De ninguna manera pensamos agotar un tema tan complejo. En principio, porque no nos creemos capaces. A su vez, consideramos que es una excelente oportunidad de intercambiar con ustedes, los que hacen posible esta revista. Nadie que publique una nota escribe para sí mismo, pero existen aquellos que no se interesan por la voz de los otros. Nosotros pedimos que comenten sus impresiones, que aporten nuevas obras que nosotros dejamos afuera. Ese es el espíritu de todos nuestros artículos.
Entremos en tema. El hambre es tan vieja como la injusticia. Desde que existe la luchas de clases, las hay poseedoras y desposeídas. Sin embargo, elegirlo como tema literario es una decisión ideológica (para quienes entendemos que junto con el cualitativo este es uno de los dos aspectos de una obra de arte) que no todos se han animado a tomar. Si tenemos en cuenta que muchas veces se cuentan las historias de los vencedores, esto vuelve evidente que tiene menos consideración que la que merecería. Nosotros haremos una selección, arbitraria (como todas), pero que tiene lógica de acuerdo a nuestras intenciones. Desde el mundo a Entre Ríos, o al revés, como siempre nos ha gustado presentar las cosas.
Manauta y el Lazarillo
Ya se ha hablado en Río Bravo sobre la importancia de “Las tierras blancas” de Manauta para la literatura entrerriana. También de su evidente influencia homérica (partiendo de un protagonista que se llama Odiseo y hace un viaje existencial que homenajea a la clásica obra griega). Sin embargo, a los fines de esta nota se puede mencionar el dialogo del notable escritor gualeyo con “La vida de Lazarillo de Tormes”. El inigualable comienzo del cuarto capítulo de Las tierras blancas: “Y otra vez el hambre. Otra vez el hambre, y es como decir: otra vez la mañana, el atardecer, el mediodía. Otra vez la primavera” que alude a lo que sentía cada día Odiseo, se puede relacionar con los tratados que abren la obra original de la picaresca española. Hablándonos de su primer amo (el ciego), con el estilo de la época nos dice Lazarillo: “jamás tan avariento ni mezquino hombre no ví; tanto que me mataba a mí de hambre y así no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre”. Las mismas mañas que muestra Odiseo para comer gracias al panadero, al ejército, etcétera. Así como los primeros tratados del Lazarillo hablan de los rebusques para conseguir pan, la introducción de la obra magistral de Manauta nos pinta a un Odiseo que no tiene poco ingenio para satisfacer su necesidad.
Juanele y otros poetas
Otro de los escritores que era plenamente consciente de lo que sucedía a orillas del río Gualeguay es Juan Laurentino Ortiz. Sólo por citar un ejemplo, de su poema “He mirado” extraemos un bellísimo extracto:
“Y vi otros rostros, oh sí, vi infinitos rostros
de niños envejecidos en el horror de otra pesadilla.
Los rostros de los niños de los infiernos helados de las
ciudades y los pueblos.
Los rostros de los niños, ay, de los campos y de las orillas de
los ríos.
Los rostros también afinados por el hambre, grotescamente
afinados.
Y viejos, viejos, en las orillas de los ríos...
¿Qué habéis hecho, por Dios,
de nuestros propios tallos puros?”.
Son innumerables los pasajes que este sensible hombre de las letras entrerrianas, dedica a sus hermanos sufrientes, como prefiere llamarlos. Otro que está claramente identificado con los sufrientes es el brillante poeta español Miguel Hernández. En su poema “Los aceituneros” (una de tantos que dedica a los trabajadores), nos habla de sus pesares:
“Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!”.
Finalmente, queremos compartir un poema incluido en el notable compilado de Jorge Brega sobre Poesía Social y Revolucionaria del Siglo XX. De todos los ejemplos sobre la materia que allí se pueden encontrar, nos pareció interesante destacar al catamarqueño Luis Franco, quien escribió un libro en 1947 titulado “Pan”. Y decidimos reproducir un fragmento de su “Canción de los niños con hambre”:
“¿Qué aún se ignore que el hambre es
peor que todos los inviernos?
Se me saltan los ojos
y los pulsos, ebrios.
Mi rebelión aúlla oscura
más que en la nieve lobo hambriento
Cantaré como los piratas
pulsando con el viento
y el alma desterrada
el cordaje velero.
Que ignoréis lo demás no importa:
hay niños con hambre, sabedlo.
Niños que lloran
con llanto de hombre, oh cielos”.
Precisamente, este último verso es el que resume la intención de esta nota. Mientras exista el hambre en la Argentina, resulta pornográfico ver cómo antiguos militantes de la cultura popular rifan su prestigio por monedas. Un artista que no es sensible con lo que sufre su pueblo parirá una obra renga. Ese oportunismo, tan natural en este sistema económico podrido que se tambalea, trae del recuerdo el poema de Bertolt Brecht con el que se despide esta nota:
“Qué pesca en río revuelto,
dice Fulano a Sultano.
Pero, al fín, los dos se comen
el pan del pobre abrazados”.

