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Martes, 18 Mayo 2021 21:17

Todo lo que cabe en un pinchazo

Escrito por Claudio Puntel

Hace casi cuarenta años que no me vacunaba. Todavía recuerdo los olores a alcoholes, a velas y mecheros donde se quemaban las agujas; los sonidos metálicos y las capas coloridas de las enfermeras en la sala de vacunación del hospital de mi pueblo. Y no sé por qué, también aquella idea de Salud Pública que rondaba en nuestras cabezas y anunciaban los carteles. Aquella última vez era tremendo grandulón de 17 años, había tenido un accidente de moto y me mandaron una vacuna antitetánica, creo que me aplicaron la Triple.

Cuando iba a la primaria, la cosa era parecida, pero de madrugada. Mi vieja nos levantaba a las seis y nos arreaba –todos rezongando, muertos de sueño– al hospital de mi pueblo. Entrábamos por el portón del fondo y nos sumábamos a la larga cola que ya se había formado para esperar el turno del pinchazo. A medida que la cola avanzaba, crecía el miedo. Yo rogaba que se desatara una tormenta, un terremoto, que cayera un satélite sobre el hospital, que se acaben las vacunas antes de que llegáramos a la enfermería. Pero nunca pasó, entrábamos con el brazo descubierto y la cara arrugada de tanto apretar. “Es un pinchazo nomás”, tranquilizaba la enfermera. Y era eso, sólo un pinchazo. Apenas la sensación de un fueguito leve en la piel y estábamos protegidos de terribles enfermedades que casi no conocíamos. Gracias a la vacuna.

Todavía tengo dos marcas en el brazo: un leve pocito y una aureola de piel, huellas de antiguas vacunaciones.

Hoy volví a aquella experiencia. Con otros condimentos y otras cargas. Me había inscripto en el sitio web como quien tira una botella al mar, alegando mi eterno asma como factor de riesgo. Ayer cuando recibí la convocatoria a la Escuela Hogar me parecía cuento y me entusiasmé.

Primero tuve que rastrear un médico que me extendiera el certificado por el asma. No es nada complicado dar constancia de ello: mi esternón hundido me alcahuetea de lejos y si con eso no alcanza, mi hablar entrecortado y la respiración agitada se suman al testimonio. Eso no le bastó al médico, me hizo pesar, me tomó la presión y escribió “Asma” y “Obesidad”. Eso dolió. Además, me miró amenazante y aseguró que podía enumerar varios factores de riesgo más. No hacía falta, me fui del consultorio con la constancia, una orden para que me atienda un cardiólogo y docena y media de análisis. ¡Maldito juramento hipocrático!

Esta mañana, media hora antes, estuve firme en la vereda de la Escuela Hogar, junto a muchos otros. Éramos unas cuantas decenas de personas que intercambiábamos sobre la vacuna, el incremento incesante de los casos y tratábamos de adivinar si nos tocaba la rusa o la china. Estaba la que rezongaba porque llegó con el marido que tuvo que volverse por haber olvidado la constancia y no sabía si regresaría a tiempo. Otros contaban experiencias de algún familiar o amigo que ya fue vacunado. Había ansiedad, había entusiasmo.

En la primera mesa de control, compañeros de salud chequeaban nuestros datos en un padrón, constataban que tuviéramos la constancia médica del factor de riesgo y nos hacían pasar. La cola era larguísima pero avanzaba con agilidad. En la puerta del edificio escolar había otra mesa de control donde retenían nuestros DNI y constancias. Una señora romaní insistía en que la vacunen, pero no se había inscripto. Le indicaron donde hacer el trámite para registrarse y marchó con un revuelo de sus ropas gitanas hacia la mesa donde –ahora sí– la anotaron para convocarla. ¡Opré Romá!

Uno repite lo del trabajo encomiable de los compañeros y compañeras trabajadores de salud. Y lo hace sin dudarlo, porque conoce el compromiso de enfermeras, enfermeros, médicos y médicas. Pero verlos en acción es otra cosa. Los acribillábamos a preguntas y nos daban respuestas, explicaciones y consejos.

Si habrá albergado campañas de vacunación la Escuela Hogar en sus años de historia. Esta gloria de la educación pública creada para tener a su cargo el honor de cobijar a los más desprotegidos de nuestro pueblo, con talleres, consultorios odontológicos, comedores, albergue y un amparo maternal que es una caricia histórica, enfermería, piletas de natación, biblioteca, laboratorio y cine. Todo un proyecto nacional de un Estado que se puso a pensar en que una necesidad es un derecho que no puede ser conculcado. En esos pasillos recibí mi primer dosis de la Sputnik, tuve la sensación de que la enfermera que me vacunó era la hermana menor de Gagarín. Tan solícita, tan necesaria ella acá, mientras en otro punto del planeta, los fascistas destruyen hospitales a bombazos.  

Hoy se vacuna distinto, no están ni los olores ni los sonidos con ecos quirúrgicos de la época en que frecuenté los vacunatorios. Fue un pinchazo nomás, un pinchazo de entusiasmo compartido con mis compañeras y compañeros de fila. Fue sentir esa brasita empujada por la jeringa y saber que con esa dosis enfrentamos mucho más que el virus en cualquiera de sus cepas.

Me avisaron que iba a darme somnolencia y así fue: me mandé alta siesta soñando con salidas colectivas contra el individualismo; sueños donde aparecía una ciencia puesta al servicio de la gente; soñé con enfermeras y enfermeros, camilleros, terapistas, ambulancieros y demás compañeros y compañeras que combaten en las primeras líneas, con denuedo y sin tregua. Todavía siento al líquido circulando, abriéndose paso contra el oscurantismo, las mezquindades y el negacionismo. Espero ansioso el correo que me convoque para la segunda dosis y la vacunación completa para todos los compañeros.

Publicado en Río Bravo el 19 de mayo de 2021

Modificado por última vez en Miércoles, 19 Mayo 2021 00:17

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