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Sábado, 22 Enero 2011 13:26

Diario de un escritor entrerriano (semana 14)

Escrito por Román Ortíz

Por Román Ortíz - Dedicada a Miguel "Zurdo" Martínez.

Encima que faltan artistas como vos, te vas antes de tiempo. No voy a abusar de tu ausencia, como aquellos que sin conocerte se desarman en gestos para la tribuna. Las lloronas de la cultura se olvidaron, curiosamente, de rescatar lo más importante que dejás. Tu obra es tan entrerriana como la mano que toca las cuerdas de tu guitarra, y la amasaste mirando de frente a los gauchos pobres, y de reojo a los traidores platudos.

     

Simplemente, quiero recordar las letras que elegiste acompañar con tu compañera de madera, las tuyas y las de otros. No fueron casuales, ni las unas ni las otras. Llenas de ranchada, de río, islas, taperas, campos, cosecha, mate, fogones, pescadores, peones, arroyos, sauces, cuchillas y montieleros.

 

Arrancamos con el silencio del rancho, ese rancho que aprende a ser tapera por pura necesidad. Entre tantas ausencias, hay un fuego que apenas arde, que casi ni alcanza para calentar una pava. Ay, hermano, si son como una sola pena: las penas del campo, la soledad y la pobreza.

 

¿Y quién dijo que las milongas son todas porteñas? Hay una milonga de un entrerriano, nacido en Paraná y medio de Feliciano. Pero si tenemos que decir dónde se ha hecho hombre, ese lugar es Colón. Allí aprendió a estrechar la mano, y dejó los besos para los gurises. Anduvo por todos lados, y aprendió que el río Gualeguay es un poema de Mastronardi, que baja de Villaguay y es luz de su provincia. En esos pagos donde hay hombres de verdad, este panza verde adivinó toda entera la provincia en la palma de su mano.

 

Pareciera que andan a contramano, porque cuando todos duermen ellos le ponen el pecho a la jornada. Así es la madrugada del pescador: río, hombre y cielo en calma. Este gaucho tan completo, fue conocedor del secreto de los espineles, donde habrá prendido muchos dorados. Ahora que se fue de gira, acompañará hasta el alba a los pescadores del paraná, para que la soledad no les apague su llama. Estos soldados de corto sueño y esperanza larga, se llevaron una hermosa canción, que en los fogoncitos que les dan a las islas un tendal de estrellas, deben cantarse hasta que aclare. Es duro ver cómo se pasea entre los ranchos la pobreza del islero.

 

Cielito de la provincia que se parte en dos: en un lado los chaleses, y en el otro, el que más crece, el rancherío. Mirá si es linda esta tierra verde, un arroyo y un sauce para el lugar que usted vaya. Y si siembra la justicia, es cielo la tierra entera. Con tanta pena igual se comparte el cimarón, el vino y la ilusión. Y en el cielito de los platudos, que están en colchón de plata, se oye un grito desde afuera: ¿para qué quieren riqueza, si a los pobres le dan hueso? Es tierra de mala muerte, la ranchada de un peón, y a veces no hay más que taparse con estrellas, porque adentro hay hambre y hay frío. Mientras el pobre que paciente oye que chifla su panza, la provincia se lamenta, por ser perdiz de perdigones. Otro grito suena fuerte: ¿por qué cambiaron la tierra por un baúl de caudales? Cielito de la provincia, dice un gaucho con su guitarra. Si se siembra justicia, es cielo la tierra entera.

 

Te vamos a extrañar por mil razones. Porque para cantarle a Entre Rios, esta tierra de criollos y gringos, hay que tener dulzura y pujanza. Y a vos no te faltaba de ninguna. Si habrás querido la hermosa patria chica, y sus corazones que florecieron en vincha y lanza. Cuando el mate en los fogones gire cordial y sincero, se galope en las cuchillas, y en la lindura de las orillas, siempre habrá una voz cansada de boca seca que te recuerde. Es cierto que hace falta agua, tierra, inteligencia y sudor para llenar las barrigas del mundo. Y que esta tierra nos da todo, hasta lindas mozas. Pero nos dejó guachos de vos "Zurdo", y ese es un precio muy caro.

Publicado por Río Bravo, el 22 de enero de 2011.

Modificado por última vez en Miércoles, 26 Enero 2011 00:17

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