"Hoy es la fiesta del trabajo", decía el Canto al Trabajo compuesto por Ivanissevich, que alguna vez formó parte del cancionero escolar. Algún desatento lo habrá vivido como una fiesta; pero hoy, aquí, no hay nada que festejar. Tendrán motivos para el festejo los explotadores, que en la etapa kirchnerista aumentaron sus ganancias en 37,4%, chupando sangre trabajadora mediante la inflación y la deflación de los salarios. Esta realidad desnuda la falsedad de teorías que estuvieron de moda hace apenas una década, como la que anunciaba la desaparición de la clase obrera. La plusvalía sigue siendo central en la acumulación capitalista,y para ello necesitan trabajadores.
La lucha por las 8 horas (ocho para trabajar, ocho para la familia y ocho para el descanso), que hiciera eclosión hace 125 años, hoy tiene más vigencia que nunca. La flexibilización laboral, regida por la legislación menemista y otras leyes logradas con la Banelco de De la Rúa y Chacho Alvarez (y que no fueron derogadas por el gobierno “Nacional”, “Popular” y “Democrático”) impuso y mantiene las peores atrocidades en las relaciones de producción. En las empresas petroleras de la Patagonia, los trabajadores se ven sometidos a turnos de 12, 14 y 16 horas. Cientos de ellos son puestos en “stand bye” cada vez que a la patronal se le ocurre y son constantes las suspensiones y despidos. Con el sindicato y el Ministerio de Trabajo a favor del caballo del comisario, el convenio colectivo, que debiera ser debatido y decidido por todos los trabajadores, faltó con aviso.
En las fábricas, los ritmos productivos se intensifican. Las nuevas tecnologías con que cuentan les permite acelerar la cadena de montaje a velocidades sobrehumanas; a costas de accidentes y enfermedades laborales como la tendinitis y problemas de columna. “Cualquier cosa, pero no te bajan la noria”, denunciaba un delegado de un frigorífico avícola del sur entrerriano. La parodia del obrero corriendo tras la tuerca que pasaba aceleradísima en la película de Chaplin se quedó corta.
Tienen la vaca atada y el ternero. Y si las 4 tetas de la vaca no les alcanza, el estado que los privilegia les tiende alguna otra más interviniendo a los sindicatos que luchan, decretando conciliaciones obligatorias que obligan sólo al obrero, manteniendo firmes las leyes flexibilizadoras, poniendo cuanta traba y freno exista para impedir la recuperación y autogestión obrera de las empresas que habían quebrado y brindando subsidios que se destinan a las ganancias antes que a la producción. “Las tercerizadas están cobrando un subsidio del Estado que ronda los 8.100 pesos por empleado, pero nosotros nunca vemos la plata”, se quejaba un obrero ferroviario a pocos días del asesinato de Mariano Ferreyra.
Los empresarios encontraron en la tercerización un nuevo instrumento para aumentar sus ganancias. No sólo porque pagan mucho menos al tercerizado, que en los hechos produce lo mismo; sino que además se excusan en que hay una mayoría de tercerizados para rebajar sueldos al obrero permanente. En la actualidad, casi 50% de la fuerza laboral se encuentra bajo esta condición -hay alrededor de 30 modalidades de contratos de trabajo- en su mayoría con salarios que van desde 1.300 a 2.500 pesos.
El asesinato de Mariano, en manos de la fuerza de choque de Pedraza corrió el velo y dejó ver el gran negociado que significa este régimen, los intereses empresariales semimafiosos por parte de sindicalistas que deberían defender trabajadores, la connivencia del ministerio de Tomada con la superexplotación y su complicidad con la patota de Pedraza.
Trabajo en negro y precarizado
Más de 40% de los trabajadores de la Argentina están empleados en negro; “casi 50%”, dijo recientemente Pablo De Micheli, secretario general de la CTA. En esta situación, son mayoría los que deben trabajar bajo condiciones de precarización y flexibilización laboral. Es lo que ocurre por ejemplo en los call center, que hoy cuentan con unos 160 mil contratados en todo el país.
Aunque sus patrones hagan los aportes al ANSES, también están en negro las personas que trabajan en el servicio doméstico. No hay control de las condiciones de trabajo por parte de los organismos estatales. El ministerio de Trabajo dice que hay 1 millón de personas dedicadas a estas tareas; es posible que la cifra se quede corta. Estos compañeros, en el mejor de los casos, reciben 12,63 pesos por cada hora de trabajo. Acumulando tres horas, podrán comprar una lata de leche.
El peor crimen es el que se comete con los chicos que trabajan en la Argentina. Por más que rijan el convenio 138 de la OIT y la Ley 26.390, en nuestro país se les sigue robando la infancia a dos millones de niños.
Por eso resulta incomprensible que sindicalistas históricos como Moyano (el 29 de abril) y Hugo Yasky (el 1º de mayo) hayan elegido juntarse con el liberal Ucedeísta Amado Boudou y Carlos Tomada para recordar el Día del Trabajador. Que hayan manchado nuestra historia de lucha convirtiendo en acto proselitista la conmemoración que debería recordar el ejemplo de los mártires de Chicago.
En marcha
Los casos que expusimos no agotan la realidad, pero alcanzan para dar una idea sobre cuáles son las condiciones de explotación actuales. Sin embargo, la clase trabajadora cuenta en su haber avances notables.
El 24 de marzo, con la participación de miles de congresales, se realizó el congreso de la CTA recuperada. Congreso que lanzó un plan de lucha nacional que hace mucho tiempo necesitábamos.
En los últimos siete años se duplicaron a más de 200 las empresas recuperadas en manos de trabajadores. Algunas de ellas con logros inéditos como el caso de Renacer, cuyos obreros impusieron que la propiedad privada sobre los medios de producción pase a ser propiedad de sus trabajadores, quienes además impulsan un modo de producción colectivo que integra la dirección con la base de manera democrática.
La semana pasada, los petroleros del feudo Kirchnerista de Santa Cruz, luego de 26 días de paro enfrentaron la intervención pro-patronal del ministro Tomada; destituyeron a su conducción traidora e impusieron el pago de los 25 mil pesos acordado en 6 cuotas, sin descuento por impuesto a las ganancias; aumento del 10% y emplazaron en 90 días para el tratamiento del nuevo convenio colectivo.
Los trabajadores del Astillero Río Santiago conquistaron el aumento acorde a la canasta básica, un salario inicial de 5.200 pesos. No fue fácil, pero no podían pretender menos estos obreros que desde la dictadura en adelante frenaron todas las embestidas privatizadoras.
Y es así, si tomamos un mapa del país no nos alcanzaría la mina del lápiz para señalar los puntos donde los trabajadores se encuentran de pie y en lucha. Son esos puntos, cada vez más cerca uno de otro, los que contribuyen a honrar la historia de una clase que jamás se dio por vencida. Una historia que enriquecen el sentido de las palabras de Augusto Spies ante la horca: “nuestro silencio será mucho más elocuente que las voces que ustedes estrangulan hoy.
Publicado por Río Bravo el 05 de mayo de 2011

