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Domingo, 24 Abril 2011 13:09

La revolución en guaraní

Escrito por Claudio Puntel

Cuando el Primer Triunvirato, en 1811, entregó a Elío las villas de Concepción del Uruguay, Gualeguay y Gualeguaychú, se inició el Éxodo del Pueblo Oriental. Al campamento de Daymán llegó un hombre para sumarse a la causa artiguista: el jefe guaraní Andrés Guaçurarí. 

Hay quienes piensan que el nombre de una persona encierra a menudo un vaticinio sobre su vida. Quizá sea el caso de Andrés Guaçurarí: “guazú”,  ciervo; “rarí”, arisco, salvaje. Algún historiador poco atento a las sutilezas del idioma guaraní lo llamó Andrés Tacuarí. Los portugueses, que lo temieron, se referían a él como "Artiguinhas", diminutivo que lo molestaba mucho. Desde 1811, cuando puso sus dos mil lanceros a disposición de la lucha independentista, eligió llamarse Andrés Guaçurarí y Artigas. José Gervasio Artigas, que lo ascendió a Capitán de blandengues y luego lo designó Comandante General de las Misiones, en sus cartas se dirigía a él como "Andresito", un apelativo que sí apreciaba.

Andrés había nacido en 1778 en la reducción jesuítica de Santo Tomé, que comprendía las actuales ciudades de Sao Borja, Río Grande do Sul, y Santo Tomé, Corrientes, y por entonces pertenecía al Departamento de Yapeyú. Dicen que uno tiene la estatura de los enemigos que elige: Guaçurarí llegó más alto que la oligarquía centralista porteña y fue más grande que el imperio luso – brasileño. Odió a muerte al invasor portugués, cuyas malocas sufrió en carne propia durante su niñez en las Misiones.

En 1811, enterado del éxodo del pueblo oriental, cabalgó hasta el campamento del Daymán y se puso a las órdenes de Artigas, quien le encomendó la hermosa responsabilidad de contener los avances portugueses en la costa del Alto Uruguay. Andresito, desde entonces y hasta su captura ocurrida en 1819, cumplió celosamente con el mandato.

Su vida bien puede tenerse como la encarnadura del ideario artiguista. Símbolo del espíritu democrático y libertario del Congreso del Arroyo de la China, donde criollos, campesinos, aborígenes y negros libertos fueron electos diputados, Andresito representó cabalmente el sueño de la patria grande latinoamericana. En sus escritos y proclamas abundan las referencias a los otros pueblos hermanos del sur. Al mismo tiempo, su derrota fue la estocada de muerte al proyecto de Artigas, quien al recibir la triste noticia se asumió definitivamente desarmado.


El accionar de Andrés fue fruto de una amalgama entre la cosmovisión guaraní, su formación jesuítica y un espíritu de época cuyo mejor representante fue el líder oriental. Vivió todo lo humano, temió sin que el temor lo frenara, dudó y vaciló con costos muy onerosos, pero tuvo la voluntad de reivindicarse con creces. Nada pudo contener su rebeldía. Cuentan que en el sitio de Sao Borja, cuya derrota atribuyen a una vacilación, perdió su espada y juró no aceptar ninguna otra sino la que recuperara en la lucha, lo que logró en el combate de Apóstoles en 1816.

Para pintar sus cualidades como guerrillero, basta el relato del combate de Apóstoles (ver). Sus tropas habían quedado reducidas en la huida desde Sao Borja. Acorralados por el brigadier Chagas, buscaron refugio en el templo de la reducción de San Carlos, donde fueron acosados por los portugueses hasta que los muros no resistieron más la carga. Cuando las paredes de itacurú cedieron, entre el polvaderal y el humo de la pólvora irrumpieron Andrés y sus oficiales repartiendo sablazos, golpes de macana y puntazos de tacuara abriendo, una brecha entre los soldados portugueses. Durante semanas erraron por los campos y los montes mientras volvían a reagrupar hombres para perseguir a los portugueses hasta Apóstoles. Allí ocurrió algo inédito: las tres armas -caballería, artillería e infantería- de uno de los ejércitos más modernos de entonces, y a pesar de la superioridad numérica en una relación de tres a uno, fueron vencidas por los trescientos lanceros guaraníes que no ahorraron coraje.

Cuando se cristalizó la traición de Ramírez y López, Artigas mantuvo el respaldo incondicional del pueblo guaraní. Antes de atravesar el río hacia su exilio paraguayo, el último pensamiento de don José fue para Andrés, prisionero -junto a Manuel Artigas- en la cárcel de Lague, en Río de Janeiro, a quienes envió todo el dinero que le quedaba.

Recientemente se comprobó que Guaçurarí, el “ciervo arisco”, estuvo en Lague hasta abril de 1821. Se sabe que a poco de liberado volvió a caer prisionero por un incidente menor en la Ilha das Cobras. Hay muchas versiones y pocas seguridades sobre lo que ocurrió luego. Sí nos queda la certeza de los versos de Ansina (1) “Volverá a enrojecer,/ Nuestro ceibo notable:/ ¡Será la hora de volver!”.

Nota (1): “Ansina”, Joaquín Lenzina (1760-1860), compañero de Artigas, poeta y cronista de la gesta.

Foto 1 "Andrés Guacurarí", cuadro de Eliseo Corrales.
Foto 2 Facsímil de carta de puño y letra de Andrés Guaçurarí, fechada en mayo de 1821 en Río de Janeiro.

Publicado por Río Bravo el 25 de abril de 2011.

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