, pero son echados de su tierra.

 

Es decir: no se está planteando aquí un asunto de cantidad. Que si somos un millón o dos millones: no. Este es uno de los asuntos centrales de la economía regional: si la gente se queda es porque hay oportunidades; si no, es porque faltan oportunidades. Y los gobernantes y poderosos en general están obligados a brindar a los nacidos en este suelo esas oportunidades, para cumplir con el derecho de vivir aquí, simplemente, vivir donde vieron la luz.

 

El nuestro es un problema de ocupación, de trabajo, de expectativas frustradas una y otra vez. Y desde otro ángulo, un problema de concentración, de acumulación entre pocos.

 

En una provincia favorecida por el suelo, el clima, el agua, la ubicación, sus habitantes no encuentran lugar. Cada tanto volvemos con la misma advertencia: las estructuras socioeconómicas de Entre Ríos son perversas, así, con todas las letras. La provincia no contiene a sus hijos, los arroja.

 

Horizonte: el destierro

 

En un ensayo escrito en diciembre de 2007, antes de los choques entre sectores agropecuarios y el gobierno, y titulado con el nombre “expulsión”, señalábamos precisamente este flagelo.

 

Ya Arturo Capdevila advertía esa tendencia. “Movimiento emigratorio que se intensifica a cada cambio de gobierno, con grave pérdida para Entre Ríos, porque, a decir verdad y a hacer justicia, sus buenos hijos son casi siempre hombres asombrosamente dotados”, y luego la interpretación: “Entre Ríos es una de las provincias en que más ha gravitado la rémora del latifundio”. Lo señalaba en Tierra Mía, después de una visita a Paraná, en el siglo pasado.

 

En la obra “Proyecto Bicentenario, Entre Ríos, identidades y patrimonios”, publicada en 2008, se puede leer: “es evidente la estructura expulsora de habitantes que padece este territorio bendecido por la naturaleza: en 1947 Entre Ríos poseía el 5 % de la población argentina, en 2001 el 3,1 %”. Ahora la pregunta nueva: ¿deberemos reconocer dentro de pocas semanas que en estos diez años en vez de sostenernos o mejorar, hemos descendido al 3 %?

 

A muchos entrerrianos los espera al acecho una enfermedad: el destierro. Luego vivirán de añoranzas, pero lejos del pago, porque su provincia está hecha para pocos, y cada vez menos manejan los resortes principales de su economía expulsora.

 

Si el alma de los panzaverdes se identifica con la generosidad, la cordialidad, el trabajo; la economía por el egoísmo.

 

Con mucha inquietud comprobamos hoy que el censo de población volverá a señalarnos esa luz roja que ya estaba encendida.

 

No nos sorprende: la expulsión se nota en las taperas, en los pueblos fantasmas, en la concentración de las propiedades, en el estancamiento de los parques industriales. En algunos casos hay más industrias, pero no más trabajo decente. Las máquinas también desplazan.

 

Y el censo vendría a corroborar, si se confirma esta tendencia, lo que saltaba a la vista.

 

Récord de granos

 

Si la provincia crece menos del 10 % en diez años, ese fenómeno tiene un nombre que lo sintetiza: expulsión. Pero si en verdad estamos en menos del 7 %, entonces nuestro caso es de una enfermedad crónica, y hay que decirlo, no ocultarlo, porque si no la diagnosticamos, la enfermedad será peor. Así de grave.

 

Véase esta paradoja: la provincia no ha hecho más que batir récord sobre récord en la producción de granos, en particular la soja, de 54 mil hectáreas en 1991 a 1.300.000 en 2010. Y más de un dirigente de pymes señaló que ese crecimiento no suponía desarrollo, porque se hacía sin personas.

 

Y bien: el desierto verde tan temido se estaría expresando ahora en el censo. (Vale apuntar aquí que si el 7 % fuera verdad, considerando que las autoridades subrayaron ciertas mejoras en el conteo, por la recuperación de habitantes no censados, entonces podremos decir que el crecimiento sería aún menor).

 

Para quitar peso excesivo a las autoridades del momento, y dado que el problema estructural viene de larga data, veamos lo que decíamos en aquella obra publicada hace tres años y que se llama Proyecto Bicentenario – Entre Ríos, identidades y patrimonios: “Ríos y arroyos envidiables, cargados de vida; suelos de variadas génesis como variadas son sus aptitudes para el desarrollo vegetal, animal, humano: la provincia agraciada de Carlos Mastronardi, tendida en sueños, de maravillosa biodiversidad, aires oceánicos, estaciones sin rigores extremos, agua superficial y profunda a pedir de boca, mujeres y hombres maravillosos, es un paraíso. Estas condiciones no han resultado suficientes para garantizar un crecimiento humano sustentable, y aún reclaman los ojos de la ciencia que indaguen en las estructuras, en el pueblo, en la complejísima naturaleza regional (falta mucho por estudiar, reiteran los expertos), y expliquen las razones de una tendencia manifiesta, reincidente, de esta sociedad y esta tierra a expulsar a sus propios hijos”.

