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Sábado, 24 Octubre 2020 17:56

La selva prometida

Escrito por Claudio Puntel

El pendejo abría la boca y se maravillaba con cualquier cosa. Allá iba, volando por sobre la selva. Entraba y salía del túnel verde nada más que con mover dos o tres dedos. Elevaba la cabeza y ascendía en el aire, de repente se largaba en picada. La media hora que llevaba sobre el techo del camión bastó para llegar a dominar la técnica que según había leído es la que aplican los cóndores para remontarse y planear.

Hacía cincuenta kilómetros que habían hecho dedo al camión repleto de materiales de construcción, se acomodaron sobre la pila más alta de bolsas de cemento y allá estaban, barrenando las ondulaciones de las sierras misioneras.

Sentía que casi no le faltaba nada. Tal vez algo de música para los momentos detenidos al borde de la ruta. Y una melena bien larga como la de los muchachos cordobeses que habían encontrado en un cruce de rutas la tarde anterior. Pero el walkman acababa de inventarse y él todavía no había visto uno, la música todavía era algo poco transportable. Tampoco era posible la melena, los pocos días del verano no alcanzaban para recuperar los recortes impuestos por los preceptores.

Los cordobeses, que ya iban remontando el regreso, dijeron algunas cosas sobre los rigores del clima y el ambiente agreste. Algo se notaba en los rostros despellejados a golpes de sol y los raspones de ramas en la piel. Pero eso les pasaba a ellos, al pendejo no. Él se comía el paisaje, la exhuberancia del follaje y la vida que se le presentaba ahí, hacia el frente en cada tramo de ruta.

Las dos materias que le quedaron para marzo no ayudaron mucho a la hora de negociar el permiso con los padres. Lo conquistó a regañadientes bajo rigurosas promesas de encerrarse con las carpetas y los libros de Repetto, Lisnkens y Fesket, apenas regresado. Él, que no arrugaba nunca, redobló la apuesta y cargó la carpeta en la mochila. Y allá iba, con una mochila recargada, haciendo fuerzas para no revolear la carpeta en el próximo puente que crucen. Ya había tirado el repelente que la vieja le deslizó a escondidas en un bolsillo de la mochila. Cuando entendió que en la meseta misionera no hay mosquitos, el tarro de Off pasó a ser una molestia.

Por aquí anduvo Quiroga. Llegó como fotógrafo acompañando a Lugones, enviado por La Nación. Lugones regresó apenas terminado el reportaje. Quiroga se quedó y nunca más regreso. O sí, regresó, pero ese que volvió ya no era el mismo Quiroga. En sus años misioneros, luchó por sacarle agua a la piedra; describió como nadie al hombre de la selva y las chacras; conoció el alma del inmigrante; saboreó enfermedades y muertes; trabajó la tierra, la madera y el alma; derrochó con generosidad pólvora, tinta e ingenio. Su tránsito por el Teyú Cuaré se asemeja al relieve de la provincia, con mesetas, subidas y feroces descensos.

El pendejo no. El pendejo vivía otra historia. Pasó momentos de angustia y algo de miedo la madrugada anterior, cuando los prepearon los policías en la garita de la ruta 12 en Posadas. Todavía le duelen las patadas que recibió arriba de la cintura y desde entonces mira con recelo los borceguíes. Pero todo lo demás era vida, futuro y libertad.

Bajaron del camión de materiales y saltaron a una camioneta que parecía esperarlos. Los dos mochileros polvorientos se mezclaron con rostros ucranianos, pieles morenas, tonadas brasileñas, polacas y el idioma dulce del guaraní de las selvas. Los miraban con curiosidad, preguntaban cosas sobre el viaje. No se animaron a contar directamente que andaban de vacaciones. Tuvieron algo de pudor frente a esos hombres que iban a trabajar, tal vez a los yerbales, a carpir en un tabacal o a trozar troncos en algún aserradero. Al cabo de unos kilómetros, la camioneta frenó para que se bajen y luego se esfumó en un camino rojo y polvoriento. Ya no se lo veía más, pero seguían llegando los saludos a gritos pelados de los compañeros de viaje.

Era el segundo día de la travesía. Aquella noche dormirían al costado de un arroyo muy cerca ya de las cataratas. Armaron la carpa, no paraban de compartir impresiones, evaluar la experiencia, e intercambiar registros mientras armaban un par de sánguches de galleta y mortadela. Se propusieron que a la vuelta acamparían sobre el otro arroyo que habían cruzado, aquel donde el puente hace una curva sobre el agua.

Cataratas era mucho más de lo que imaginaban. Les entraba por la piel, los ojos, los oídos y las narices. Si alguien iba y les decía que ahí había un centro cósmico y que navegar esas aguas era una especie de viaje astral, se lo hubieran creído de inmediato.

El regreso también estuvo cargado de descubrimientos.. Llegaron al arroyo colgados de los estribos de un camión de gaseosas. Al descender encontraron patrulleros, una ambulancia y una lanchita de la que bajaban un bulto envuelto en unas mantas. Ayudaron a cargar en la ambulancia el cuerpo del mochilero ahogado. Esa noche hablaron poco. Tampoco practicaron los prometidos saltos desde los pilotes del puente.

Él sigue volviendo al encuentro con la selva, la madera, los pájaros y el agua. Sigue volviendo a encontrarse. No le costó mucho entender qué llevó a Quiroga a aquietarse junto a las barrancas al borde del monte.

Publicado por Río Bravo el 24 de octubre de 2020.

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