El hall de El Diario de Paraná se ve distinto a su apariencia de las últimas semanas, de horas angustiosas y de alta tensión a causa de los injustificados despidos de dos trabajadores del área de Redacción, Juan Cruz Varela y Mónica Borgogno. Varios días permaneció el ingreso al edificio de calle Urquiza custodiado por abundante personal de seguridad privada y amedrentadoras figuras matoniles, inquisidores correveidiles de la patronal. La situación parece haber cambiado: la sala se ha despejado un poco de vigilantes y se ha cargado de incertidumbre, ya que estamos a horas de la firma de un convenio que abre un nuevo capítulo de esta lucha. El malestar que provoca la presencia de buchones y macanas en el lugar de laburo emana de la pregunta de un trabajador que ingresa al edificio. En un rápido susurro, porque últimamente aquí nadie tiene la espalda asegurada, se dirige al recepcionista con una mirada significativa:
— ¿Y “los amigos”?
— No…ya se fueron –responde en idéntica actitud el conserje.
Luego de tres meses de protesta en la calle y mucho más de contiendas gremiales y judiciales, los trabajadores de El Diario acorralaron a la empresa y al gobierno provincial -juntos- contra la pared y forzaron una instancia de negociación ya ineludible para los habilidosos gerentes del matutino y los prepotentes funcionarios de la Casa Gris. Con la obligación de reincorporar a los despedidos de por medio, el tire y afloje de esta lucha suma nuevos elementos con un acuerdo que, aunque insuficiente como detallaremos, ya es un triunfo para el conjunto de trabajadores del medio más importante de la provincia. Antes de la concreción de esta instancia, Río Bravo se sentó con uno de los periodistas referentes de El Diario -cuya identidad queda en reserva por razones que evidenciará esta nota- para sintetizar este histórico proceso y adentrarse en la realidad de los trabajadores de prensa que día a día informan a miles de entrerrianos.
El convenio que no le conviene a El Diario
— RB: ¿Cuáles son los puntos principales del reclamo?
— La consigna principal de nuestra lucha siempre exigió el cumplimiento y aplicación del Convenio Colectivo de Trabajo. Una vez en torno a éste, los puntos principales que no cumple la empresa son dos. Por un lado, el que fija el salario básico. Si tomamos como ejemplo un redactor, mientras El Diario mantiene el básico en $1732, hoy en día ya está correspondiendo un sueldo de $5741. Por el otro, aquél que fija el mecanismo de actualización salarial en el tiempo, que se discutiría en Buenos Aires y se aplicaría acá. Nosotros en estas condiciones estamos a expensas de la buena voluntad de una empresa que ha demostrado que no la tiene, que te da lo que quiere cuando quiere.
El Convenio cuyo incumplimiento motivó el conflicto es el número 541, del 10 de junio de 2008. Superador de un convenio de 1975, fue firmado por la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (FATPREN) y la Asociación de Diarios del Interior de la República Argentina (ADIRA), y establece la constitución de una Comisión Paritaria Permanente. Es aplicable a casi todas las provincias del país, entre ellas Entre Ríos, y en marzo de este año fijó una nueva escala salarial para todos los trabajadores de prensa, condiciones que la patronal del histórico diario paranaense se rehúsa a aceptar. O las acepta en unos casos y no en otros. El Diario actualiza la escala salarial y aplica el 541 con discrecionalidad entre los distintos perfiles de trabajadores. Por ejemplo, con el sector de trabajadores gráficos. El sindicato de Gráficos tiene mucho peso a la hora de negociar con las empresas, porque cuenta casi con exclusividad con la capacidad y los conocimientos técnicos para hacer un diario: si ellos no lo hacen, el diario no sale. De hecho, esto ocurrió hace unos años, cuando El Diario no salió porque los trabajadores de esta rama realizaron un paro. En condiciones de total desventaja, la empresa no tiene otra opción que aplicar el Convenio, y así es que hoy, por ejemplo, un armador cobra mucho más que un periodista.
