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Viernes, 11 Enero 2013 13:06

Crónica de una espera anunciada

Escrito por Daniela Vera
Por tercera vez en una semana nos levantamos mucho antes que el sol de enero se haga sentir en el asfalto de Paraná. Llegamos a las 2:40 am, dos horas antes que el día anterior para poder asegurarnos el turno. Nuestro lugar en la fila sería el tercero, dos…
Por tercera vez en una semana nos levantamos mucho antes que el sol de enero se haga sentir en el asfalto de Paraná. Llegamos a las 2:40 am, dos horas antes que el día anterior para poder asegurarnos el turno. Nuestro lugar en la fila sería el tercero, dos mujeres adultas esperaban desde antes en el oscuro pasillo del primer piso del Hospital San Roque. Saludamos y preguntamos detrás de quién estábamos para poder acomodarnos a leer en uno de los escasos bancos destinados a la espera de diversos turnos, entre ellos el que pretendíamos cazar nosotros: ecografía. Al correr de los minutos continuaban llegando mujeres con embarazos en distintas etapas, hombres con niños en brazos, cochecitos con bebés dormidos, mujeres y varones que superaban los 60 años con sus hijas embarazadas. Al terminarse los lugares relativamente cómodos, se poblaron rápidamente las escaleras y el piso. “De a dos se hace más leve” me comentaba una joven estudiante con 28 semanas de embarazo, refiriéndose a la compañía de su hermana, el día anterior habíamos compartido la fila y unas personas antes que nosotros se “terminaron” los turnos. Varios grupos con el mate en mano hacían sus charlas bajitas, con algunas risas. Algunos dormitaban contra la pared en el piso pelado, esperando que se haga la fila y rogar porque el turno “les llegue”. “A veces dan 10, otras veces dan 15, depende. A mi me tienen a las vueltas desde diciembre, si no es por una cosa es por otra” decía fastidiada una mujer a otra. Mujeres y varones con el cansancio marcando en la piel empujan con la mirada el paso del tiempo. Comentarios de todo tipo se dejaban oír en la espera compartida. “Vengo a atenderme acá porque no quiero pagar $200, tengo que viajar a mi país y me piden todos los papeles en el avión”, me explicaba una joven mujer colombiana, quién tiene un embarazo riesgoso por estar infectada con el parásito de toxoplasmosis. “Lindo quilombo podríamos armar todos si no nos atienden” manifestaba indignada una joven, buscando algún eco en los más cercanos del pasillo. “En la época de Ramón Carrillo la salud pública era insuperable” me comenta mi compañero, “no puede ser que haya tres ecógrafos en el hospital público de referencia de la provincia”, continuó. Ambos defendemos la salud pública, por los derechos de miles de pobres como nosotros, porque de ella depende la vida de tantos sin obra social, pero también sabemos que no es suficiente la inversión de los gobiernos. El sol comenzaba a asomarse por los ventanales. Las paredes escritas por cientos de familias salían de la penumbra y el calor prometía ponerse más intenso. Las personas en busca de ser atendidas no dejaban de llegar. Ya habíamos perdido la cuenta de quién era el último, de igual manera a esa altura se perdían las esperanzas de ser atendidos ese día. A las 6:50 hs se armó la fila afuera de la puerta, que continuaba hasta dar vuelta al pasillo. La mayoría de nosotros habíamos compartido madrugadas anteriores, indignantes vueltas a casa sin conseguir la atención que necesitamos. Nos preguntamos si conocer el estado de nuestros hijos en el vientre y si controlar nuestra salud durante el embarazo es un lujo. Nos convencemos de que es una necesidad objetiva, hay plazos, hay momentos para prevenir situaciones riesgosas, hay controles obligatorios, hay temores, dolor y ansiedad que debemos saldar viendo los resultados de nuestros estudios. A las 7 la puerta se abrió, y comenzamos a pasar. Nosotros conseguimos el segundo turno, a las 7:20. Antes que el Ecógrafo de turno dijera mi nombre para ingresar a la sala, se escuchó la voz de la administrativa: “No hay más turnos para embarazadas”. Una larga fila de mujeres cargando sus hijos en sus cuerpos se acercó a la puerta consultando qué pasaba. “Solo se dan 5 para embarazadas esta semana y 6 para niños. La que viene ya no damos más porque todos los médicos están de vacaciones”, expresó la administrativa con tono altanero. La indignación volvió a brotar en los ojos de la treintena de vidas en espera. ¿Qué pasará con esas mujeres de San Benito, Oro verde, Colonia Avellaneda, y los barrios de Paraná mañana cuando intenten de nuevo ser atendidas? ¿Qué cantidad de mujeres por día sufren estos maltratos por parte del Estado? ¿Qué hacer contra esa manera de gestionar la salud pública en la Provincia? ¿Qué tipo de salud pública se concibe desde un Gobierno que habla de las inversiones en lo Estatal como prioridad y lo que prima son estas situaciones? Lo certero es que florecen clínicas como el Rawson o el Sanatorio del Niño y la salud de calidad es de unos pocos que pueden pagarla o de los que con esfuerzo utilizan sus ahorros para poder acceder. Lo real es que miles de mujeres embarazadas y sus familias tienen que penar sin dormir, comer mal, dejar otros hijos, hasta lograr ser atendidas. Lo seguro es que esta situación se podría evitar, pero no es de interés de este Gobierno, por qué lo sería, si los que nos atendemos en los hospitales públicos somos los pobres. Lo innegable es que necesitamos un profundo cambio, y eso será posible cuando el pueblo en su conjunto tome estos problemas y los resuelva con sus propias manos. Publicado en Río Bravo el 11 de enero de 2013.

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