Allá viene el Negrinho Artacho. Desde el cordón donde estoy sentado lo veo subir la cuesta del puerto. La carga de leña sobre el hombro izquierdo disimula todo lo ridículo de su cuerpo torcido. Más que un hombre que camina, ya parece formar parte de la barranca.
Dicen que fue hace como cuarenta años. Para mí es mentira. Por un vaso de caña, el Negrinho te cuenta aquella historia. Todos la conocemos como al padrenuestro, pero nunca falta quien saque un par de monedas de su bolsillo por el gusto de hacerlo hablar.
Cuando las monedas caen al cajón de la bolichera y cuando ésta llena la copa, el Negrinho empieza a putear. Con el primer insulto se acuerda del brasilero que lo tajeó y de la puta que lo parió al brasilero de mierda y del hijo de puta del médico que lo suturó mal. Ese es el momento cuando levanta su camiseta roñosa y muestra la panza cosida como un matambre. A cualquiera causa impresión el espectáculo de ese vientre marrón lleno de surcos. “Por eso quedé así, señor”, dice y acentúa la inclinación de su tronco.
Negrinho dice que fue en una tardecita, allá por los bajos del Itacuá. Asegura que si no hubiera mezclado Marcela con la caña, el brasilero no hubiera podido sacar el cuchillo siquiera; pero que la Marcela es lo peor que hay. Quien lo escucha debe asentir con la cabeza, porque todo el mundo sabe lo jodida que es la Marcela; además, no es cuestión de andar contradiciendo así nomás al Negrinho, salvo que dispongas de tiempo y paciencia para escuchar la andanada de argumentos que vendrán a continuación.
El Negrinho creer recordar que el primer puntazo iba hacia el ombligo hasta que él se atajó con el antebrazo (entonces arremanga su camiseta y todos vemos la cicatriz entre medio de las dos venas). Dice que cada topada del otro le sacaba chorros de sangre. “Desde entonces tengo más sed, señor” - dice y carcajea, revoleando la lengua dentro de su boca desdentada.
Para impresionarte, repite el sonido del cuero del vientre cuando lo rasga el acero. Quien lo oye cierra los ojos y aprieta los dientes (alguna de las veces que lo escuché llegué a tirar mi cuerpo hacia atrás, tan real suena ese “tsssschick”). “Antes que el ruido, sentí el olor a bosta... y eran mis tripas, señor”. Dice que él nunca había imaginado “lo que jiede el cristiano por dentro”. Y supone que ha de ser así nomás, que “todos parecemos más lindos desde afuera, pero en el adentro somos un estercoleiro”. Por más que me esfuerce no puedo imaginarme que este tipo torcido, por dentro pueda ser más feo de lo que muestra su exterior.
Hace mucho que no escucho su historia, pero dicen que ahora anda por las veintiocho cuchilladas, eso tranquiliza porque hubo épocas en que llegó a relatar treinta y cinco. “Veinticuatro heridas cortantes y punzantes”, detalla en realidad el parte del médico. “Si sabía que no te morías, te hubiera cosido mejor, ch’amigo” - dicen que le dijo el doctor. Veinte días estuvo hirviendo entre las sábanas del hospital, sin curaciones ni medicamentos. “¿Para qué? Si ya se muere”. Pero si no pudo matarlo el metal, menos iba a lograrlo la fiebre.
Cuando está llegando al boliche, el Negrinho se acomoda la brazada de leña, de modo de parecer más torcido de lo que es. Lo sigo con la vista, su silueta inclinada no puede dejar de despertar mi curiosidad. Sobreactúa las dificultades, convencido de que no va a faltar quien pague para escuchar la misma historia de siempre. Él sabe que le creen y celebra porque en eso le ganó al brasilero. Si alguno duda, le basta con exhibir las decenas de suturas que porta en el cuero; al brasilero, en cambio no le quedan ni cicatrices para testimoniar que una vez enfrentó a un tipo.
Es tarde, por suerte el sol ya comenzó a aflojar. Arrastrando un poco los pies y tropezando en el pedregal, Negrinho comienza a rumbear para su casa. Lleva la escápula izquierda mucho más inclinada que cuando vino. Me pregunto si no será que la tierra lo llama y con el hombro derecho forcejea para resistir a ese destino de piedra o arcilla que le aguarda. Ya no tiene la brazada de leña para disimular su contrahechura. Ahora, quien lo ayuda a fingir es el aguardiente que le quema la garganta, el estómago y el cerebro. ¡Bah! No sé si el alcohol ayuda a disimularlo, pero al menos logra que ya no le importe.
Publicado por Río Bravo el 16 de Mayo de 2011.