 

Los resultados del censo 2010 están a punto de decirnos que esto es más grave aún de lo que señalábamos.

 

Una porción menor

 

Y decíamos en ese capítulo escrito a fines de 2007: “Si en los sesenta años que van de 1947 a 2007 la población hubiera crecido a un razonable 17 % por década (incluidas las migraciones naturales), en 2007 Entre Ríos contaría con más de 2 millones de habitantes y en realidad está en el millón 200 mil. Decir que más de 600.000 entrerrianos e hijos de entrerrianos, en un cálculo conservador, viven fuera del territorio es inobjetable. O véase de este modo: de 1947 a 2001 la Argentina creció el 128 %. Si Entre Ríos hubiera aumentado su población al mismo ritmo que el país todo, hubiese registrado en 2001 casi 600.000 habitantes más que los que fueron censados. Por donde se la mire, queda claro que la provincia expulsó a sus propios hijos. Y aunque resulte reiterativo, hay que decirlo otra vez: el diagnóstico asombra, pero estremece la ausencia de políticas que ataquen y reviertan el flagelo”.

 

La provincia que expulsó a los pueblos originarios, la provincia que expulsó a los criollos, sigue expulsando a criollos y gringos.¿No debiéramos escuchar diagnósticos acabados desde la Universidad Nacional de Entre Ríos, por caso, sobre las causas de este flagelo y sus responsables políticos, corporativos, empresarios, intelectuales?

 

En los últimos 40 años gobernaron: casi una década los militares y sus aliados civiles, 23 años el Partido Justicialista, 8 años la Unión Cívica Radical… ¿el pueblo no merece explicaciones de tamaño problema estructural? Es cierto que en dos años no se revierte una situación, pero ¿en ocho años? ¿En dos décadas?

 

Lo menos que podría esperarse de los sectores más o menos responsables de la expulsión son programas para revertir el proceso, planes de reformas profundas, ya que sus políticas no hicieron más que consolidar el sistema expulsor y eso a pesar de las mil advertencias que recibieron, desde distintos ángulos, incluso el periodístico.

 

Entre Ríos se ha convertido en un territorio para pocos: pocos en las finanzas, en el transporte, en el comercio, pocos en el campo. Récord de producción, récord de expulsión. Agricultura sin agricultores. Pocos, pocos, pocos.

 

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Lo que falta acá está allá

 

La Argentina pasó de 15,89 millones de habitantes en 1947 a 32,61 en 1991. Más que duplicó su población en 44 años, y la desigual distribución se notó en el aumento desproporcionado del gran Buenos Aires, de 1,74 millón de habitantes en 1947 a 7,97 millones, es decir, multiplicó por 4,58 su población. Dicho de otro modo: es una obviedad que los entrerrianos que faltaban en Nogoyá, Tala, Villaguay, Feliciano, e incluso en Gualeguay, Gualeguaychú, Uruguay, Victoria y Diamante, todos o la mayoría de ellos compraron pasaje de ida, sólo de ida, a Buenos Aires.

 

Esto decíamos hace tres años. Ahora, la provincia de Buenos Aires acaba de confirmar que creció un 10 %, ya supera los 15 millones de habitantes, y que el país superó los 40 millones. Otras provincias oscilaron entre el 10 y el 23 %, algunas hasta el 30 % en una década. Entre Ríos ¿menos del 7 %?

 

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La concentración, una de las razones

 

Con los gobiernos de Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, el éxodo rural y el despoblamiento de la campaña y la expulsión de habitantes continuó.

 

No en todas las provincias, sí en Entre Ríos.

 

Decíamos en aquel aporte para el Bicentenario: “Véase lo que ocurrió con la población rural en la historia cercana. La comparación entre los censos agropecuarios 1988 y 2002 corrobora que aún cuando ya se sabía del hondo problema y urgía enfrentarlo, el proceso expulsor se acentuó en el campo y los pueblos pequeños, con la pérdida en Entre Ríos de 5.555 explotaciones”.

 

(El censo posterior, realizado en pleno conflicto agropecuario en 2008, no dejó muchas certezas pero sí comprobó que Entre Ríos volvió a perder explotaciones).

 

De esas 5.555 explotaciones –agregábamos-, entre los predios más chicos se eliminaron 5.175, es decir: más del 93 % de las explotaciones perdidas fueron las pequeñas”.

 

* Publicado en diario UNO, Paraná

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