El gran escritor Jorge Luis Borges supo decir apropósito de su oposición al peronismo “no nos une el amor sino el espanto”. Claro está, el espanto era el peronismo, capaz de unir en su contra a los sectores más diversos. Algo semejante ocurrió con la Unión Democrática en el ‘45, constituyendo la unión de sectores tan diversos como radicales, comunistas y liberales. Leer la política desde esta clave es la propuesta que mejor les queda a los sectores del poder. De un lado el Kirchnerismo, que dista mucho de parecerse al peronismo, y del otro la derecha opositora, que en mucho se asemeja a la Unión Democrática de antaño.
Las encuestas posicionan la candidatura de Cristina con un 49 % de votos favorable. El viento de cola en términos económicos le ha permitido promocionar subsidios a distintos sectores de la población, desde la producción hasta sectores marginales como jubilados y embarazadas. Esto, unido a una fuerte campaña publicitaria de sus logros, muchos inventados, otros reales, y a una iniciativa política permanente, la ha colocado en un lugar impensado para la política argentina tras la enorme lucha agropecuaria del 2008, cuando el matrimonio presidencial parecía abandonar el poder antes de tiempo. En esto se funda lo principal de sus logros, en haber conseguido recomponerse de semejante traspié.
Gran parte de esta recuperación estuvo dada por los buenos precios de los comodities en los mercados internacionales, lo que motivó el retorno de los productores al campo y el acrecentamiento del ingreso de divisas por un lado, y su alianza con Moyano por el otro. Dos factores decisivos a la hora de hacer política. Uno le permitió desarrollar una campaña, billetera en mano, de nuevas alianzas, y el otra frenar las luchas que podrían desatarse en función del retraso salarial en relación con la canasta familiar. Sólo con una CGT adicta es posible hacer política en un país con salarios de dos mil quinientos pesos y canastas familiares de cuatro mil seiscientos. En esto reside lo fundamental de su alianza con Moyano. De ahí también su debilidad en esa alianza, porque cualquier confrontación con el camionero puede encender ese polvorín que late bajo el suelo de una Argentina que día a día devora con la inflación el salario de los trabajadores.
Pero nada de este fortalecimiento hubiera sido posible sin la participación de una oposición dividida, encabezada por referentes que recuerdan los momentos más difíciles de la Argentina. A ellos no los une el amor sino el espanto. Duhalde, Alfonsín, Macri, Carrió, todos presidenciables que no superan el 14% de intención de votos, y que ante cada declaración descienden aún más, fortaleciendo la imagen progresista de Cristina. Detrás de estos sectores políticos, entre las sombras, se esconden sectores económicos muy poderosos. Tal es el caso del grupo Clarín, Techint, parte de la UIA, La Nación, y tantos otros que han quedado fuera de los negocios del Kirchnerismo. Todos ellos representantes del centroderecha que no logran unirse, como en el caso del Peronismo Federal, donde debieron suspender la interna Duhalde y Rodríguez Saa, y casos como el radicalismo, en que el costo de la mentada unidad es a costa de reconocer su enorme debilidad. Clarín promueve la unidad de estos sectores, incluso empuja a Pino Solanas a sumarse, aunque éste ha rechazado la invitación por diferencias insalvables respecto del pago de la deuda externa, con la que Pino no está de acuerdo, o la continuidad de las empresas privatizadas, entre otras.
Dos cuestiones fundamentales frenan la unidad entre los partidos del poder. Por un lado no tienen mensurado aún hasta dónde puede llegar el daño filas adentro, tal es el caso de Alfonsín, que se resiste a la alianza con Macri, y por otro lado las nuevas alianzas no dan ninguna garantía de sumar votos; aquí ocurre uno de esos curiosos sucesos en que dos más dos, puede dar uno.
Mientras estos sectores piensan estrategias, se pelean entre sí, y proclaman sus discursos derechosos, como la defensa de Clarín, Cristina afianza su candidatura y su pose progresista. Pero a no confundirse. Tal como lo hemos dicho desde estas páginas tantas veces, el Kirchnerismo no es de izquierda. El hecho que se enfrente a sectores de la derecha tradicional en la Argentina no los vuelve progresistas. Lo nuevo con el Kirchnerismo es el ascenso de un grupo económico unido a su política, como es el caso de Lázaro Báez, Esquenazi, Grobocopatel, y sectores de la UIA, y AEA, todos beneficiados por la alianza estratégica en los negocios con China. Junto a estos sectores nuevos, están otros grupos concentrados ya conocidos como Franco Macri, Daniel Hadad y Blaquier, todos empresarios “progresistas”.
En política, tras tantos años de entrega y dependencia, ser progresistas hoy exige tomar medidas contundentes, tales como el no pago de la deuda externa, la estatización de las industrias privatizadas por el menemismo, una reforma agraria que evite la extranjerización de la tierra y la expulsión de los pequeños campesinos, y trabajo digno para todos aquellos que hoy son rehenes de los políticos de turno.
No se trata de criticar todo lo que se hace porque, en efecto, se están haciendo obras en cantidad. Mejoramiento de rutas, obras de infraestructura en la ciudad y el campo, y subsidios para sectores postergados. Esto existe. Pero lo hecho está pensado para un país donde se enriquece una minoría exportadora. El peronismo de Perón dejó una enorme enseñanza en este sentido, al crear metalúrgicas, distribuir tierras, nacionalizar los puertos y no contraer deuda externa. El país se consolidó en beneficio de las mayorías y no de una minoría exportadora. De esto carece el proyecto Kirchnerista. De política nacional y popular.
Las elecciones están en camino y los dos sectores que se disputan los beneficios de la Argentina se han olvidado de sus habitantes. Para estas elecciones, cuando se hable de obras hechas o por hacer, una propuesta de Río Bravo es: piense en beneficio de quién son los negocios. A veces, entre tantos anuncios, uno tiende a confundirse. Sólo para hacer memoria, del vergonzoso Tren Bala sólo pasaron dos años. Y eso, está lejos de ser progresista, nacional y popular.
Publicado por Río Bravo el 22 de agosto de 2011.





