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Sábado, 27 Noviembre 2010 22:32

El vino bien argentino, y el mate más

Escrito por Daniel Tirso Fiorotto

Por Daniel Tirso Fiorotto - Alimentación, costumbres, política, en tradiciones milenarias del mundo. La presidente Cristina Kirchner, que tiene a Irán entre sus principales enemigos, declaró al vino (nacido hace milenios probablemente en Irán) como bebida nacional argentina.

Cada vez que el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad toma el micrófono en una rueda internacional, Cristina Kirchner se levanta de su butaca y se va.

 

Lo mismo hacen los dirigentes de otros países más o menos aliados de los Estados Unidos.

 

En este caso, la razón radica en que Irán no colaboró, al parecer, con el esclarecimiento del atentado fatal que sufriera la Argentina en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina –AMIA- en 1994, y no permite la extradición de ex funcionarios para que sean juzgados.

 

Los que menos colaboraron en esa investigación y hasta la entorpecieron, se sabe, fueron argentinos. Y esos forman parte incluso del Congreso y hasta votan en alianza con el oficialismo más de una vez.

 

La discordia con Irán no fue obstáculo para la decisión de Kirchner de tomar una de las bebidas más arraigadas en el planeta como bebida nacional argentina.

 

Es cierto que este mismo año en el Senado se había aprobado un proyecto misionero que declaró al mate bebida nacional argentina. Se puede leer en noticias de diciembre de 2009, enero y febrero de 2010. La decisión fue celebrada con bombos y platillos: el mate es la bebida nacional.

 

De pronto, noviembre de 2010: el vino es la bebida nacional.

 

Kirchner hizo prevalecer sus preferencias: designó al vino bebida nacional, y sugirió que el mate podría ser la infusión nacional. Y santas Pascuas.

 

Claro, son procesos muy distintos, y ambos con historias bellísimas.

 

Desde el punto de vista comercial, se puede comprender esta declaración que trata de poner al vino en un lugar que en alguna medida merece, porque los vinos argentinos están haciendo fama mundial.

 

Europeísmo manifiesto

 

También desde el punto de vista cultural parece adecuado, porque muestra una actitud abierta del argentino, que incorpora una tradición milenaria de oriente, venida desde Europa, y la hace propia. Y porque hoy los conocimientos argentinos en materia de viñedos y procesos de elaboración son una verdadera marca, de Salta a Río Negro, pero especialmente en Cuyo.

 

Ahora: la bebida nacional, desde el punto de vista tradicional, sin espíritus mercantiles metidos en una decisión que debiera llamar a otros espíritus, esa bebida nacional es el mate, sin lugar a dudas.

 

Si no fuera un asunto en el fondo intrascendente, habría que discutir públicamente esta decisión. Y los entrerrianos, que hacemos gala de ser con los orientales los mayores tomadores de mate del planeta, tenemos razones sobradas para defender esta bebida tan nuestra, y además contamos con un abogado que ocuparía para el caso nuestra vanguardia y nuestra retaguardia y nuestros flancos: Amaro Villanueva.

 

Para los americanos del sur, la yerba mate tiene tantos años de uso aquí como la vid en el oriente, en Europa, en el norte de África.

 

La vid llegó a estos territorios hace menos de 500 años, cuando la yerba mate estaba en estas tierras desde siempre, y era usada desde hacía milenios.

 

Nombrar al vino bebida nacional es negar nuestra innegable inserción sudamericana, profundamente arraigada en este caso en la tradición tupí guaraní. Es seguir con la vieja tendencia tan porteña de buscar raíces en lo europeo, y se da de patadas con el discurso sudamericanista de nuestros jefes de estado.

 

Es cierto que si declaramos al mate como infusión nacional, bueno: estaremos haciendo allí una distinción atendible. Pero la decisión de estos días le ha dado preferencia al vino, y ha dejado al mate con premio consuelo. Primero lo venido de Europa, segundo lo de acá.

 

Lo cierto es que el vino y el mate son bebidas, y que el mate, por ser de hierbas, es una variedad de bebida llamada infusión. Bebida al fin.

 

De lo contrario, será como considerar (como ejemplo) al soneto la poesía nacional, y al Martín Fierro lo dejaremos como “gauchesca”.

 

La gauchesca es una poesía, como el mate es una bebida.

 

Pero hay algo más, a favor del mate, y trataremos de explicarlo con esta conversación que tuvimos hace un tiempo con el pensador oriental Gonzalo Abella.

 

La identidad cultural común de orientales y entrerrianos, con manifestaciones casi infinitas, fue señalada por Abella muy puntualmente en el ritual del mate.

 

El estudioso observa allí un evidente legado aborigen que, lejos de perderse, se sigue cultivando en la amistad y la sinceridad de las mateadas.

