Domingo, 08 Febrero 2015 02:46

Ser o no ser Charlie, un mes después

Escrito por Ignacio González Lowy

 

A un mes del atentado terrorista en la sede de la revista francesa Charlie Hebdo, el escenario aparece como propicio para desarrollar los debates que hace 30 días fueron censurados y trabados. En este mes que transcurrió, Francia registró 147 actos antimusulmanes (más que en todo 2014) y un crecimiento de la islamofobia en sus distintas expresiones, confirmando la previsible consecuencia de que quienes más “ganarían” con este crimen serían las derechas reaccionarias y xenófobas de toda Europa.

Paradójicamente, un hecho repudiable como el asesinato de 12 personas (el 7 de enero, entre humoristas y policías, sumando más víctimas dos días después) pero que, por sus características y contexto, “abre todos los debates” (Michel Wieworka, sociólogo, AQUÍ); por nuestros pagos replicó en una voz monocorde que fue castigada en cada expresión que se apartara un milímetro de lo que el libreto oficial y hegemónico repetía: “Yo soy Charlie”. Yo soy Charlie, debíamos decir, escribir, difundir y repetir todos en un coro que no admitía desafinaciones ni interrupciones.

Quizá el caso más paradigmático fue el de la decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, Florencia Saintout. La militante kirchnerista escribió un twit que en cualquier otro contexto habría sido cuestionado pero por obvio: “Los crímenes jamás tienen justificación pero sí tienen contextos.”

Llamativamente, jóvenes que se dicen progresistas se sumaron a un griterío (previsible) de conservadores de toda laya que estallaron repudiando este intento de contextualizar las muertes. Turbados y sorprendidos, nos preguntábamos: ¿NO es "contextualizar" lo que hacemos cada vez que decimos que los crímenes contra nuestros 30.000 compañeros/as desaparecidos/as NO son crímenes comunes? ¿NO decimos siempre que no explicar por qué y por quiénes cayó un caído por luchar es volver a matarlo? ¿NO lo dijimos cuando nos mataron a Mariano Ferreyra, a Carlos Fuentealba, a Roberto López? ¿NO hay que "contextualizar" la muerte (asesinato político) de Néstor, el niño qom asesinado de hambre y enfermedades evitables ayer no más? ¿O decimos "murió pobrecito", y punto? Agregamos ahora: ¿podemos entender y abordar los crímenes aislados de todo contexto e historia? ¿Puede alguien realmente creer que vivimos en una realidad construida por hechos desconectados entre sí y que nacen y mueren en sí mismos?

Fue así que, en aquel momento, los menos dogmáticos combatientes contra la posibilidad de pensar el atentado en una clave menos simple que “asesinos salvajes vs artistas paladines de la libertad”, pidieron al menos un tiempo de prudencia y respeto para establecer los análisis que se salieran del libreto permitido. Pues bien: ha pasado un mes, ya nos hemos ganado el derecho de pensar y decir algo distinto a lo que nos permitía expresar aquel eslogan oficial. Con más razón, cuando una de las cosas que está puesta sobre el tapete es la tan cacareada y a menudo bastardeada “libertad de expresión”.

Párrafo aparte merece el hecho de que, cuando se acaban los argumentos, el sarcasmo del progresismo bienpensante termina cayendo siempre en la idea de que quienes se expresan de forma divergente lo hacen porque son "militantes" de algún "partido", de alguna "orga". Le pese a quien le pese, el triunfo definitivo del individualismo liberal que promueven con esas expresiones llegará solamente cuando no existan más los miles y miles de jóvenes y compatriotas que militan en partidos, colectivos, sindicatos, centros de estudiantes y organizaciones en los que apostaron porque los ven como un camino de salida a nuestros problemas nacionales y globales. Con aciertos y errores, en cada caso, pero con la seguridad de que de este lío salimos sólo si nos juntamos.

