Por ahí, en algún sitio de internet leí un comentario que decía algo así como “frase muy poderosa, los políticos aún la practican”. Y si habrá tenido razón aquel ser anónimo que dejó estampadas esas palabras hace más de un año en ese lugar-sin-lugar llamado “ciberespacio”.
Por estos días, caminando por las calles de mi ciudad, al prender la televisión (y apagarla a los 20 minutos del hartazgo), se me viene constantemente a la mente la frase de Nerón. Pero con una pequeña paráfrasis, lo que veo, escucho y leo en todo lo que me rodea es política y circo.
Al pueblo, política y circo
No es novedoso que los políticos en campaña se vendan en imágenes publicitarias como si se tratase de un champú o de un auto último modelo. Viene desde hace tiempo, y no porque esté “de moda”. Salir haciendo pavadas (graciosas) en el show de Tinelli, hacer campaña con globitos de colores, banda de música y escenario móvil incluido, es algo a lo que tristemente, muchos estamos acostumbrados.
Lo insólito, para mí, es que es la primera vez que veo que se hace circo con la política y política de circo en las calles de mí pueblo, tal como en las grandes ciudades, y con total desfachatez.
Por más que las propagandas sean con cantitos pegadizos y lindos discursos, por más que incluyan lindas y simpáticas promotoras adolescentes que tiran gorritos con la fórmula impresa, señores de buena familia y elegantes trajes que se ofrecen a solucionar todos los problemas, ilustres ciudadanos de apellidos importantes que terminarán las obras avanzando tranquilos y estúpidos que se suben sonrientes a un escenario a hacerse “el pibe canchero” tocando la guitarra con la remera de la selección de fútbol argentina, a mí me pone de mal humor.
Me pone de mal humor porque pienso, además de en Nerón, es en el cuantioso despilfarro de dinero para solventar campañas mediáticas, desde la localidad más pequeña a la ciudad más grande, de toda clase de personajes que se venden asesorados por vendedores de imágenes, es decir publicistas, que no son baratos.
En Estados Unidos los llaman desde hace décadas, “deep boys”, algo así como “los muchachos de la profundidad”. Los publicistas, los diseñadores de imágenes y de campañas, investigan, bucean en lo más profundo del inconsciente para encontrar nuestros deseos, nuestras aspiraciones, y nuestros temores más profundos y personales.
Hay diversas técnicas: desde cuestionables “psicoanálisis de masas”, hasta encuestas manipuladas de antemano para que deseemos lo que nos quieren vender, aplicables a estrategias de marketing. La Psicología y en especial el Psicoanálisis se han encargado de demostrar que la conciencia y también el inconsciente mandan con un rigor comparable al de los mandatos externos, y esos mandatos de la mente a veces contradicen a los del “Yo” individual. Pero el individuo, al sentir que esas “órdenes” son las suyas propias, no puede revelarse contra sí mismo. Esa autoridad invisible se disfraza de sentido común, de opinión pública, de “normalidad”, se hace sutil, persuasiva, penetrante. Nos domina sin que nos demos cuenta.
Haciendo uso de estos conocimientos, los “deep boys”, de aquí y de allá, nos venden desde champúes hasta políticos. Ideas, actitudes, esperanzas, sueños, felicidad, alegría. Aunque parezca mentira, todo eso puede ser vendido. En un frasco o en una campaña política, según la conveniencia y el deseo de quien encarga el producto.
Dicho de otra manera, “no compramos cigarrillos, compramos imágenes de éxito, de felicidad, de amistad”, como dijera un profesor de Diseño en Comunicación Visual.
En otras palabras, nos manipulan. Parece que, casi de golpe y porrazo, nos hemos transformado de ciudadanos en monos entrenados llamados consumidores. Tiendo a pensar que en parte es cierto. Hay una gran cuota de nihilismo, individualismo y búsqueda de la felicidad en la compra de objetos para llenar y satisfacer momentáneamente vidas. Pero también sé que hay globalizados y globalizadores. Quiero creer, aunque peque de optimista, que no somos tan estúpidos, que no es lo mismo comprar un champú que comprar, perdón, votar, un “político”.
Me gusta la política
A mí me gusta la política. Es por eso que me disgusta el “cirquismo” que nos rodea. El colmo de los colmos, sucedió un mediodía de esta semana, en un almuerzo familiar. Mirábamos estupefactos el televisor, y de repente estallamos en carcajadas. Una imagen final mostraba en cámara lenta a Urribarrri sonriente, montado en un caballo y sosteniendo la bandera entrerriana.
