Sábado, 28 Noviembre 2020 10:11

Un’estate italiana, un otoño argentino

Escrito por Daniela Vera

“Genios del hambre y la esperanza/ Vuelan junto a tu corazón/ No los olvides nunca/ Juega por ellos” (“Canción del Brujito”. Peteco Carabajal)

El mundial 90 es el mundial de mi vida. Tenía 8 años y nos pelábamos los codos en el Barrio San Roque jugando en calles de tierra que regaba el camión para evitar el polvillo descontrolado. Los calorcitos tenían a los vecinos de mi cuadra tomando mates en la vereda de paraísos y ligustros. Al viejo Garay lavando el auto. A Don Comas y sus ojos celestes tirando un chiste desde la puerta. Mi árbol cubría el banquito de durmiente de tren al que mi abuelo Erundino le había dado vida para que niños y grandes se acomodaran a atorrantear día y noche. Nosotros, los gurises, teníamos un mundo aparte: nuestras familias nos protegían de tener preocupaciones de adultos y podíamos armar nuestras historias de las que casi no se enteraban (a menos que algún bocón se pusiera la gorra y contara). Aprendíamos a colarnos en conversaciones en jeringoso descifrando de a poco hasta entender del todo los secretos adultos.

“...Toma este campo libre y esa pelota de medias…” (“Canción del Brujito”. Peteco Carabajal)

Ese otoño del 90 nos marcó la infancia. En el campito de la esquina, con tres palos improvisados, intentábamos replicar algunas jugadas de la Selección y les juro que la ensayábamos hasta lograrlas. Yo siempre era Caniggia, porque el Pájaro le encantaba a una de mis tías, y porque además soñaba con que Maradona me dé un pase. En ese rincón nos reuníamos antes y después de los partidos a sufrir juntos y opinar con las opiniones de los grandes, controversias y errores. Pero había una sola cosa que no se discutía: Maradona era el más grande de todos.

“Y dale alegría, alegría a mi corazón”. (“Y dale alegría a mi corazón”. Fito Páez)

Uno de los partidos no pude verlo completo. Volví corriendo y cuando doblé la esquina para llegar metieron un gol. Un amigo de mis tíos, el Conejo, festejaba saltando arriba del tapial de mi casa. Cada vez que quiero lo veo ahí: llorando y gritando con la remera en la mano, con una sonrisa enorme y su pelo largo. Si lo cruzo ahora al Conejo seguramente ni se acuerda de mí, pero ese día éramos una sola cosa inseparable, por eso inexplicable que nos unía.

“30 millones de negros transpirando en tu remera para jugar un mundial” (“Para verte gambetear”. La Guardia hereje).

Llegó el partido con Italia y me corría un frío en el estómago en esa definición por penales. Mi cuerpo entero empujaba por el triunfo, sentía que estaba ahí, que el partido también dependía de mí. Empujaba para darle una alegría a mi tío Pablo que la estaba pasando mal, y también porque mi casa era otra y nos volvíamos más felices. Una alegría genuina y no impostada. Alegría colectiva que a mí me daban más ganas de quedarme ahí.

“Llantos y risas de madres/ viendo en el diez al compadre” (“¿Qué es Dios?”. Las pastillas del abuelo).

Del partido con Alemania casi no puedo hablar. Nunca más lo pude volver a ver. En el momento del penal me fui a mi cama y me tapé los oídos con una almohada, pero los gritos de bronca traspasaron mi fuerte y tuve que salir a mirarles las caras a todos. Mi tío Claudio, que tenía menos fútbol que mi perro, me abrazó fuerte, me armó un poquito y me dijo: “no ganamos porque nos hicieron trampa”. Ahí entendí un poco más las injusticias del mundo en carne propia, la humillación a la que nos sometían los poderosos aunque pataleábamos de lo lindo. Mientras todos nos quedamos mirando la entrega de medallas, mi vieja la Yola, lloraba sumergida en una angustia que no le conocía, y siguió llorando varios días más cada vez que lo mostraban a Maradona puteando entrecortado “hijos de puta” al terminar el partido. Me da la sensación que lloraba más por el Diego que por ella misma.

“Caen las tropas de su majestad y cae el norte de la Italia rica, el papa dando vueltas no se explica, muerde la lengua de João Havelange” (“Maradó”, Los Piojos)

Más adelante comprendí que toda esa cosa mágica tenía que ver con una historia con centro en Diego Armando Maradona. El que arengó a todo el equipo en el 86 antes del partido con los ingleses, diciendo “tenemos que ganar porque estos son los que nos mataron los pibes” y caló en un pueblo que realmente sintió que en ese partido jugábamos una revancha con las herramientas que teníamos a nuestro alcance, sin olvidar la ocupación pirata en las Malvinas. Al que le hicieron una bandera que casi a modo de lamento decía: “Pibe ¿Por qué no naciste en México?” El “Diego de la gente” que logró empatía por sus orígenes pero fundamentalmente por nunca olvidarlos e intentar estar del lado de las causas justas empujadas por millones. La lucha por los jubilados, los viajes a Cuba, la participación en los actos contra Bush y el ALCA, el no callarse nada a riesgo de equivocarse y que le disparen de todos lados. Maradona encarna todo eso del potrero y el barro, incluso lo que tiene que ver con las tentaciones, los consumos y las mierdas que este sistema nos mete por todos lados para destruirnos y contra las que peleamos todos los días en el barrio para recuperar pibes.

“Carga una cruz en los hombros por ser el mejor” (“La mano de Dios”, Rodrigo).

Un ídolo de carne y hueso, endiosado también a gusto de algunos que querían verlo en la ruina. Su popularidad le costó la crucifixión por parte de muchos sectores que le exigen ser un ejemplo en todos los aspectos de su vida. No creo en el perdón a ciegas, porque considero que sin crítica y autocrítica no es posible la transformación. Para ser profundamente sincera, creo que los cambios se dan con la mayoría del pueblo, incluso con los adictos y los machistas, porque a todas las enfermedades sociales de este sistema hay que tratarlas sin matar a los enfermos; y re educarnos sin paredón.

“Agradezco, la alegría que me das” (“Yo te sigo”. Los calzones rotos).

Cuando miraba los miles de agolpados en puerta de Casa de Rosada nos veía a todos nosotros: a mis tíos Pablo y Claudio, a mi vieja, a mis primohermanos, a los gurises del barrio San Roque. Nos veía cantando la canción más linda de los mundiales en un italiano adaptado a nuestro oído y nuestra parla. Coreando y siendo felices arriba de las máquinas que arreglaban la calle para asfaltarla. Y desde el comedor de mi casa, siguiendo la despedida por la tele, me sentía parte de esos cuerpos adoloridos, abrazaba sus puteadas de la final del 90, que eran las de todos nosotros encarnadas por el Diez… ¡quién pudiera olvidar esa irreverencia sostenida desde abajo por 30 millones de argentinos! Cantaba con mi hijo “y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés” junto a los que pudieron llegar a la puerta. Cuando se dice “Maradona nos dio alegría” es justamente eso: por un rato poder salirse de los problemas diarios que nos azotan, haber organizado un chupín con pescados flacos y quedarnos a jugar a las cartas, conseguir las figuritas del álbum intercambiando con otros, tirarse en un campito a buscar una pelota, verle la cara de felicidad por un ratito a alguien que amás y está muy triste. Quizá para algunos que pueden darse otros gustos la alegría esté sobrevalorada... pero para la masa enorme de “cabecitas negras”, créanme que a veces, es lo único que nos salva.

Hasta siempre, Diego.

Publicado por Río Bravo el 28 de noviembre de 2020.

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