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Lunes, 12 Julio 2010 14:04

Los polaquitos de Paraná

Escrito por Ignacio González Lowy

Cada vez son más. Ya casi ni son noticia, y eso que todavía son por lo menos un nombre… “Joven delincuente murió baleado ayer de mañana”, tituló El Diario de nuestra ciudad, hoy lunes.

Paraná, que desde la mirada corta de algunos se creía al margen de ciertas delicias del modelo económico que en el país instauró la última dictadura y que ya ningún gobierno después se animó a tocar; se despierta de a poco, somnolienta, ante esta realidad. Todavía no pasa como allá, cruzando el charco, donde los pibes chorros muertos por las balas de la policía, de los vecinos “justicieros”, de otros pibes y otros chorros, por las balas perdidas, o las balas que no son de nadie; son sólo un número. Este fin de semana fueron 5, el anterior 3, el próximo 4.
Se llamaba Yoel, tenía 23 años y vivía en el barrio Hijos de María. Fue uno más de los miles y miles de gurises que en esta ciudad y en esta provincia, para el Estado son poco más (con suerte) que un número en el registro de los DNI. Son los gurises que se arrimaron a las escuelas para que en sus casas pudieran recibir la Asignación Universal por Hijo, que en las aulas a duras penas registraron los infructuosos esfuerzos de sus maestros que durante meses intentaron más que enseñarles geografía, matemática y lengua, al menos compartirles un cachito de eso que tan civilizadamente llamamos “normas de convivencia”.
Los que cuando caigan en sus casas en las cuentas de que la asignación por hijo, cuando hay que dejar los otros planes y el comedor escolar, tampoco ayuda mucho que digamos; volverán a las calles y a ser eso que el gobierno y el INDEC y los medios de “comunicación” llaman NENT (ni estudian ni trabajan). Un eufemismo para no hablar de NN, que suena tan mal y tan a otros tiempos.
Los que se pueden morir mañana sin que nada, por ello ni por ellos, en la ciudad vaya a cambiar. En la foto, Yoel está tirado con el rostro mirando al cielo, y el cielo está nublado. “La mala junta y la droga hicieron de él un delincuente a muy temprana edad”, le dijo su madre al diario. “Él se drogaba y salía a robar. Cuando estaba tranquilo yo le hablaba y me decía que iba a cambiar, pero al rato ya consumía y se transformaba. Una vez hizo un asalto en una estación de servicios y cuando llegó con la plata para juntarse con los otros con quien andaba siempre lo molieron a palos y le sacaron todo. Lo usaban, pero era como que él los buscaba”.
La película El Polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003) cuenta la historia real de un “pibe de la calle”, que a fuerza de busca y de algún choreo menor se la rebusca para sobrevivir, entre desengaños, palizas, más engaños y torturas. Entre la esquina, el pegamento, los institutos de menores y la comisaría; el Polaquito termina como tenía que terminar: ahorcado, muriendo solo en una estación de trenes. Para los efectivos policiales que tienen que retirar el cadáver, no es ni el Polaquito, no es nadie, es otro más.
En Paraná, de a poco, nos vamos acostumbrando. Y cuando nos tape el bosque la bronca entendible del laburante que fue asaltado, del jubilado al que lo arrebataron, del vecino al que le quitaron su bicicleta; va a empezar a ser demasiado tarde. Cuando nos hayamos acostumbrado a empezar a encontrarlos muertos en el diario, y eso ya no nos sorprenda; vamos a estar fritos.
Hace 7 años gobiernan los Kirchner. Poco y nada cambió la vida de estos miles de pibes, de sus barrios, de sus hospitales y sus dispensarios, de sus escuelas. Ningún viaje a China, ninguna foto con empresarios canadienses, ningún aplauso del Rey de España, sirvió para eso.
El pueblo argentino más de una vez en su historia, cuando fue necesario, demostró tener (con todas sus imperfecciones y sus límites, como cualquier otro) capacidad de reacción. Quizá estén llamando a nuestra puerta. Quizá esté llegando otra vez esa hora. Quizá estemos a tiempo de que no llegue nunca a ser demasiado tarde.

Modificado por última vez en Sábado, 11 Septiembre 2010 04:31

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