Con la sentencia conocida hoy a Gustavo Rivas cierra un ciclo de ocultamiento y complicidad de todos los que integramos la sociedad de Gualeguaychú hacia un personaje manipulador y perverso.

Sin embargo, se abre otro ciclo a partir de ahora. El de revisar y demandar justicia completa, tras un fallo que nos deja un sabor amargo. El sabor propio de las faenas incompletas.

Sólo se lo juzga por un caso y se declara la prescripción para todos los demás, aún cuando el tribunal reconoce que los hechos sucedieron.

Pareciera que el tiempo borra los dolores, las angustias, las injusticias. Según la mirada de estos jueces, lo ocurrido no dejó huellas o ya se borraron por siempre. Es como estar juzgando un robo menor. Pero en estos casos, el robo fue mayor. Les robaron la inocencia, la sonrisa.

No parece ser demasiado importante eso para la justicia. Seguramente, hay leyes, artículos y fría jurisprudencia de la cual se toman para justificar su veredicto.

No importa el ser humano, sus derechos, sus dolores, sus tristezas. Importa no salirse de las estructuras. Importa no salirse de lo que dicta la norma, la ley. Esa misma ley que debiera protegernos, cuidarnos, preservarnos, asegurarnos que podemos vivir felices, cultivando nuestros valores.

El acusado sale airoso. "No hay declaraciones", expresa con cierto aire autoritario. No nos hacen falta sus declaraciones doctor. Nos hace falta su arrepentimiento.

¿Habrían dictaminado lo mismo estos jueces si hubiesen sido sus hijos los que frecuentaran el departamento o el coqueto barco de Rivas? ¿No habrían encontrado algún vericueto legal para evitar la prescripción? 

Me pregunto que estarán pensando los denunciantes que fueron deshechados por la "prescripción". Sus testimonios no sirvieron, están fuera de tiempo, se les acabó el plazo. En pocas palabras, lo que vivieron ocurrió, pero ya pasó demasiado tiempo como para que lo recordemos. Según la justicia, el tiempo lo cura todo. Sin embargo, hay heridas a las que no les alcanza una vida entera para cerrar. 

De eso, sabemos mucho los argentinos. Tenemos tantas heridas sin cerrar todavía. Tantos dolores que nos sacuden todos los días. Tantas injusticias no reparadas.

Los que conocemos a la familia Rivas, no podemos evitar tener sentimientos encontrados. Muchos somos amigos o conocidos de sus hermanos, hermanas, cuñados, cuñadas, sobrinos y sobrinas. Todos ellos, respetados y queridos por muchos de nosotros. Y eso, nos coloca en una posición incómoda, porque de algún modo sentimos que ellos también están siendo afectados y no deseamos que eso ocurra. Sin embargo, esta situación es inevitable, y también tiene un sólo culpable, que deberá hacerse cargo frente a sus familiares.

El doctor, sabelotodo, influyente, simpático, entrador, tiene otro rostro. Es el mismo que estuvimos viendo durante 40 años con simpatía, negándonos a ver el otro lado, el más oscuro.

¿Y por qué ocurren estas cosas en una comunidad que se vanagloria de ser pujante, autora de sus propias obras? Buena pregunta para que comencemos a buscarle respuestas. ¿Por qué miramos y no vemos? ¿Tal vez padecemos una esquizofrenia colectiva? ¿Tal vez nos avergonzamos tanto que no nos animamos a gritar a los cuatro vientos lo que pasa? No estoy en condiciones de dar esa respuesta y supongo que pocos pueden hacerlo.

Sí creo que un dictamen judicial acorde a lo que la mayoría de la sociedad demanda, ayudaría en gran modo a reparar nuestros males.

Publicado por José Alberto Dorati y reproducido por Río Bravo el 22 de mayo de 2019. Foto: eldiaonline.

Publicado en Costa del Uruguay

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