El debate negado

Quizá la primera y más importante piedra lanzada contra la vidriera aparentemente imperturbable del homogéneo, cristalino y concordante concierto mundial, fue la nota titulada “Je ne suis pas Charlie” (Yo no soy Charlie), escrita por José Antonio Gutiérrez un día después del atentado. La misma, un alarido entre el murmullo de acuerdos, palmadas y obviedades entonces permitidas, fue reproducida por diversos medios alternativos, comunitarios y populares de distintos puntos del mundo. Allí, el autor planteaba, centralmente, que “no creo que censurar el ataque en contra de Charlie Hebdo sea sinónimo de celebrar una revista que es, fundamentalmente, un monumento a la intolerancia, al racismo y a la arrogancia colonial”. Y, reafirmando que el repudio al atentado no debía obligatoriamente confundirse con la celebración laudatoria de los humoristas asesinados, remarcaba: “Miles de personas, comprensiblemente afectadas por este atentado, han circulado mensajes en francés diciendo ‘Je Suis Charlie’ (Yo soy Charlie), como si este mensaje fuera el último grito en la defensa de la libertad. Pues bien, yo no soy Charlie. No me identifico con la representación degradante y ‘caricaturesca’ que hace del mundo islámico, en plena época de la llamada ‘Guerra contra el Terrorismo’, con toda la carga racista y colonialista que esto conlleva.

En general, las respuestas a esta publicación no se demoraron ni perdieron tiempo en analizar, contemplar y rebatir sus argumentos. Prefirieron caer en los lugares comunes, supuestamente ya establecidos y refrendados por la historia y el consenso general, de que la sátira y la libre expresión no pueden ser acusados de ningún crimen y ni siquiera de complicidad, de que siempre está la opción de no comprar ni leer aquellas publicaciones que sentimos nos ofenden o simplemente no nos contienen, y que ni el arte ni el humor pueden, nunca, tener límites.

Repetidas hasta el cansancio, además de mentirosas o al menos endebles (¿o no ‘saltamos’ todos aquella vez que Rubén Almará calificó de "vieja terrorista" a Estela Carlotto?... y cuando decimos que buena parte del periodismo argentino fue "cómplice" de la dictadura, ¿por qué en ese caso no es censurada la acusación de complicidad?); estas ideas no abordaban el meollo de la cuestión planteada en la nota de Gutiérrez y en la posición coincidente de tantos otros que desafinaron respecto del coro oficial. Esto es: repudiar el atentado no implica (ni debería hacerlo necesariamente) el aval (que sí implica la expresión “Yo soy Charlie”) ni la exaltación del accionar de las víctimas del mismo.

Contextualizar

Es justamente ese contexto que Saintout y tantos otros pedían analizar, el que permitiría entender de otro modo el por qué hubo tantos que se (nos) negamos a aceptar mansamente la bandera unificadora del “Je suis Charlie”.

Ese contexto incluye las brutalidades cometidas ayer y hoy por Francia y otros países supuestamente baluartes de la construcción de los derechos del hombre, del ciudadano y finalmente de los humanos. Pueblos, Estados y países destruidos por la voracidad imperialista del Estado francés y de otros de su misma estirpe, llevan en su historia, en su sangre y en su memoria, hasta dónde este verdadero buitre con su capacidad aniquiladora es capaz de arrasar con aquello que se oponga a sus intereses económicos y políticos coyunturales y estructurales.

Y es en particular la República francesa uno de los ejemplos más claros (junto a Inglaterra y los EEUU) de cómo el discurso en defensa de las libertades, de la “civilización”, puede utilizarse para borrar con el codo lo que se escribe con la mano, cuando su sed de petróleo, gas, oro, tierras, soja, mano de obra esclava o semi esclava; según corresponda, se lo demanden.

De hecho, en países como Francia se fueron formando, en las últimas décadas, verdaderos ghettos que, en el marco de una política que nos obliga a recordar lo más rancio e injusto del Apartheid sudafricano, confinaron a las poblaciones originarias y descendientes de los países África y del Medio Oriente a vivir como parias en la cuna de la “civilización”, en la supuestamente ilustrada, avanzada y democrática Europa. Son desigualdades asfixiantes y violentas, que las políticas sociales y la propia escuela no resuelven sino que profundizan y reproducen. Desde la mismísima Francia, con voz disonante, el filósofo Alain Badiou (en una nota reproducida en el blog de la profesora Angelina Uzin Olleros) expresó: “La República siempre pobló sus prisiones, bajo innumerables pretextos, con los jóvenes hombres mal educados que allí vivían” (en referencia a los ghettos que pululan en los suburbios de París).

Los otros

De más está decir que es en dichos barrios y en su población en donde más se concentra ese 40% de desocupación que el Estado francés reconoce que existe hoy entre los jóvenes. Lo sabemos los argentinos por historia: estos números por sí mismos generan violencia, desesperación, escepticismo, bronca, anomia, apatía y son destructores de las posibilidades más básicas de poder proyectar un futuro a no tan corto plazo.