 

Hablando de José Artigas, Gonzalo Abella señala que es un hombre que llega al fogón gaucho “rompiendo con la vida urbana de Montevideo que era muy aburrida; rompe con eso, se fascina con ese mundo gaucho, y recrea su ideología, que tiene mucho que ver con el franciscanismo solidario, de su adolescencia, desde el punto de vista de un fogón gaucho que está viviendo un mundo multicultural, de fuerte raíz indígena”, indica.

 

Ritual del mate

 

El propio ritual del mate es un ritual animista de un enorme contenido. Todavía en Matto Grosso do Sul (está presente) la ceremonia del mate… la yerba mate fue domesticada hace seis o siete mil años por lo menos, por los pueblos de la selva húmeda subtropical. Y llega por trueque hace cuatro mil años a la pradera entrerriano oriental, y después a la Pampa argentina. Pero dos mil antes de que nazca Jesús, ya en la Pampa argentina se toma mate, se masca mate, se usa la yerba como medicina antiséptica”, comenta el investigador.

 

De todos los árboles, el árbol de la yerba es uno de los más medicinales, por lo tanto es evidente que el árbol preferido de los espíritus buenos que están en la tierra es el de la yerba mate”.

 

En el Matto Grosso do Sul, que es el mundo tupí, pariente de los guaraníes, ellos calientan en cueros cosidos, la olla colectiva, avivan el fuego ritual, porque no lo encienden todos los días. Y cuando el agua está tibia, la mujer sanadora pone la bombilla de caña, agarra en una vasija ritual un poco de agua tibia y la hecha al mate. Entonces todo el mundo queda en silencio y ella dice en tupí, ‘¿Ven? Yo eché agua pero el agua no está,  ¿qué espíritu convocamos, qué espíritu toma nuestro primer mate?’ Una vez que el espíritu está convocado, la rueda del mate es sagrada. Yo estoy en comunión con los espíritus de los ancestros, que yo convoqué especialmente a esa rueda. Yo no puedo mentir en esa rueda. Porque ensuciar mi aliento, que es el aliento del alma, es ensuciar mi alma, en el momento en que está toda la energía de los ancestros. Y fijáte qué curioso: en Paraná o en Montevideo, podríamos tomar mate en bolsitas de te, no dañaríamos la alfombra, no quemaríamos la pierna del vecino, no nos clavaríamos la bombilla; el sabor es el mismo, pero aún en el mundo urbano, de Montevideo o de Paraná, la gente sigue incomodándose en el ritual del mate, sintiendo que es mucho más lindo”.

 

Los entrerrianos tenemos una rica historia en torno de los viñedos y las bodegas. Lamentablemente ciertos grupos de poder nos abortaron un desarrollo que hace un siglo se presentaba propicio.

 

Sobre la historia del vino entrerriano, y los aportes de Amaro Villanueva a nuestra raigambre matera, nos debemos otra columna porque son esenciales a nuestra identidad.

 

Dice Villanueva en una de sus mil intervenciones en torno de la yerba y el mate: “Don Escolástico Junco / con el cimarrón solea, / revisándose, callado, / las ternuras que le quedan, / porque es de aquellos antiguos / que se hablaban con la yerba. / Sola su alma con el mate / para saludar la fresca…”

 

Y termina el poema de Amaro: “Alumbra, desde un rincón, / medio frasco de ginebra. / Me convida con un beso / y cuando, a su vez, lo besa, / murmura don Escolástico: / -Pa desparramar la yerba!...”

 

El mate, diremos al final, es nuestra bebida nacional, hondamente sudamericana, de raíz en los pueblos originarios. Y el vino, ¡qué gran invento de la humanidad! ¡Salud, pues!

 

Cuando el vino es un vicio, o una puerta para otros vicios

 

También es cierto que en un país como la Argentina, que bate récord sobre récord de muerte en ruta en el mundo, una verdadera masacre cada año, masacre de gente joven, de niños, y en un porcentaje alto de casos debido al alcohol, tal vez declarar al vino “bebida nacional” sea una decisión un tanto arriesgada.

 

Por ejemplo: muchos argentinos están inhibidos de tomar la “bebida nacional” cada vez que salen a almorzar o cenar afuera, sea en un restaurante o en la casa de los viejos, porque el conductor no puede manejar el auto si bebió alcohol.

 

Además, los especialistas en drogadicción reconocen en el cigarrillo y el alcohol dos puertas de entrada a ese flagelo. Y sólo los familiares de las personas con problemas con las drogas saben lo que significa eso no sólo para el adicto sino para todo su entorno.

 

Lo mismo que los adictos al alcohol, que terminan destruyendo a sus familias.

 

Antiguamente, los patrones regaban a sus peones de alcohol para que en las fiestas fueran eso, fiestas, y no se convirtieran en reuniones políticas.

 

Y en más de una emboscada contra pueblos aborígenes, el alcohol fue la trampa.

Es cierto, un poquito de vino está bien, y habrá que convenir que el vino es quizá uno de los inventos humanos más extraordinarios, y su complejo proceso no deja de sorprender. Es una perfecta simbiosis del hombre y la naturaleza.

 

* Publicado en Semanario Ciudad, de Villaguay

 

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