Martes, 30 Marzo 2021 11:11

La carpa de las tizas que siembran

Escrito por Martín Tactagi
La carpa de las tizas que siembran Foto: Gentileza de Lucha en la calle.

El 2 de marzo se instaló la carpa en la plaza Mansilla, frente a casa de gobierno y del Consejo General de Educación. Los motivos fueron y son la recomposición salarial. Pero lo que ocurrió en estos más de veinticinco días, exhibe la voluntad de docentes por seguir enseñando.

La carpa se instaló una mañana árida, con el sol calentando el asfalto. Fue al finalizar una marcha provincial, donde la docencia entrerriana gritó en la calle las necesidades que está pasando. Desde los micrófonos, los y las dirigentes que tomaron la palabra, advirtieron al gobierno de Bordet que el acampe duraría hasta que hubiera una recomposición salarial seria. Sabían que sería una lucha de largo aliento; la experiencia de la Carpa Blanca instalada por Ctera grabó en la memoria colectiva los 1003 días de resistencia a los embates del neoliberalismo, entre 1997 y 1999.

Sin embargo, lo que comenzó como una lucha salarial, se fue convirtiendo en un territorio de siembras: paneles debates, conversatorios, actos culturales, recitales, exposiciones, títeres, juegos, entre tantos, instalaron un modo de hacer carpa; sembrar con paciencia la palabra para que cada participante coseche lo suyo. Incluso que lleve más de lo que necesite, lo que no vino a buscar y enriquece. Y también que deje algo propio.

Todos y todas, a su modo, pasan por la carpa para sembrar su compromiso. Desde unas palabras de aliento “no aflojen”, hasta un presente para compartir.

Las primeras horas

La mañana comienza desde temprano. Quienes se han quedado a pasar la noche se despiertan con las primeras luces de la ciudad, los ruidos de los autos y las motos, la parada del colectivo, y esas voces lentas que se arrastran por la vereda, como buscando acomodarse a lo que será el día. La ciudad se despierta y la carpa comienza a trajinar; el mate individual, algún bizcocho que un compañerx alcanzó temprano, otro que llevó pan caliente en solidaridad, y la palabra compartida mientras se mandan los whats app a las familias para decir que están bien, y que han descansado.

Desde los distintos rincones de la provincia, llegan con sus bolsos y mochilas quienes quedarán a pasar la noche. No importa el día, cada docente ocupa su lugar en la carpa con el compromiso asumido por el departamento. Dejan sus pertenencias en la parte de atrás donde están los colchones, las almohadas y las frazadas para descansar. Y donde también hay fundas para los colchones y las almohadas que se usan una vez y se llevan a lavar. Es parte de la logística para garantizar el protocolo contra el Covid.

Pero no solo vienen para hacer noche, también traen sus actividades a sembrar de interior entrerriano esa carpa clavada en el centro cívico de la capital. Así, una mañana llegan los y las Talenses con sus serigrafías a estampar remeras sobre la lucha. Los tablones se cubren rápidamente de colores, telas y radiografías. Y hasta hay una máquina de coser donde un maestro une parches. Después llegan las maestras que hace poco han armado un dueto para difundir la música popular; una guitarra, un acordeón y una voz amplia que llena el silencio con poesía litoraleña.

Y más tarde se instalan los y las de Uruguay, Gualeguay y Concordia. Llegan con sus palabras llenas de río a compartir las preocupaciones de los y las que habitan la otra costa. Los kilómetros son muchos, pero más lo son los compromisos que han asumido con la lucha. La geografía diversa de la entrerrianía docente baja de autos y camionetas con los relatos que habrán de contar sobre sus escuelas.

La unidad se siembra
La carpa reclama salario, pero la siembra entrerriana la ha cubierto de banderas que dicen más que recomposición. En los alrededores, atadas con alambres y sogas, se afirman contra el viento sosteniendo la unidad. Como una larga frazada enhebrada por las diferentes manos agrupacionales, los carteles de identidades políticas y gremiales diversas rodean la carpa y la protegen de los embates del poder político y sus lacayos mediáticos. La unidad que se ha tejido, no anula las diferencias, las pone a dialogar cada día, en cada encuentro, porque es su modo de sembrar. La unidad se siembra.

Pero hay quienes se resisten a verlo. No comprenden que el horizonte es más amplio que la línea estrecha desde donde miran las diferencias. Los colores importan, es cierto, pero más importan los guardapolvos que trajeron las maestras de San Salvador y colgaron del travesaño más alto, en el interior de la carpa. Guardapolvos blancos, intervenidos con leyendas, cargando la historia del trabajo. Si hablaran, si su bolsillo remendado pudiera decir las veces que guardó un pañuelo para limpiarle la nariz a un gurí o una gurisa; si el botón cosido por undécima vez pudiera relatar los abrazos que lo hicieron saltar por el aire y rodar por el suelo del aula; si la mancha de tinta pudiera decir que está allí porque un día se reventó la lapicera en el bolsillo cuando la maestra, el maestro, intervino para que sus estudiantes no se pelearan. Esos guardapolvos, colgados allí, en lo alto como banderas, cuentan la historia viva de la escuela. Y por si fuera poco, llevan grabadas consignas que interpelan a quienes las leen: de ellas, una resalta con entusiasmo; “NUNCA MÁS”. Las manos lentas y cuidadosas que la pintaron, comprenden que el horizonte es amplio y debemos conquistarlo. Por eso han venido a la carpa a sembrar historia.

