A principios del SXVII el imperio portugués fortalecía sus bases en la zona del actual Sao Paulo (Brasil). Desde allí dominaba una franja importante del litoral atlántico, desarrollando sus explotaciones cañera y ganadera. Para abastecerse de mano de obra, los portugueses mantenían el tráfico de esclavos.
Al mismo tiempo, comenzaron a organizar grupos de exploradores para avanzar hacia el interior del territorio en busca de metales y piedras preciosas. Llamaron “bandeiras” a estos grupos de exploradores integrados por mamelucos (que eran mestizos de portugueses e indígenas) y aborígenes tupíes aliados. Las bandeiras eran organizadas y dirigidas por empresas comerciales de Sao Paulo.
Hasta ahí todo marchaba dentro de los carriles “normales” para los portugueses; pero con el desembarco de los holandeses a comienzos del siglo XVII, la cosa empezó a complicarse. Expediciones holandesas hicieron base en las costas atlánticas del Brasil y desde allí, con acciones piratas comenzaron a controlar e impedir la competencia portuguesa en el tráfico de esclavos. Ante este impedimento, los lusitanos enfocaron las bandeiras hacia la cacería de indios para esclavizarlos. En esa tan noble empresa avanzaron hasta traspasar el límite impuesto por el Tratado de Tordesillas.
Los bandeirantes se convirtieron en la vanguardia del expansionismo portugués. Hacia 1620, sus incursiones fueron haciéndose cada vez más agresivas. Las expediciones comandadas por los bandeirantes Raposo Tavares, Manuel Preto y Antonio Pires, entre 1628 y 1631, habían capturados mile de guaraníes de la zona del Guayrá para ser subastados en San Pablo.
Las bandeiras dejaban como saldo millares de muertos y desaparecidos; éxodos forzados de pueblos enteros; hambrunas y enfermedades; familias destruidas. Los sobrevivientes alimentaban el deseo de vengarse por los atropellos sufridos.
En el Tapé
Las reducciones jesuíticas ubicadas en el Guayrá (actual Paraguay) se veían tranquilas porque los bandeirantes sólo perseguían guaraníes no reducidos. Pero hacia 1627, las bandeiras traspasaron los límites del Guayrá y en 1629, al dar refugio a un cacique escapado de las malocas, la reducción de San Antonio fue invadida. Luego del incendio y la destrucción de varias reducciones; unos 12 mil guaraníes embarcados en unas 700 balsas emprendieron el éxodo guaireño.
Así, luego de un tiempo de errar por río y selva, recalaron en el Tapé. Ésta era una amplia región que abarcaba la zona de los actuales Río Grande do Sul en Brasil y Misiones y Corrientes en Argentina.
Sucesivas incursiones de los mamelucos asediaron las reducciones del Tapé en 1636, 1637 y 1638. La única resistencia que recibieron fue por parte de los guaraníes libres; pues la Leyes de Indias no permitían a los indios el derecho a defensa (mucho menos a portar armas). Los jesuitas, celosos cumplidores de la Ley, obligaban a los guaraníes reducidos a cumplir este mandato. Pero la necesidad suele empujar la historia, y los más férreos defensores de la legalidad pueden volverse contra la ley cuando ésta es un obstáculo para sus intereses.
El mismo Ruiz de Montoya que había dirigido el éxodo guaireño, viajó en 1638 a España para gestionar ante Felipe IV un levantamiento de la restricción del uso de armas a los guaraníes. El trámite no escapó a los vericuetos burocráticos de la época, que no eran ni más ni menos engorrosos que los actuales, y en 1640 una cédula real permitió que los guaraníes empuñaran armas de fuego, previa anuencia del virrey del Perú. Montoya debió entonces darse una vuelta por Lima para refrendar la autorización.
Enseguida llegaron al Tapé 11 instructores para colaborar en el adiestramiento militar y la organización de la defensa. Se formó un ejército de unos 4 mil guaraníes que atacaron a las bandeiras atrincheradas en Caazapaguazú.
Mbororé
Los bandeirantes regresaron a Sao Paulo a apertrecharse para una contraofensiva. Con financiamiento de hacendados y comerciantes organizaron una expedición compuesta por 450 holandeses y portugueses armados con fusiles y arcabuces; 700 canoas y 2.700 tupíes armados con flechas. La expedición tenía la consigna de tomar y destruir todo lo que se encontrara en los ríos Uruguay y Paraná; mientras capturaba la mayor cantidad posible de guaraníes en calidad de esclavos. Necesitaban que las bamdeiras volvieran a ser redituables.
Dice la relación del jesuita Nicolás del Techo que se supo que “los mamelucos se movían, y preparaban la guerra contra los neófitos del Paraná y Uruguay. Tocóse alarma en las reducciones, y se acordó que juntos los de ambos ríos procurasen rechazar a los invasores y acabar la contienda con sólo una batalla”. El Ejército Guaraní estaba organizado en compañías comandadas por capitanes. Fue capitán general el cacique del pueblo de Concepción, Nicolás Ñeenguirú; secundado por los capitanes Ignacio Abiarú, cacique de la reducción de Asunción del Acaraguá; Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás y el cacique sanjavierino Arazay. Se armaron con arcos y flechas, hondas y piedras, macanas y garrotes, alfanjes y rodelas, y unos 300 arcabuces. Contaban con unas 100 balsas armadas con mosquetes y cubiertas para protegerse de las flechas y las arrojadizas de los tupíes, aliados de los portugueses.
