En ese mercadito hay seis góndolas y tres maquinitas remarcadoras de precios. Me pareció que es todo un síntoma. Cuando salí, me fijé en el precio del paquete de pan rallado que llevaba: tenía tres etiquetas pegadas una sobre otra. Para evitarme el disgusto, no quise ver qué decía la de más abajo.
La política económica del kirchnerismo hace incidir el ajuste sobre los sectores más oprimidos. Nos ajustan con la inflación y con el “pacto social” que viene a pedir de boca de Héctor Méndez, presidente de la Unión Industrial Argentina y de los Blaquier. Esa paz, pactada por las clases dominantes con la complicidad de los jerarcas sindicales, es un grito de guerra contra los asalariados. Los más perjudicados por la subida del costo de vida son los trabajadores en negro (esta es la situación del 50% de los trabajadores ocupados), los jubilados y los beneficiarios de planes sociales. El deterioro real de la asignación por hijo ronda el 15%.
El propio INdEC de Guillermo Moreno reconoce que los hogares destinan, en promedio, el 37,9% de sus ingresos a la compra de alimentos. En este ítem, 2010 cerró con 43% de inflación. En los sectores más humildes ese porcentaje del salario dedicado al rubro alimentos supera el 45%. Mientras tanto, el titular de la UIA dice que sería un descontrol pedir aumentos de sueldos superiores al 30%. La inflación promedio en Argentina es del 30% mientras en el resto de América Latina es del 5% anual. Para completar el golpe ajustador a los sectores populares, por cada punto que aumentan los precios, un tercio se lo lleva el gobierno a través de los impuestos; y el resto va a parar a los bolsillos de monopolios, bancos y terratenientes.
Así no hay trabajo que alcance. El poder adquisitivo actual del salario se encuentra 72% por debajo de lo que eran en 2001 (cuando la economía llevaba tres años de crisis y la participación de los trabajadores en el PBI llevaba 25 años cayendo). Cada vez es más frecuente un fenómeno que hizo eclosión hace diez años: personas con un empleo efectivo que salen a buscar changas o la pelean para conseguir otros ingresos.
Para graficar mejor la situación, el semanario crespense Paralelo 32 se puso a investigar sobre la caída en los últimos siete años del valor de compra del billete de 100 pesos. “En septiembre de 2003 con un billete de cien pesos podíamos comprar en el supermercado 87 kg. de azúcar, hoy nos alcanza para 20 kilos. Si comprábamos solamente yerba, podíamos llevar a nuestra casa 43 paquetes de un kilo, hoy con 100 pesos apenas alcanza para 16; o 32 kilos de pulpa especial como es la nalga contra 3 de hoy; 72 litros de leche larga vida contra 24; 47 paquetes de fideos tallarines secos de medio kilo contra 17; 23 kilos de carne molida y ahora apenas 4 kilos; 63 botellas de cerveza de 900cc. contra 22 de la actualidad; o 29 kilogramos de pollo contra 10 que se pueden adquirir hoy con el gastado billete violeta”.
Encima, no hay billetes. “Recorrí varios cajeros y no hay plata”, es el reclamo ya frecuente. No alcanza ni siquiera con los billetes serie S impresos en Brasil. Se calcula que en circulación hay unos 110 mil millones en billetes de 100 pesos y 270 millones en billetes de 10. ¿Qué solución propusieron los hombres de la bolsa? Pagar con tarjeta de débito. ¡Peor el remedio! Nos obligan a traicionar al carnicero del barrio, al despensero que nos fía después del 20 para que dejemos nuestros sueldos en el posnet de las cadenas de supermercados.
Un estado para los monopolios
El estado interviene, por supuesto. Hasta en el más feroz neoliberalismo de los 90, el estado intervino. Y lo sigue haciendo… a favor de los monopolios, of course.
Un ejemplo es el caso del trigo, denunciado por Federación Agraria. El gobierno interviene estafando a los pequeños y medianos productores trigueros. Con la excusa de mantener bajo el precio del pan, pagaron chauchas y palitos la tonelada de trigo. Lo que ocurrió después es que subió el precio internacional y en consecuencia, el gobierno, los molinos y los exportadores engordaron la faltriquera a pura especulación. Ah! El pan que comemos está cada vez más por las nubes.
“No falta nadie en este acuerdo”, dijo la presidenta en noviembre pasado, cuando firmó con (y para) las petroleras patagónicas la Promoción del Diálogo Social. Con ella estaban los gobernadores, algunos sindicatos y Eskenazi y Bulgheroni. Ese mismo día, mientras promovía el “Diálogo Social”, mandaba la gendarmería a reprimir los piquetes de los trabajadores del petróleo.
“Pero la gola se va y la fama es puro cuento” y donde hay hambre y necesidad, también hay esfuerzos para juntarse y pelear. En cualquier punto del mapa argentino hay ejemplos de luchas y conquistas que sacuden el tablero de la timba ajustadora. Los obreros aceiteros en Rosario hicieron volar el techo salarial; los empleados del Banco Ciudad conquistaron un plus de 7.750; los trabajadores de las estaciones de servicio arrancaron 200 pesos mensuales. La declamada “paz social” deberá incluir salarios acordes a la canasta familiar o el reclamo inundará las asambleas y las calles.
Publicado por Río Bravo, el 21 de enero de 2011.





