Martes, 07 Junio 2016 18:06

Gracias al fuego de Moreno

Escrito por Paola Robles Duarte

Cuando era muy niña mi mamá solía contarme historias de “superhéroes locales”; así le gustaba referirse a San Martín, Belgrano, Moreno, Castelli, entre otros. Una de mis historias preferidas era aquella que concluía con la frase que utilizó el Presidente de la Primera Junta de Gobierno –Cornelio Saavedra- para anunciar que el cuerpo de su declarado opositor, Mariano Moreno, se hallaba sepultado en la inmensidad del mar: “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”. 

 

Aquella era de todísimas, mi historia preferida. Porque se podía percibir en el aire –incluso sin comprender demasiado todavía-  que en la historia de aquel viaje de Moreno con destino a Río de Janeiro y Londres, se condensaba la lucha interna por los destinos del proceso revolucionario en curso. Mi vieja le agregaba siempre una palabra antes de la frase, como vaticinio en la entonación final: “Inevitablemente, hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”. Como si se tratara de un final ya escrito de manera telúrica e irremediable,  como una oculta convicción de que de otra manera no hubiesen podido callar a mi adorado Moreno. 

A la determinación y lucidez de Moreno le debemos, entre otras tantas cosas, la conmemoración del Día del Periodista todos los 7 de junio, en referencia a la fecha en la que por primera vez se encontró en la calle “La Gaceta de Buenos Ayres” – 7 de junio de 1810-  el primer órgano de prensa con el que contaron los revolucionarios para propagar y poner en debate las nuevas ideas. 

Que sea el 7 de junio la fecha para conmemorar el día del periodista es, ante los adoradores de las teorías que abonan el falso enfoque de la “objetividad” al momento de informar y comunicar, un reconocimiento de justicia y libertad  ante la subjetividad de quienes ejercemos este oficio. Subjetividad en tanto somos sujetos quienes construimos el ejercicio del periodismo a diario desde la realidad que habitamos y con la mirada que nos provee nuestra percepción,  vínculo  y pertenencia de clase frente a los intereses económicos, políticos y culturales de quienes detentan el poder. Somos trabajadores y nuestro verdadero poder consiste en ser independientes de toda cooptación, por más bien presentada que aparezca. 

Es habitual escuchar la necesidad de “informar con equilibrio”,  como si las palabras pendieran de una cuerda que,  ecuánime,  se hamaca sobre los acontecimientos diarios. Esto es como mínimo una equivocación y generalmente una decisión intencionada que siempre tiene sus consecuencias. 

Cuando decidimos autocensurarnos argumentando que tomar posición sobre un hecho puede plantearnos la falsa dicotomía sobre ser periodistas objetivos o ser periodistas panfletarios, corremos el grave riesgo de creernos nuestra propia mentira. Basta con escarbar un poco para encontrarnos con la verdad. Aquello que no decimos, aquel a quien no entrevistamos, aquellos temas sobre los cuales preferimos no opinar, el temor a difundir la información que tenemos u otros colegas han publicado respecto de hechos de corrupción, enriquecimiento ilícito, negocios que se hacen con la manipulación de lo público en beneficio de un privado - entre otras cuestiones- tiene una raíz que es ideológica, política y obviamente económica.  

Sentirnos queridos y reconocidos  por nuestros oyentes, lectores o televidentes, responde al compromiso y la honestidad con que ejerzamos nuestro trabajo. Ese debería ser el reconocimiento y el afecto que cuenta: el de quien nos reconoce siendo lo que verdaderamente somos y no lo que aparentamos. Lo demás, se hace por otras razones: Por no incomodar, por mantener vínculos con gente que en una ciudad pequeña puede ser padre o madre de un compañero de colegio o del club de nuestros hijos, por mantener una relación cordial que permita acceder a un acuerdo económico conveniente que “permita trabajar con mejor tiempo y calidad”, ser invitados a reuniones donde circula información a las que no nos invitarían si difundimos alguna sospecha como producto de una investigación periodística. Esas pueden aparecer como las razones “cordero”,  las razones que se usan para justificar determinadas acciones o para supuestamente ejercer de mejor manera nuestro oficio. Pero en realidad debajo de esas pieles se encuentran las razones “lobo”: “Dinero, ascenso social, participar de negocios, creer que siendo condescendientes seremos ungidos por quienes tienen poder y así,  por propiedad transitiva, también tenerlo;  gozar de beneplácitos que no tiene un enfermero, un docente o un albañil en nuestra comunidad; para sentirnos importantes, ciudadanos destacados, o simplemente porque la libertad y la justicia nos importan un carajo, y ser periodistas no siempre es sinónimo de ser noble, agente transformador o especialistas en determinadas cuestiones.

Honesto sería decirlo abiertamente. Decir: “Mirá, no hablo de los hechos de corrupción de los que está sospechado fulano, no informo sobre el avance de la causa de enriquecimiento ilícito de tal o cual funcionario, porque quiero evitarme problemas, porque me importa la pauta publicitaria de tal o cual organismo público y mejor no decir nada”. Eso sería honesto, reprochable como todo, pero honesto. Quienes te reconozcan después de eso son los que merecen leerte, escucharte o verte en la tele. 