La reducción emplazada en la boca del arroyo Mbororé (actual Panambí, en Misiones) sobre las aguas del Río Uruguay funcionó como centro de operaciones de las fuerzas guaraníes. Sobre la margen derecha del río y hasta los saltos del Moconá destacaron espías y guardias que iban dando aviso sobre los pasos de las bandeiras.
En enero de 1641 hubo una gran crecida del Río Uruguay que arrastró palos, víboras, monos y unas cuantas canoas y flechas que las aguas arrebataron a los esclavistas. Cuando esa resaca llegó a las costas, los guaraníes pudieron darse una idea del tamaño de las fuerzas que avanzaban en la contraofensiva. Más tarde pudieron recibir datos más fidedignos, cuando varios aborígenes prisioneros de los portugueses lograron escapar y llegar con información más directa.
En la madrugada del 26 de febrero, más de cien canoas bandeirantes que intentaban vadear las cachueras del río de los caracoles fueron sorprendidos por las fuerzas comandadas por el cacique Abiarú. Unos 250 guaraníes, distribuidos en treinta canoas enfrentaron en el medio del río a los esclavistas. Nunca hubo tanto humo de pólvora sobre las correderas del Uruguá-ì. El combate duró cerca de dos horas; los guaraníes obligaron a replegarse a los canoeros invasores, quienes huyeron unos cuantos kms hasta que, extenuados bajaron a tierra.
Las fuerzas guaraníes fueron destruyendo lo que encontraban a su paso, inclusive los cultivos, para dejar tierra arrasada, de modo que no quedara ningún recurso a manos de los bandeirantes.
Sabiendo que los esclavistas intentarían otro contraataque, se decidieron a esperarlos. Pero esta vez, pretendían plantear una batalla total. Eligieron emplazarse en Mbororé, justo donde el río hace un recodo. Las orillas estaban ocultas tras un espeso manto de selva en galería. Allí se encontraban entre dos murallas vegetales, lo que obligaría a los bandeirantes a atacar de frene. Además, el sitio era ventajoso por estar establecido allí el cuartel y permitía una comunicación inmediata con los pueblos, para recibir logística o en caso de necesitar emprender la retirada.
El 9 de marzo, los bandeirantes se establecieron en el puesto cercano de Acaraguá. Tenían miedo, estaban muy lejos de Sao Paulo, su lugar de origen y ya habían probado la valentía de los guaraníes. En dos oportunidades intentaron avanzar un trecho por el río, pero por temor a una emboscada volvían rápido al Acaraguá.
Finalmente se animaron y las 300 canoas comenzaron a avanzar, ayudadas por la corriente. Abiarú salió a encontrarlos con sesenta canoas, armados con cincuenta y siete arcabuces y mosquetes. Mientras, en tierra, miles de guaraníes esperaban apostados con arcabuces, flechas y hondas. Contó el jesuita Ruyer, que “a las dos de la tarde comenzó a descubrirse por una punta del río la armada enemiga, que venía ostentando su poder y arrogancia...”. En medio del Uruguay chocaron canoas y balsas. Desde las empalizadas levantadas en la costa, también disparaban contra el enemigo. Los bandeirantes recibieron un doble ataque, fluvial y terrestre. No costó mucho a los guaraníes imponer su bravura. Hubo bandeirantes que se acercaban a la costa intentando ganar la selva en la huída, otros arrojaban sus armas al río para que no fueran recuperadas por los guaraníes y lanzaban sus canoas a la fuga.
Los bandeirantes intentaron enviar una partida bandeirante que atacara las empalizadas guaraníes, fueron repelidos. Comenzaba a anochecer cuando en medio del mayor desorden, los portugueses emprendían una huida en masa por el río y por la costa.
Alcanzaron a llegar a las cercanías de la antigua reducción del Acaraguá. Durante la noche levantaron empalizadas para asegurarse la defensa. Con las primeras luces del 12 de marzo, los guaraníes se plantaron frente a la muralla improvisada por los portugueses, incitándolos al combate. Pasadas algunas horas de espera, Pires, el jefe bandeirante, envió una carta a los jesuitas solicitando el cese de las hostilidades y asegurando que venían en son de paz. La carta fue leída y rota delante de las tropas guaraníes. Con esta acción, se lanzaron al asalto de la empalizada bandeirante.
Durante cuatro días, los hombres de Abiarú asediaron a los lusitanos con cañonazos y mosquetazos y los mantuvieron sitiados, impedidos de recibir víveres ni refuerzos.
La campaña de desgaste dio buenos resultados. No faltó mucho para que los tupíes aliados de los bandeirantes comenzaran a desertar.
El 16 de marzo los esclavistas enviaron una nueva carta ofreciendo la rendición. Nuevamente fue rota por los guaraníes. Los invasores intentaron escapar al asedio remontando el río en balsas y canoas. Cuando llegaron a la boca del río Tabay, se encontraron con 2.000 guaraníes armados que los esperaban.
Imposibilitados de organizarse; debilitados por las deserciones; acosados por el miedo, intentaron retroceder hasta el Acaraguá para zambullirse en el monte y tratar de llegar al Moconá. Allí, los guaraníes se lanzaron en una persecución sin tregua por la selva. Fueron cientos los que murieron en el monte en manos de los guaraníes. Fue una victoria aplastante.
La batalla de Mbororé puso freno durante buen tiempo al expansionismo portugués en la región. Y fue un glorioso antecedente de la rebeldía guaraní que en la guerra independentista del SXIX confluyó con el proyecto artiguista.