Es en este “contexto” (que mal que les pese a tantos, existe, condiciona, empuja, influye, juega e interviene) que la revista Charlie Hebdo despliega reiteradamente sus burlas sobre (¿contra?) las comunidades que profesan el Islam. Con la excusa o el argumento de que oficiaban de detractores de “todos los extremismos y fundamentalismos”, llamativamente quienes más a menudo la “ligaban” eran los miembros del sector más castigado, perseguido y humillado por las políticas públicas y las tendencias hegemónicas en los grandes medios masivos de comunicación / difusión locales. Justamente quienes a diario son víctimas de la intolerancia, la discriminación, la xenofobia y la violación de sus derechos más elementales en Francia, aquellos miembros de las comunidades de cuyo seno salen quienes principalmente pueblan las cárceles, los índices de desocupación y de marginalidad, y las estadísticas de la deserción escolar; fueron y quizá sigan siendo principal blanco común de las bromas estigmatizantes y humillantes de la revista. Basta repasar las portadas que se pueden conseguir en Internet como leer las reseñas de quienes (posibilitados por la proximidad física) leen periódica y críticamente la publicación, para constatarlo.

Volviendo a Alain Baidou, en la misma nota propone: “Supongamos que usted es un joven negro o un joven de apariencia árabe, o una joven que decidió, en el sentido de la revuelta libre, ya que está prohibido, cubrir su cabello. Bueno, entonces usted tiene siete u ocho veces más probabilidades de ser detenido en la calle por nuestra democrática policía y, a menudo, ser retenido en una comisaría, que si usted tiene el aire de un ‘francés’, lo que significa, solamente, la apariencia de alguien que no sea probablemente ni proletario ni ex-colonizado. Tampoco musulmán.”
Nuevamente, es en el contexto en el que Francia (y sus aliados “occidentales”) lleva a cabo invasiones (la más reciente en Mali), masacres e intervenciones imperialistas en nombre de la libertad y la democracia (así como Busch ordenaba la avanzada genocida en Irak y luego en Afganistan para que hoy los soldados españoles que regresan puedan sintetizar diciendo: "Escoltar camiones de petróleo hacia la frontera... a eso nos dedicábamos en Irak"); es en ese contexto que los países imperialistas promueven, incentivan y celebran la propagación del discurso estigmatizante sobre los colectivos “árabe” descendientes en Europa.

La socióloga Maristella Svampa ha definido que el rol jugado en los ‘70s por la doctrina de la seguridad nacional ha sido reemplazado en la actualidad por la doctrina de la seguridad ciudadana, “…cristalizada en la imagen de la ‘invasión’ de los pobres y excluidos, que descienden de los cerros o vienen de los suburbios para ‘cercar’ o ‘sitiar’ el centro político y económico de la ciudad.

Este es el contexto que Samuel Huntington, desde su mirada racista y guerrera, califica de “choque de civilizaciones”. Sintetizan los sociólogos argentinos Mario Margulis, Marcelo Urresti y Hugo Levin: “…prejuicios hacia el mundo islámico, tradición etnocéntrica, exotización de las culturas otras, intereses económicos y estratégicos relacionados con el control de materias primas escasas, condujeron a un estado de confrontación abierta en vastas regiones”.

En este marco, nos preguntábamos hace un mes, pese a que parecía prohibido reflexionar al respecto: si una revista alemana, en la Alemania de 1933, dedica un ejemplar tras otro a denigrar, basurear, estigmatizar y burlarse de los judíos, cargándolos de características negativas que ningún pueblo tiene como tal, contribuyendo a crear un "sentido común" que los estigmatiza como bárbaros; justito mientras el Estado y sus policías los están comenzando a perseguir, expulsar y violentar; si esa revista tiene un director llamado Franck y el mismo es asesinado por decir lo que dice; ¿saldríamos a marchar con un cartelito que dijera "Yo soy Franck"? Bueno, "Yo no soy Charlie".

