Regresé después de varios años a la Escuela Hogar de la ciudad de Paraná a realizar un trabajo de investigación para la facultad. Ahí había trabajado como maestra de música durante más de catorce años. Transité diferentes etapas en mi formación, primero pensaba que con amor solamente podía transformar la realidad institucional. Quedó demostrado que no era suficiente, necesitaba estudiar y comprometerme para aportar a la institución.
Fueron años de compromiso, de entrega y de constante aprendizaje. Años de compartir cada día con los estudiantes y los compañeros de trabajo, quienes me alentaban en el cursado de mi carrera y la militancia sindical.
Aprendí que los cambios posibles son entre todos. Que luchando solos terminamos derrotados, agotados, estresados y envueltos en el escepticismo.
Cuando uno regresa a un lugar donde dejó guardadas tantas historias, intentará volver a recorrer cada rincón para reencontrarse con los años pasados. Salí a caminar los pasillos que por tantos años junto a mis alumnos habíamos andado. Me acerqué a lo que había sido mi aula de música, ubicada entre los comedores y cerca de la cocina.
Seguramente, quienes no conozcan la Escuela Hogar pensarán que estábamos mal ubicados. Los que la hemos transitado y conocemos sus dimensiones, sabemos que estábamos en el más lindo de los espacios; teníamos luz natural que entraba por una gran ventana hacia los patios traseros llenos de árboles y pájaros que acompañaban nuestras bulliciosas horas de música impregnadas de sonidos.
Verla hoy, con antiguas aulas transformadas en oficinas o destacamento policial, resulta impensable para quienes luchábamos por una escuela para todos, como la describe Freire: “La escuela, el lugar donde se hacen amigos, no se trata sólo de edificios, aulas, salas, pizarras, programas, horarios, conceptos… Escuela es sobre todo, gente, gente que trabaja, que estudia, que se alegra, se conoce, se estima. El director es gente, el coordinador es gente, el profesor es gente, el alumno es gente, cada funcionario es gente. Y la escuela será cada vez mejor, en la medida en que cada uno se comporte como compañero, amigo, hermano”.
Una escuela con policías caminando por los pasillos donde transitan los alumnos, llevando un detenido a la vista de los estudiantes de primaria significa la derrota de cualquier proyecto educativo. Las historias del pasado se hicieron presentes en nuestro querido Martín Basualdo, uno de nuestros alumnos desaparecido por el gatillo fácil. Hacia pocos días que había participado junto a Isabel, su madre, en la restauración del mural que lo recuerda junto a Héctor Gómez, desaparecidos hace casi 21 años un 16 de junio de 1994.
Como dice Pichón Riviere: “los sujetos no somos sólo productos, sino el resultado de una trama socio-cultural determinada que nos configura, también como productores de vínculos y relaciones”. Desde esta mirada, resulta impensable que nuestro espacio de libertades, sonidos, silencios, compromiso y creación sea transformado en un lugar de mando, de prohibición y de miedos.
La educación que, para Freire debe servir para “aprender a leer la realidad y escribir la historia”, supone comprender críticamente el mundo y actuar para transformarlo en función de “inéditos viables; en torno a dicha acción y reflexión y a través del diálogo, los educandos y los educadores se constituyen en sujetos.” Es indispensable que las escuelas mantengan la función de albergar a estudiantes, docentes, padres y que pueda cumplir la función social de realizar los sueños que cada integrante de la comunidad educativa pretende cuando ingresa.
Publicado por Río Bravo 29 de mayo de 2015.