Ampararse en la objetividad es una cobardía, una franca especulación. No somos una mesa, una silla, un barquito de papel. No somos objetos. Somos sujetos que informamos y  comunicamos desde nuestra condición de sujetos, desde el lugar que ocupamos en medio de este vendaval. Imparcial – lo cual también es discutible-  puede ser el hecho sobre el cual vamos a informar, la prueba, el dato duro; pero nosotros somos parciales siempre y es un engaño decir lo contrario. 

Es nuestra obligación ser incómodos, con respeto,  pero incómodos. No hay manera de trasformar si no lo somos, si no reconocemos a quienes eligen dedicar horas a la investigación y a desenredar las dificultades, a quienes aún con miedo, pasan frío, calor, dolores, haciendo guardias detrás de aquello que creen importante publicar. Algo se apaga para siempre en nosotros cada vez que perdemos las ganas de buscar. 

Desperdiciamos la oportunidad de construir libertad y justicia si renunciamos a la incomodidad, a nuestra herramienta. 

El acceso a la información pública, en tanto es un derecho constitucional, debería desvelarnos. El acceso a la información pública - que no es solo aquello que las gestiones arbitrariamente deciden publicar-  informar para debatir y construir conciencia contra la naturalización sistemática que vulnera los derechos de los vecinos a diario; participar sin miedo al mote, a la burla de quienes encuentran en la descalificación la única manera de evitar confrontar argumentos, desterrar la idea de que aquello que no es pasatista o ligero no le importa a la gente y  por eso elegir reducirnos a las noticias cortas que podemos producir en menos tiempo y en mayor cantidad, rellenando el tiempo que nos lleva profundizar otros temas que muchas veces no llegan a los vecinos y que están vinculados a políticas públicas que determinan nuestras condiciones de vida como ciudadanos.  Sentir el latido de nuestro oficio cuando nos emocionamos, cuando nos involucramos con aquello que podemos transformar. Declararnos enemigos del pensamiento binario que nos ubica en bandos que en esencia no tienen nada que ver con nosotros, que nos convierten en escribas de los intereses de otros. Revelarnos contra la precarización de los compañeros periodistas que hacen grandes trabajos e investigaciones sin recursos,  en redacciones ninguneadas por empresarios que especulan con la pauta oficial,  en emprendimientos a puro pulmón, ese también debería ser nuestro compromiso. 

Cabe preguntarnos si con más de 2500 trabajadores de prensa y comunicación despedidos en todo el país durante el último período,  tenemos razones para festejar el día del periodista. Tal vez son muchas más las razones que nos deben encontrar movilizados y solidarizados con quienes son perseguidos en las redacciones  y en las producciones de las radios y canales, reconociéndonos como víctimas de los acuerdos espurios de los empresarios y de otros periodistas devenidos en empresarios con los gobiernos de turnos acordando cifras  siderales de pauta publicitaria que nunca llegan a los salarios y las condiciones de trabajo de quienes sostienen los medios sobre los cuales negocian: los trabajadores; y  de los mercenarios que salían a gritar Clarín Miente como si fuera una novedad y no una denuncia que llevaba más de 40 años en la pluma de otros trabajadores -incluso mientras el kirchnerismo hizo negocios con el oligopolio-  señalando y acusando a quienes no entramos en la trampa binaria del sistema político imperante: ni antes ni ahora; para reclamar que la ley de medios está incompleta y que no se aplica de manera real su articulado mientras no se promueve la apertura a nuevos proyectos comunicacionales que en ciudades como la nuestra muchas veces son la posibilidad de amplificar la voz de los reclamos de los vecinos por salud, vivienda y educación; para decir que mientras no se regule la pauta oficial los periodistas seguimos siendo esclavos de la desigualdad, como cualquier ciudadano,  y de los aprietes, mientras fundamos medios de comunicación alternativos para poder decir y avivar la pasión por el oficio; no para hacer negocios.  Nada que festejar si de algún periodista que hizo cosas honorables hoy se dice por ahí: “Hizo falta tanta pauta para apagar tanto fuego”. Nada que festejar si el gobierno de Mauricio Macri promueve proyectos de ley que en su articulado penaliza a los periodistas y comunicadores, en un declarado acto de inconstitucionalidad, violando el derecho a la libertad de expresión y la libertad de informarse de los ciudadanos.  Frente a la mordaza y la precarización no hay nada que festejar, pero si todo por lo cual elegir este oficio; pese a la inestabilidad, a concursar por horas en las escuelas, abrir talleres, páginas web, recorrer los comercios vendiendo “nuestro producto” para llegar a un sueldo que se aproxime a lo digo a fin de mes; siempre vale la pena ser incómodos, independientes y recibir el saludos de gente a la que uno admira profundamente la misma fecha en la que el genio de Mariano Moreno fundó la “Gaceta de Buenos Ayres”. 

Siempre vale la pena agradecerle a Moreno por el fuego…

 

Publicado por Río Bravo el 7 de junio de 2016