“¡El nuevo caudillo entrerriano!” dije. Y empezamos a bromear hasta destornillarnos de la risa. Hasta ahí, todo bien. Muy gracioso. Pero, hablando en serio y como decían antes, “ya no tienen gollete”.
Me gusta la política, pero la política que se hace desde abajo. La política que no sale en los “grandes medios”. La política de la calle, la política que generamos los trabajadores, los estudiantes, los maestros, los obreros, los asambleístas de Gualeguaychú, los campesinos pobres, las comunidades originarias, las mujeres. Esa es la política que me mueve, política que ninguna multinacional, ninguna empresa, ningún gran partido paga, política que no es inventada por publicistas y vendedores de espejitos de colores. La política del pueblo.
Me disgustan aquellos que se llaman a sí mismos “políticos”, que en vez de tranquilos andan apurados por terminar “las obras”, ahora que las papas queman. Mágicamente, maravillosamente, empezaron las obras de las Termas de Diamante, y dinero mediante, antes de octubre tendremos la primer piletita terminada. El director de Termas, por fin tiene termas que dirigir, o hacer como que dirige. La planta de tratamiento de residuos, actual basural, está a punto de terminarse nomás, según dicen. Y prontito nomás tendremos una planta de biodiesel a base de soja en el puerto de Diamante (prácticamente en manos de Cargill). Seguramente antes de octubre, o por ahí nomás. Hay que avanzar tranquilos…
Sepa el pueblo votar
Ironías aparte, parece que a esa a gente, a los que comúnmente nos referimos como “políticos”, no les ha quedado otra alternativa más que venderse. Como dije arriba, no es una cuestión de moda. La gente está “desmotivada” (¿por qué será?), dicen. La gente NO vota. No es que no los vota. Directamente, NO vota. Por eso, los partidos burgueses se han visto obligados a recurrir a la política circo para atraer votantes. Entonces todo vale.
Según Alfonsín, hasta la oportunidad de ser buenas personas nos han robado. Y él va a solucionar el choreo y la inseguridad.
Según Cristina y Boudou, Argentina es feliz porque los niños y jóvenes tienen netbooks y cantan el himno con pasión como hace siglos que no se veía, y parece que nos gustan los ministros simpáticos y cholulos que saben divertirse tanto como negociar con el FMI.
Para muestra, sobran dos botones.
Quiero creer que los argentinos, los entrerrianos, los diamantinos, no somos tan tontos de tragarnos toda esta venta de comerciales. Quiero creer en los partidos chicos, que no tienen el presupuesto de los grandes, avalados por el sistema y la superestructura “democrática” que les permite el despilfarro.
Quiero votar. Quiero votar por muchas cosas. Una de ellas, es que soy mujer, y soy muy consciente de la cantidad de vidas que se perdieron y los terribles sufrimientos que padecieron todas aquellas mujeres, inglesas primero, y en todo el mundo después, que se atrevieron a reclamar el derecho al voto femenino, incluso a riesgo de ser encarceladas, encerradas en manicomios, golpeadas en la calle, asesinadas...
Pero quiero votar partidos orgánicos constituidos en torno a programas, no partidos basados en el clientelismo y los liderazgos personales, que “prometen y prometen y después se olvidan”, en el decir popular. Prometer es fácil. Pero nadie dice cómo, con qué, va a hacer lo que promete.
Hubo un tiempo en nuestro país en que la formación de “partidos de ideas” fue una de las principales metas de los hombres. Sáenz Peña, Lisandro de la Torre , defendían el voto programático, “la obra integral de un partido” (1), no la obra de unos pocos privilegiados doctores, ingenieros y abogados. La obra INTEGRAL de un partido. No la obra circense de un ministro de economía que en vez de plantarse ante el FMI y decirles, “no vamos a pagar esta deuda porque es la deuda de un genocida”, se va a tocar la guitarra con La Mancha de Rolando y de paso se manda un discursito.
Diferencias aparte, Sáenz Peña y De la Torre , se preocuparon en impulsar la reforma del sistema electoral y la construcción de un sistema educativo que permitiera la formación de un modelo de ciudadano que supiera votar, y votar programas.
Sepa, entonces, el pueblo votar.
Nota: Lisandro de la Torre , citado por: PÉREZ, Alberto N. Sepa el pueblo votar: educación y ciudadanía frente a la reforma electoral de 1912. En ASCOLANI, Adrián (compilador), “El Sistema Educativo en Argentina”. 2009. Laborde Editor. P.187.
Foto: Urribarri anduvo por Diamante y de paso jugó un partidito con el intendente y algunos funcionarios urrikichneristas en un club local.
Publicado por Río Bravo el 12 de agosto de 2011.





