Imprimir esta página

ESTAFAS VIRTUALES 955x100

Martes, 24 Septiembre 2013 21:23

Un violador serial suelto en Strobel

Escrito por Romina Victoria

Pablo Bruselario fue sentenciado a 18 años de cárcel por abuso y violación de tres de sus sobrinas. Sin embargo, aunque el aberrante hecho fue sobradamente probado, la sentencia aún no está firme y permanece en libertad. La investigación arrojó el aterrador resultado de que el hombre cometió unas NOVENTA violaciones probadas, entre los años 1992 y 2004.

Bruselario era albañil. Sus víctimas eran niñas de la localidad de Strobel, ubicada a unos tres kilómetros de Diamante. Aparentaba ser un buen tipo, un hombre de familia. Tenía la costumbre de buscar a sus sobrinas para llevarlas a jugar con su hija. Pero en el trayecto, lo que hizo durante años fue abusar de sus sobrinas para luego violarlas. Su esposa murió en un confuso episodio luego de que tres de sus sobrinas no aguantaran más el silencio, la soledad y el dolor, y juntaran el coraje para contar a sus familias lo que el buen tío les hacía y denunciarlo a la justicia.

La causa tiene ya varios años. Durante esos años, el calvario para la familia de las hoy jóvenes víctimas estuvo lejos de culminar. A Bruselario lo apoyan sus hijos, su madre y otros familiares, quienes acusan a las chicas de haber urdido una mentira para quedarse con la propiedad en la que el hombre y su familia vivían. Es curioso que una de sus hijas, quien en un principio se reconocía como otra víctima del violador, cambiara radicalmente de postura declarando a favor del imputado tras la muerte de su madre.

Pero las tres chicas denunciantes no están solas. No sólo las apoyan sus madres (hermanas del violador), sino todo un pueblo, toda una sociedad, todas las mujeres que hemos padecido la violencia de género. Las chicas no mienten. Una lo sabe con sólo mirarlas a los ojos. El argumento esgrimido por los que juegan de defensa de Pablo Bruselario, abusador y violador de menores, es como una casa de naipes. ¿Pueden acaso tres adolescentes, con toda la vida por delante, haber fabulado semejante horror con el fin de apropiarse de un terreno y una casa? Ninguna persona sensata y en su sano juicio creería tal cosa.

Quien escribe escuchó de boca de una de las víctimas sus padecimientos. Transcurrió en los pasillos de una escuela secundaria, durante los exámenes de diciembre, hace algunos años. Esa adolescente tímida, callada, había sido mi alumna durante dos años. En el último de ellos sus notas habían “descendido a pique”, no hablaba, faltaba mucho a clases, parecía “perdida” y desganada. Cometí el error de no preguntarle durante todo el año qué le estaba sucediendo, qué pasaba por su cabeza. Los profesores de secundaria solemos correr de una escuela a otra, de un turno a otro, y muchas veces resulta difícil “aprendernos” los nombres y las caras de todos nuestros alumnos, más difícil resulta aún entablar una relación de confianza. Pero en este caso, aunque un poco tarde, el momento se dio. Cuando esa adolescente me contó que dos veces por semana debía concurrir a las pericias psiquiátricas a contar con “lujo de detalles” todo lo que su tío le hizo durante años, desde su más tierna infancia, y que la mayoría de las veces luego de relatar esas cosas se sentía tan agobiada que quería estar sola, llorar (y por eso faltaba tanto a la escuela), sentí que el mundo se me derrumbaba.

Cuando me senté en los escalones de la escuela con aquella adolescente y le pregunté por qué no había dicho nada, por qué su madre no había informado a la escuela de su situación, ella me dijo: “Pero si mi mamá vino, habló con la directora…” Me di cuenta de que algo, evidentemente, estaba fallando, nos estábamos equivocando como institución y como sociedad. Aquella situación había sido abordada como una cuestión “ajena” a la escuela por el personal directivo. Los profesores no fuimos informados. Si hubiésemos sabido la situación que nuestra alumna estaba atravesando, habríamos podido acompañarla, ser más flexibles con las tareas, entender que, si se mostraba apática, no era por mero desinterés. Esa chica había sido víctima del más horrendo crimen del que es capaz el hombre.

Desde entonces, algunas cosas han cambiado para bien, otras no. La difusión, el conocimiento y el trabajo con el Protocolo interinstitucional de de abuso y maltrato infantil en nuestra provincia y en nuestras escuelas es un indudable avance, pero aún falta mucho por hacer. Sobre todo, falta un cambio de índole ético y moral: debemos dejar de mirar para otro lado, dejar de imponer silencio, dejar de considerar que son cuestiones ajenas, que son cosas “íntimas”, “personales”, de “familia”, porque con nuestro silencio protegemos a los violadores, protegemos a aquellos que destruyen la salud psíquica y emocional de uno de los pilares de nuestra sociedad: la niñez, la infancia, la juventud.

Mientras la titular del CGE, la señora Graciela Bar, relativiza los problemas escolares, en las escuelas hay violencias que no se solucionan con un “acuerdo de convivencia”. Está bien que se brinde capacitación al personal directivo, pero esta será fructífera si se compromete en la práctica a todos los miembros de una institución escolar, si esos miembros trabajan en forma conjunta, como una red, como un sostén para todos sus miembros.

En Diamante se rumorea que las víctimas de Bruselario son muchas más, pero por vergüenza o por miedo, o por cualquier mecanismo de defensa emocional, permanecen calladas, escondidas. Pero tengo esperanzas. Sé que llegará el momento en que la culpa y la vergüenza dejará de ser la carga de las víctimas, sé que un día dejaremos de sentirnos víctimas del silencio impuesto, de la falsa moral, para poder gritar, para que el mundo vea lo que en verdad somos: valientes heroínas. También sé que algún día tomaremos con nuestras manos la mitad del cielo que nos corresponde, y ya no seremos llamadas heroínas. El viento y la libertad nos clamarán con una sencilla expresión: mujeres.

Como en el caso del cura Justo José Ilarraz, que cometió cientos de abusos a niños mientras dirigió el Seminario Menor de Paraná, entre 1984 y 1992, muchos de los delitos cometidos por Bruselario prescribieron. Delitos aberrantes como la violación y el abuso sexual no deberían prescribir. Así es como se culpabiliza a las víctimas y se protege al victimario. Violadores y abusadores no deberían gozar de ningún tipo de visitas sociales, no deberían poder poner un solo pie fuera de la cárcel. Las víctimas y sus familiares no deberían vivir con el miedo a cuestas, no es justicia tener que verle la cara, paseándola como si nada por el barrio, al hombre que te violó, te sometió, te humilló y encima, te acusó de mentir.

Es URGENTE una modificación del código penal, es urgente que no nos sumemos a los “pactos de silencio”, es urgente que nos metamos hasta lo más hondo, es urgente que como sociedad nos movilicemos, es urgente que defendamos con acciones concretas aquellos derechos declarados “inalienables”. Todo violador u abusador debe ser condenado a perpetua.

Publicado por Río Bravo el 24 de septiembre de 2013.

845x117 Prueba