“Lo cual está bien” sostiene nuestro compañero, “que el trabajador gráfico cobre lo que le corresponda: lo que nosotros decimos es que, así como se reconoce ese mismo convenio a nivel de los gráficos, que se reconozca para los periodistas. Porque si no, no hay coherencia y así se les cae su propio argumento: ellos dicen que esto no es materia de aplicación acá porque tienen su propia reglamentación, que depende de A.D.E. (Asociación de Diarios de Entre Ríos).” A.D.E. es una asociación fantasma. Actualmente no sesiona ni tiene ninguna actividad pero El Diario la utiliza como herramienta de negociación, argumentando que A.D.I.R.A. -la que firmó el convenio 541- no lo representa.
“Sin embargo, reconocen el Convenio cuando se trata de los gráficos, porque saben que con los gráficos no pueden pasarse. Nosotros tenemos un gremio más débil, el oficio del periodista se ha ido bastardeando y menospreciando, y el periodismo hoy lo puede hacer cualquiera –incluso, o más bien por sobre todas las cosas, gente de la Casa de Gobierno-. Por todo esto, nosotros decimos que pretenden prescindir de nosotros, somos el último orejón del tarro para este diario de mierda que están haciendo en este momento”.
Con las manos atadas y ojos sobre la nuca
La bronca que destilan las declaraciones de este periodista nace del cercenamiento a la libertad de expresión que se le viene imponiendo en forma creciente al sector durante los últimos años. La censura y las amenazas se pasean con descaro y sin el menor dejo de verguenza por los pasillos y las oficinas de El Diario, territorio ganado por funcionarios del gobierno que le hacen todos los días “los mandados” al Ministerio de Cultura y Comunicación, que más bien debería llamarse de Censura y Comunicación.
— ¿Cómo se trabaja hoy en El Diario?
— Aquí se dio una transformación drástica desde que El Diario pasó a manos de Walter Grenón, que es además presidente de Red Mutual. Antes, los que trabajábamos acá no podíamos escribir todo lo que queríamos, pero nunca escribíamos lo que no queríamos. Desde que Grenón compró el 66% de El Diario eso se terminó. Una parte de la familia Etchevere mantiene el 33% restante, pero no tienen ninguna incidencia en la línea editorial. Y ésta queda librada a los negocios que existen entre el gobierno de Urribarri y el grupo Grenón. Este diario todos los días, como en las peores épocas, se manda a la Casa de Gobierno, a la Dirección de Información Pública, para que aprueben o desaprueben o cambien el título, y a veces las notas se escriben directamente desde allá. Existe un permanente manoseo de la actividad periodística por parte de este gobierno, que a través de su Ministro de Cultura y Comunicación admite que aprieta a periodistas, a veces mediante mensajes de texto y a veces amenazando con mandar “los muchachos” directamente a golpear. En este marco ha habido gente que escribía en el área política y fue retirada, que se le prohibió escribir sobre temas sociales, que hacía la tapa y fue retirada… Se viene laburando con la obligación de hacer las notas y noticias nacionales con la agencia Télam, que además está en el peor momento de su historia, publicando sólo lo que es funcional a los intereses del gobierno. Esto terminó por agotar la paciencia de los trabajadores y avivó también la lucha, aunque nosotros nunca mezclamos los reclamos salariales y los de línea editorial.
—No debe haber sido fácil mantener en pie la lucha en semejantes condiciones…
— No, por supuesto. Desde un principio tuvimos aprietes por parte de la empresa. El jueves de paro (el 2 de agosto) nos llega una carta documento diciendo que nos iban a echar a todos. Al día siguiente, la adhesión al paro fue del 100%. Nunca aflojamos. Tuvimos que hacer mucha fuerza y decir que ´si acá nos tocan a uno, se pudre: se pudre y se pudre´. Eso fue importante, porque con una amenaza de por medio no hubo ninguna deserción. Esos días llegó a haber 20 vigilantes de seguridad privada en el hall del edificio, quienes, aunque no hubo ningún problema e incluso hasta comían junto a nosotros en el paro, significaban la actitud de la empresa de demostrar que estábamos controlados. Tenemos también serias sospechas de que estamos intervenidos, porque hay cuestiones que manejamos entre nosotros y trascienden; creemos que leen nuestros correos.”