La palabra rueda de boca en boca

Alguien dijo alguna vez que la palabra, si se queda en la garganta, atraganta. Por eso, aún con los barbijos apretados, se las arregla para saltarse la barrera de tela y caer en el oído que esté dispuesta a escucharla. Desde las anécdotas más ínfimas hasta el intercambio surgido de un panel. Como una habitante más, rueda de boca en boca y contagia entusiasmo, transmite conocimientos, invita a reflexionar, y a planificar el futuro.

Está por todos lados. No hay mordaza que pueda silenciarla: cerca de la vereda donde conversan los fumadores, en el playón donde los padres y las madres cuidan a sus gurises y gurisas mientras corren, enfrente, contra la pared de la casa de gobierno, al reparo de la sombra cuando el sol del mediodía se alza áspero. Allí está la palabra enriqueciendo los encuentros, resistiendo los silencios.

Los paneles y conversatorios llenaron la carpa de los debates que transitan las escuelas. En las jornadas del 8 de marzo, las compañeras invitaron a reflexionar sobre la violencia de género y la doble explotación que les toca vivir a diario; por ser pobre y ser mujer. Las lágrimas por las que ya no están, la indignación de las cifras, los desenlaces que podrían haberse evitado de no tener un estado cómplice por inacción. Y también las victorias conquistadas como fruto de la lucha.

También estuvo presente el cuidado por los bienes comunes, acompañado de la feria de alimentos saludables. Dos acciones encadenadas que tienen una historia rica de persistir y enseñar en las escuelas, surgidas de las preocupaciones por una existencia digna, sin agrotóxicos que nos vinculen desde otro lugar con la naturaleza. Poniendo en valor la vida misma, frente a los representantes del poder concentrado cuyos negocios se anteponen a la salud de las poblaciones.

Y como no podía ser de otro modo, también rodaron de boca en boca, las palabras sembrando memoria. Los 30 mil desaparecidos, la necesidad de reivindicar los y las trabajadoras que pensaron otro país, llegaron hasta la carpa para izar sus banderas. La semana del 24 de marzo se instaló como un largo abrazo a nuestra historia reciente. Un abrazo que encontró a los y las docentes haciendo la vigilia del 23, conversando a la distancia con Adolfo Pérez Esquivel y Norita Cortiñas. Una vigilia luminosa, donde se sembró de memoria, valor y futuro.

Enhebrando encuentros

Semejante a unas manos que enhebran, la carpa une los reclamos y propicia el encuentro. Porque el horizonte de la unidad no solo se proyecta hacia adentro, también se construye con otros y otras. Es así que un atardecer de domingo, la explanada se llenó de sillas y sillones para compartir la música en solidaridad con los hermanos y hermanas de Chubut, donde los incendios han arrasado comunidades. Hasta la carpa llegaron herramientas, frazadas, linternas y pilas para reconstruir las viviendas de los que perdieron todo bajo las llamaradas intencionales.

Otra jornada, promediando el mediodía, se acompañó la lucha de los trabajadores judiciales que movilizaron hasta casa de gobierno para llevar sus reclamos salariales. Detuvieron su marcha frente a la carpa para solidarizarse con las y los docentes. Los aplausos y las palabras pronto achicaron las distancias. Y como no podía ser de otro modo, las consignas que preocupan al poder político ganaron la calle: “Esta es la unidad de los trabajadores y al que no le gusta, se jode, se jode”.
AgmerAteCarpaEl viernes 26, por la mañana, una leve llovizna empapaba las caras de los que marchaban. Eran los y las trabajadoras del estado del gremio de ATE que se detuvieron frente al CGE para plantar sus reclamos. Desde la carpa fueron al encuentro los y las docentes para compartir las reivindicaciones. Pronto la columna creció en colores y al verde de los chalecos de ATE se le sumaron los rojos y negros, y los blancos con celeste. Nuevamente la unidad se hizo presente desde los micrófonos donde los trabajadores docentes y del estado pasaron revista a las exigencias.

La carpa siembra unidad entre las y los trabajadores. Y lo hace poniendo el cuerpo a las palabras que iluminan los intereses populares. Porque se saben herederos de las jornadas gloriosas de lucha donde fueron a abrevar para construir su propia identidad. Son trabajadores de la tiza, con sus guardapolvos cargando historias, y la mirada puesta en el horizonte grande de los cambios; en la carpa, también se siembra futuro.

Fotos gentileza de Lucha en la calle

Publicado en Río Bravo el 30 de marzo de 2021

Modificado por última vez en Jueves, 01 Abril 2021 12:56

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