Pasaron 53 años y el primer día de abril una nave espacial retomó los vuelos a la Luna. Se trata de la Artemis, tripulada por cuatro astronautas: tres hombres y una mujer. Entre otros objetivos, partieron con la pretensión de fotografiar el lado oscuro de la Luna.
Este programa espacial no alunizará, a diferencia del programa Apolo de los años sesenta. Aquella Apolo 11 fue tripulada por tres varones blancos, militares de alto rango, destacados en combates, al servicio del imperialismo yanqui.
Cuando hablamos de viajes espaciales y astronautas nos vienen a la cabeza naves tripuladas por varones. Pero hace muchas décadas que las mujeres ocupan ese espacio; eso sí, invisibilizadas. Nos acostumbramos a que sólo se nombre a los comandantes a cargo, siempre hombres. Eso, a pesar de que las mujeres nunca resignaron lugares de importancia en los programas espaciales. Formaron parte de tales programas desde las primeras experiencias con cohetes de combustibles líquidos a mediados de la década de 1920, cuando recién se empezaba a pensar en la posibilidad de viajar al espacio. Durante la Segunda Guerra Mundial y debido a la falta de mano de obra, las mujeres tuvieron su oportunidad, especialmente científicas afroamericanas con conocimientos de matemática y física, quienes enfrentaron con firmeza la segregación y discriminación proverbial en el país del Norte.
A partir de 1958, con la creación en EEUU de la Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio, les cupo el lugar de verdaderas computadoras humanas. A ellas les tocó desarrollar los cálculos de las coordenadas de la ventana donde caería la primera nave que orbitó la Luna y los cálculos precisos para el programa Apolo, el primero en llevar astronautas a la Luna y descender en su superficie.
Estas mujeres eran discriminadas en el espacio institucional. No disponían de baños y debían caminar varias cuadras para encontrar el que les correspondía. En los colectivos que utilizaban para llegar a su trabajo tenían espacios asignados que no podían compartir con los blancos. En la lucha por acceder a la Universidad y luego desempeñarse con altas funciones como científicas y técnicas en misiones tan trascendentes, reside el más grande salto para la humanidad. Como mujeres y como negras.
En Argentina, la lucha contra la discriminación de género en la comunidad científica no fue muy distinta. Aquí, “…más de la mitad de las personas que trabajan en investigación científica y tecnológica son mujeres. Sin embargo, esa proporción no se refleja en una verdadera paridad en el sistema científico, tecnológico y universitario, ya que subsisten en el sector modelos patriarcales que la obstaculizan”, denunciaban en 2020 las compañeras de de la agrupación de trabajadoras de ciencia y tecnología Las Curie.
La Artemis lleva un micro satélite llamado Atenea, construido por un trabajo articulado de la CONAE y las universidades públicas de La Plata, de San Martín y de Buenos Aires. El Atenea fue construido íntegramente en Argentina. Con el objetivo de obtener datos para futuras misiones y comunicarse a 70 mil km de la Tierra, es el único proyecto latinoamericano incluido en la misión. No hace falta resaltar que ésto se da en un contexto nacional de desfinanciamiento y ataque del gobierno de Milei contra la investigación científica-técnico y las universidades nacionales.
Christina Kotch, la astronauta que viaja en el programa Artemis II en la nave Oriones, la encargada técnica de viaje, es ingeniera física y la primera mujer en orbitar la Luna. En una anterior misión no pudo viajar porque no había trajes de astronautas con talles para mujeres. Todavía nos esperan siglos de lucha para conquistar la mitad del cielo.
En estos días, mientras Trump todavía orejea los naipes al compás de una tregua breve en su aventura imperialista contra Irán, se hace cada vez más público el otro lado oscuro del desarrollo científico y tecnológico, el de la maquinaria al servicio de la invasión y el dominio de otros países.
Como una paradoja de la historia, el presidente del país que aportó económicamente para que este programa pueda cumplirse, con la importancia científica que implica, y la posibilidad de un desarrollo humano y la oportunidad para las mujeres ocupando roles solo habilitados para hombres, contradictoriamente es él que generó la guerra en medio Oriente y amenaza con hacer desaparecer a todo un país.
Mientras los cuatro astronautas de Artemis emprendían la exploración, Donald Trump, el presidente de su país, resolvía un recorte de 23 por ciento en los programas de investigación. En el marco de este nuevo ajuste, se plantean interrogantes sobre cómo la agencia espacial concretaría su objetivo de enviar humanos a explorar el cosmos al tiempo que su gobierno deja sin oxígeno a todo esfuerzo de investigación. Y al tiempo, también, en que otras mujeres, en las ciudades en el territorio iraní, se convocan para la defensa contra la invasión fascista. Muchas de ellas son las mismas que hasta hace pocas semanas se movilizaban contra las políticas del régimen iraní. Paradojas de una trama plena de tensiones. Las que demuestran que en esta globalización, los globos también pueden estallar.
* María Gabriela González es maestra y militante de Agmer y de la Multisectorial de Mujeres Entrerrianas.
Publicado por Río Bravo el 11 de abril de 2026.