— ¿Qué papel jugó el otro actor de toda esta historia, el gobierno provincial?
— Primero permaneció indiferente. Luego, cuando vio que la situación generaba repercusiones que podían llegar a salpicarlo, empezó a censurar a los medios para que la protesta no se divulgue, porque nosotros planteábamos cada vez más que el gobierno tenía que actuar. Entonces no tuvimos otra opción que comenzar un proceso de nacionalización del conflicto. Varios periodistas de acá trabajan o tienen llegada a medios nacionales, y el gobierno no calculó eso: hubo algunas entrevistas con radios nacionales que le molestaron mucho y lo hizo saber acá adentro. Hay gente del gobierno con puestos gerenciales en esta empresa que se dedicó a desalentar para que no se apoye la lucha, tratando de instalar que el interés nuestro era socavar la credibilidad del gobierno provincial. Un ejemplo ilustrativo se dio en una reunión de un grupo de trabajadores con el ministro de Cultura y Comunicación, Báez. Al llegar a la oficina, uno de estos gerentes estaba sentado junto al ministro, de ese lado de la mesa. Eso demuestra las relaciones entre el gobierno y El Diario: personas que son un intermedio entre funcionario oficial y gerente de la empresa, o las dos cosas. Entonces, una vez que vieron que estábamos dispuestos a nacionalizar el conflicto frenaron un poco y forzaron una salida, que no es la que esperábamos pero es un avance.
Lucha, unidad y solidaridad
— ¿Cómo se llegó a ese punto de fortaleza entre todos ustedes?
— Lo primero que hay que decir es que acá todas las decisiones se tomaron en asamblea y todos funcionamos en forma orgánica. En los paros había participado incluso gente que llegó a trabajar en la Redacción de la mano del gobierno. Muy pocos de éstos se “abrieron” de la lucha en medio del proceso. Yo, a su vez, destacaría tres aspectos: la unidad absoluta entre todos los trabajadores, que nunca se rompió; el estado de asamblea y movilización permanente; y la cohesión entre todos los trabajadores generada por el constante ultraje a nuestro oficio que todos padecemos.
También ayudó mucho el acercamiento y la solidaridad de otros sectores. Fue muy notable el acompañamiento de Agmer y la C.T.A. Esto es importante porque sabemos que la C.T.A. recibió aprietes del gobierno para que no nos apoyen y, no obstante, lo hicieron igual. Además mucha gente de la cultura, de la Fundación La Hendija, teatreros, pintores, músicos, los compañeros gráficos, que nos asesoraron mucho y se ofrecieron a ser interlocutores entre nosotros y la empresa; y muchos colegas de otros medios. Muy importante la actitud de Canal 11 y algunas páginas digitales, que siempre difundieron el conflicto a pesar de la prohibición de hacerlo que impuso el gobierno provincial. A su vez, gente de la UNER y de la UADER, quienes no contaron con este medio para difundir su lucha por la normalización pero entendieron que los periodistas somos trabajadores y que también sufrimos la censura que venía desde la Casa de Gobierno. El Sindicato de Prensa (S.P.E.R.), por su lado, no se estaba metiendo en esto, estaba haciendo una negociación por su cuenta y miraba un poco de costado el conflicto. Y nosotros, con la protesta frente a Tribunales, los obligamos a sumarse. Finalmente cumplió: nos ayudó haciendo todas las tramitaciones legales para que los paros tengan sustento legal y no nos echen a todos. Despidieron a dos inventando argumentos y estamos peleando por su reincorporación, pero el Sindicato, a su modo, acompañó.
—¿Cuál es la situación actual de la lucha?
