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Sábado, 21 Enero 2012 12:47

Familias de la Floresta resisten el traslado del Volcadero municipal

Escrito por Claudio Puntel

Decenas de vecinos de La Floresta, Balbi, Antártida, Mosconi, se encuentran luchando por su fuente laboral ante la posibilidad del traslado del Volcadero municipal, su único sustento.


La esquina de República de Siria y Ameghino es el escenario de un impresionante piquete donde varones y mujeres; jóvenes, ancianos y niños se unen en la lucha por preservar su única fuente de trabajo y sustento: el Volcadero municipal.

A la llegada del piquete, un cartel escrito con tiza avisa: “Tu basura es mi comida”. Así de crudo, así de real. Hace mucho calor, incrementado por las llamas de las cubiertas quemadas. Cuando el viento logra disipar un poco la columna de humo negro; aparecen más nítidos los rostros de estos hombres y mujeres que todo Paraná sabe que existen pero pocas veces  los ve.

Nos acercamos al primer compañero que encontramos para conversar sobre la situación y nos recomienda hablar con Any. Otros más sugieren lo mismo. Buscamos a Any y la encontramos trabajando en un galpón cercano.

Any es Ana María Ríos. La primera impresión es que es un poco mayor que los 40 años que realmente tiene; al conocerla mejor, su fuerza, su confianza y la claridad de su mirada la muestran mucho más joven. “La situación es que nos hemos enterado que en 15 días se llevarán el Volca. Se van  a llevar el Volca, usted dese cuenta...”, explica e interpela. Hay una justificada demanda en ese “dese cuenta”. Cuesta darse cuenta hasta que se recuerda la frase del cartel que encabeza el piquete. “Nosotros acá comemos lo que la gente tira, lo que para los demás serían sobras. Para nosotros no es sobra, para nosotros es una comida”, dice Ana María y no hace falta más para darse cuenta.

La noticia les llegó sin ningún comunicado oficial, con la situación agravada por la crisis, en medio del ajuste contra los obreros municipales y sin garantizarles nuevos puestos de trabajo. Ana María relata que “ayer llegamos al Volcadero y vimos que habían bajado la mitad de la basura de la noche. Así que subimos al corralón, preguntamos qué pasaba y ahí nos enteramos que había 1500 o 1600 chicos despedidos y que el Volca en 15 días no iba a estar más”.

Hay 800 familias que viven de lo que los paranaenses desechamos. Nunca tuvieron otra alternativa que trabajar reciclando lo que a los demás no nos sirve. Ni siquiera hoy, ante la inminencia del traslado del Volcadero municipal, aparece alguna autoridad que les ofrezca otra posibilidad laboral.

La historia de Any es semejante a la de muchos de sus compañeros, la narra en pocas palabras: “me he criado acá, mis hijos han ido a la escuela y han comido gracias a ésto; a lo que se tira, a lo que he juntado”.

El futuro más cercano aparece amenazante. “Si ella nos saca de acá y no nos ofrecen otra posibilidad de trabajar, ¿de dónde les damos de comer? Tenemos un mes y medio para la escuela, ¿de dónde vamos a sacar plata para comprarles los útiles? Nosotros lo único que tenemos es ésto. Yo tengo que estar laburando hoy acá en el galpón, porque no puedo entrar al Volca”. Cuando Ana dice “ella” se refiere a la intendente Blanca Osuna; varias veces va a mencionarla sin nombrarla. 

Es una locura esto... a nosotros nos saca esto y nos hace morir de hambre, porque no es que se llevan el Volca y abren otras fuentes de trabajo. ¿Qué quiere, que salgamos a robar?” protesta Ana María. De inmediato, sintetiza la realidad de su día a día: “Yo tengo 13 hijos, jamás ninguno de ellos ha entrado preso por ratero. ¿Qué quieren? Tengo nietos, tengo 10 u 11 nietos y el más chiquito es de un mes. Tengo mi nuera que está embarazada de seis meses, que cada dos por tres hay que andar porque está a punto de perder el embarazo, hay que llevarla y traerla. Nosotros no tenemos plata, si se llega a enfermar una criatura en este momento, ¿de dónde sacamos plata? Con este trabajo pago todo. Yo saco el pan todas las tardes fiado. Esta semana no le puedo pagar a la señora del pan; si le pago a ella ¿de dónde saco para la carne? ¿De dónde saco para decirle a mi hijo ‘tomá, comprate un juguito’? Esto es una locura”.