Ser o no ser Charlie

Es a esta sinfonía de la discriminación y estigmatización que abonaba (voluntariamente o no) la revista Charlie Hebdo. Y es así que el crimen cometido por los tres energúmenos que irrumpieron el 7 de enero en la redacción de la revista se transformó en un triunfo no sólo para la ultraderecha francesa (que, cebada, al otro día salió a pedir el establecimiento de la pena de muerte en el país), sino también para las decadentes figuras políticas europeas autoproclamadas progresistas y/o liberales, que pudieron como hace décadas no lo hacían desfilar a la cabeza de millones de ciudadanos atemorizados y unidos bajo la idea, impuesta como indiscutible, de que Francia es un país libre y democrático que hay que defender de los bárbaros que desde afuera lo agreden. Por ello se pueden juntar millones proclamando “yo soy Charlie” (Charlie es de los nuestros, blanco, francés, letrado y acomodado) y son reprimidas las movilizaciones en respuesta al asesinato de, sólo por ejemplo, Ziad Benna (de 17 años) y Bouna Traoré, de 15 (los dos adolescentes hijos de inmigrantes que murieron escapando de una racia policial en Clichy-sous-Bois, en 2005). Por eso mismo, también (y lo planteaba muy claramente Sandra Russo en 2004, en ocasión de un nuevo bombardeo de Israel al Líbano, en una nota titulada "Cuerpos musulmanes"), cuando son "blancos y occidentales" los muertos podemos conocer sus historias, sus familias, sus sueños, sus nombres; y cuando los muertos son musulmanes los medios se limitarán a contarlos y enumerarlos.

¡A prepararse para una nueva guerra contra el terrorismo!, brama la prensa oficial (oficialista o no), en Francia y adyacencias. Alain Badiou sintetiza diciendo que el grito de “somos todos policías”, colado entre las proclamas monocordes del “Yo soy Charlie”, respondía a la llamada para esta cruzada “popular”.

De hecho, en la misma semana del atentado el gobierno de Francia planteó la realización de una Cumbre Internacional contra el Terrorismo, a la que invitó a los ministros de Seguridad y secretarios de Inteligencia de países europeos y de los EEUU. El bloque en defensa de nuestros valores de libertad, igualdad y fraternidad, se afilaba las garras una vez más…

¿Hace falta repasar el currículum de los implicados para develar el tamaño de la hipocresía? Los mismos países que destruyen y arrasan con pueblos enteros para después sembrar grupos terroristas que les aseguren los negocios, aunque a veces se les vayan luego de las manos (dijo Hillary Clinton: "Financiamos mal a rebeldes sirios y surgió Estado Islámico"), se prueban de nuevo el saco de guardianes de la democracia mundial.

Sintetizaba con contundencia aquella primera nota de Gutiérrez, cuyos ecos aún hacen ruido entre los oídos desacostumbrados a debatir en serio, aunque se llenen las heladeras de imanes proclamando la defensa de la supuestamente conquistada libertad de pensamiento y expresión: “Ya sabemos que viene de aquí para allá: habrá discursos para defender la libertad de prensa por parte de los mismos países que en 1999 dieron la bendición al bombardeo de la OTAN, en Belgrado, de la estación de TV pública serbia por llamarla ‘el ministerio de mentiras’; que callaron cuando Israel bombardeo en Beirut la estación de TV Al-Manar en el 2006; que callan los asesinatos de periodistas críticos colombianos y palestinos.

Por todo esto es que hoy, a un mes del atentado criminal, insistimos en la necesidad de poner en discusión todo lo que la marabunta de eslóganes, latiguillos y chicanas tapó en aquellos días. No hay humor inocente, no hay humor apolítico. Que las balas no pueden ser la respuesta a las agresiones de la tinta y el papel, ni falta hace aclararlo. Pero tampoco deberíamos tener que pedir tanto permiso para poner en discusión el tipo de sociedad y de mundo que alimentamos, también, cuando usamos la tinta y el papel. Salvo que creamos que, en medio de este lío, de las guerras y las segregaciones internas, la expresión, la palabra y la opinión son derechos naturales, que no hay que conquistar, y sin responsabilidades de contrapartida, responsabilidades que debemos asumir y aprender a llevar.

FUENTES

José Antonio Gutiérrez, “Yo no soy Charlie”, 8 de enero de 2015

Alain Badiou, Le rouge et le tricolore, 27 de enero de 2015

Svampa, Maristella: (2008) Cambio de época. Movimientos sociales y poder político. Edit. Siglo XXI. Bs As

Elena Llorente, “Es civilización y barbarie”, en Página 12, 02 de febrero de 2015

Mario Margulis, Marcelo Urresti y Hugo Lewin, “Ventanas al siglo XXI. Procesos sociales contemporáneos desde la dimensión cultural”; en Margulis, M , Urresti, M, Levin, H y otros: (2011) Las tramas del presente desde la perspectiva de la sociologia de la cultura. Edit. Biblos. 

Francia cambió a un mes de los atentados contra 'Charlie Hebdo', 7 de febrero de 2015.

Publicado en Río Bravo el 7 de febrero de 2015.

Modificado por última vez en Domingo, 08 Febrero 2015 14:20