— Hoy llegamos a la firma de un acuerdo bajo la imperiosa necesidad de que vuelvan a trabajar dos compañeros. Tuvimos que aceptar una serie de condiciones: un lapso de no protesta hasta diciembre; blanquear algunos conceptos de sueldo que estaban en negro, algunas horas extras y demás; crear una mesa de diálogo, en la cual no confiamos, ya que creemos que ellos van a hablar y nosotros a escuchar; y la reincorporación de nuestros dos compañeros como si el despido no hubiera existido. Respecto de ellos, la empresa admitió dentro de la sala de Redacción que fueron echados en el marco de la protesta y no por los argumentos que se hicieron públicos: “baja rendición laboral” de uno, lo cual es una falacia porque Juan Cruz venía cubriendo los juicios de la causa Harguindeguy con jornadas diarias de trabajo de 8 a 9 horas; y Mónica, que dicen había marcado el ingreso y la salida del edificio (en el sensor de huellas dactilares) a la misma hora, sobre lo cual pesan firmes sospechas de que haya sido una trampa utilizando el arreglo de ese aparato que estaba realizándose ese día.
No hay solución aún para la discusión salarial: nos propusieron 15% de aumento, pero no queremos negociar tan debajo de lo que dispone el Convenio 541. Así que esa pelea sigue. Nosotros seguimos confiando en que el Convenio se va a aplicar por orden del Ministerio de Trabajo de la Nación y decisión de la Justicia Provincial, que es de lo que estamos a la espera.
“Los periodistas pudimos tomar conciencia de clase”
Las conclusiones alrededor de la lucha de los trabajadores de El Diario por la aplicación del CCT 541/08 pueden ser muchas y de distinto valor, si se discute si se consiguió todo lo que planteaba el reclamo. Lo cierto es que significa un proceso de enorme importancia política para el periodismo de la región. Sector de trabajadores cuya realidad no aparece nunca en las noticias, a pesar de que sus integrantes son quienes las escriben todos los días; asalariados cuyas herramientas de trabajo son los medios de comunicación social pero que no pueden utilizarlos para comunicar ni socializar sus reclamos. Paradoja que no es nada casual y se explica con la estructura de propiedad que acorrala al periodismo, que otorga los medios de producción y las ganancias a empresarios como Grenón y exprime la fuerza de trabajo que venden reporteros, diagramadores, dibujantes o redactores como los despedidos el lunes 6 de agosto. Hace meses que estos trabajadores vienen enfrentando y derrotando trabas burocrático-judiciales, triquiñuelas empresariales y censuras gubernamentales en camino a la conquista de sus derechos. El mejor balance lo expresa nuestro entrevistado colega.
— ¿Qué perspectivas y reflexiones circulan entre ustedes frente a todo esto?
— Lo tomamos como un triunfo, porque sabemos que las cosas a veces van más lentas, a veces más rápidas, porque son un proceso. Lo alentador es que apareció un actor que no se queda callado ni acepta pasivamente lo que le tienen reservado entre empresarios, gobierno y jueces. Porque la precarización laboral del periodista está muy arraigada y generalizada en los medios de comunicación. Es decir, si vos vas a comprar papel, una bobina de papel de diario, eso tiene un precio. Vos no le decís al proveedor “bueno, mire, le voy a pagar sólo el 60 por ciento porque no tengo plata, o no quiero, o no puedo”. No, hay que pagar el precio que cuesta y sino, no sale el diario. Acá, los periodistas somos el único “insumo” al que ellos ponen el precio, y está muy subvaluado respecto de lo que el mismo sistema dice.
Y frente a estas terribles condiciones nosotros demostramos que tenemos voz y que no nos vamos a callar si vemos que hay algo turbio; que frente al miedo nos hacemos fuertes y sabemos que la única forma de ganar es confiar en sí mismo y en el de al lado. Ese ha sido el gran triunfo de todo esto y dejó una sensación muy inspiradora, somos conscientes de que logramos algo muy difícil. El valor de todo esto es que los periodistas pudimos tomar conciencia de clase y decir ´somos laburantes y tenemos ganas de gritar las injusticias´, porque siempre habíamos sido los más relegados y bastardeados.
Publicado por Río Bravo el 20 de agosto de 2012