Mediante la confrontación con la realidad, Ana María pone en relevancia el verdadero sentido del conocimiento. “No tengo la secundaria terminada -aclara-, tengo hasta cuarto grado y sé leer hasta ahí. Pero cuando no entiendo algo, le pregunto a mi hija que sí terminó la escuela gracias a este trabajo. Ella se cree que porque no sepamos leer somos ignorantes. No. Se equivocó, no somos ignorantes. Ella anda viajando, tiene su comida... la que está demostrando su ignorancia es ella, si no vino nunca... si no sabe cómo es esto”.

Dice que “un día de actividad en el Volca es una locura, tenés que comerte el sol o la lluvia. A veces, tenés que dejar un ratito y pedir a alguien que te busque agua porque el sol y el calor te matan. Además, está esa combustión que se prende por debajo y hace que haga mucho más calor. Se trabaja en tres turnos. Nosotros comenzamos a las 8 de la mañana y volvemos a las 3 o 4 de la tarde. Con hambre, con calor, con frío en invierno, bajo la lluvia aunque caiga piedra. Si querés que tus hijos coman, no te interesa nada, vas y laburás todo el día. Para nosotros no hay feriado, no hay lluvia, no hay invierno o verano, no hay nada. Nosotros tenemos que laburar llueva o no llueva”. Dice que su tarea consiste en reciclar “todo lo que después se enfarda, ponemos lo blanco para un lado, lo verde para el otro; lo que es plástico, el cartón...

Desde República de Siria hacia el río, calle Ameghino es una larga bajada. La topografía, como si tuviera valor de metáfora social, determina un arriba y abajo bien delimitado. Estos accidentes geográficos refuerzan la invisibilización de los que están abajo. “Mi casa está a dos cuadras del Volca. Vivo cerca del dispensario que está acá abajo y la guardería. Vos bandeás la calle que tenemos, pasás la montaña y está el Volca. De acá para abajo -Ana María señala en dirección al oeste- tenés un barrio completo que es trabajador. No sólo la gente del barrio trabaja en el Volca, también vienen de Anacleto, de todos lados. Aparte de nosotros, hay otras personas que vienen y les cedemos lugar para trabajar. Que vienen a buscar para comer y también dependen de ésto”.

La familia de Ana María Ríos cuenta con un caballo al que cuidan como lo más valioso, “porque me ha costado”. No siempre tuvieron caballo. Ella narra con orgullo cómo llegaron a tenerlo: “vendí chanchos, junté esa plata y la asignación. Con esa plata decidimos armarnos de un carro y con eso nos mantenemos. Tenemos un caballo; que si no, tenemos que andar pidiendo prestado y eso a mi no me gusta; yo quiero ganármelo con mi sudor”. También por el caballo les preocupa que el Volcadero se traslade a otra zona. “Si lo llevan al Acceso Norte como dicen, vas un día a trabajar con tu carro y matás el animal. Lo matás, no tenés como traer de allá. Acá en el barrio, nosotros cruzamos de acá a allí y para ir y buscar las cosas; son unas pocas cuadras. Con estos calores no podés forzar a tu caballo”.

Una alternativa laboral

Ana María, sus vecinos y sus compañeros hace tiempo que vienen movilizándose junto a la Corriente Clasista y Combativa para exigir, entre otras cosas, “un plan concreto de capacitación y trabajo genuino inclusivo y dignificante”. Si el Estado primero no implementa este plan y abre los puestos de trabajo que hacen falta, la medida de traslado del Volcadero Municipal agrava mucho más la situación de esta amplia barriada. Las manifestaciones de todos los que luchan en el piquete certifican los dichos de Ana María: “Estamos preparados para resistir el tiempo que sea necesario, seguramente será una lucha larga pero vamos a aguantar lo que sea, aunque galgueemos. Sacaremos el carro de noche para buscar algo de comer, pero vamos a pelear hasta las últimas consecuencias y vamos a ganar”.

Publicado por Río Bravo el 21 de enero de 2012.

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