Domingo, 27 Mayo 2012 16:51

Sobre las limitaciones posmodernas a un proyecto de unidad y liberación latinoamericana

Escrito por Víctor Hugo Sartori

El autor, integrante de la La Junta Americana por los Pueblos Libres, propone un análisis crítico sobre el proyecto de Abya Yala. Posmodernidad, imperialismo, poder, clases sociales son conceptos que aparecen implicados en el debate.

 

 

 

“Tierra en estado de madurez”, “tierra fecunda”, son algunas de las traducciones al español que encontramos cuando hablamos del significado de estas dos palabras cuyo origen se encuentra en el léxico de las tribus Kuna y que poco a poco se extiende como nueva designación del continente en el que habitamos.


Dos  palabras que en vuelo poético comprenden una suerte de tierra prometida, más aún cuando con contundentes pruebas y experiencias colectivas se presenta  un reguero sin solución de continuidad de genocidios, saqueos y avasallamientos permanentes en una escala que alcanza ribetes de megamonstruosidad desde la llegada misma del atlántico europeo con fecha de inicio dada el 12/10/1492.

Qué bueno sería que detrás de este nombre el hoy americano pudiese, en un estado de conciencia en avance, percibir en el devenir de su derrotero la profundidad de la relación  con que se encuentra vinculado en necesaria simbiosis con todos los actores naturales y fluir con serena energía hacia la comprensión de su ubicación como parte de un organismo mucho mayor que lo complementa y así actuar en consecuencia.

Abya Yala no es solo un nombre autóctono  que pretende romper con la fatalidad del ser colonizado,  sino que viene siendo el emergente de diversas líneas de pensamiento que tratan de establecer otros paradigmas producto de antiguas cosmovisiones, basados en culturas ancestrales con desarrollo en el mismo continente.

El buen vivir

¡Como no caer en la fascinación de la apuesta al “buen vivir”!, alejado del “vivir mejor”  de las desarrollistas “sociedades occidentalizadas”,  “buen vivir” que rescata esencias olvidadas de un paisaje que a nuestros ojos y nuestras mentes contaminadas les cuesta o no pueden percibir.


Sumak Kawsay (quechua) y Suma Qamaña (aymará) configuran dos construcciones lingüísticas que hacen a la esencia del concepto y que denotan un modo de entender que este buen vivir para sí no es ni mejor ni peor que en relación a los demás y siempre en armonía comunitaria y comprensiva integralidad.

“Buen vivir” que desentraña los caracteres profundos de un pensamiento Abya Yala definido por Rene Ramírez Gallegos, secretario Nacional de Planificación y Desarrollo de Ecuador, como "la satisfacción de las necesidades, la consecución de una calidad de vida y muerte dignas, el amar y ser amado, y el florecimiento saludable de todos y todas, en paz y armonía con la naturaleza y la prolongación indefinida de las culturas humanas. El Buen Vivir supone tener tiempo libre para la contemplación y la emancipación, y que las libertades, oportunidades, capacidades y potencialidades reales de los individuos se amplíen y florezcan de modo que permitan lograr simultáneamente aquello que la sociedad, los territorios, las diversas identidades colectivas y cada uno —visto como un ser humano universal y particular a la vez— valora  como objetivo de vida deseable (tanto material como subjetivamente, y sin producir ningún tipo de dominación a un otro). Nuestro concepto de Buen Vivir nos obliga a reconstruir lo público para reconocernos, comprendernos y valorarnos unos a otros— entre diversos pero iguales— a fin de que prospere la posibilidad de reciprocidad y mutuo reconocimiento, y con ello posibilitar la autorrealización y la construcción de un porvenir social compartido".

Pero,  ¿son estas las esencias continentales que en su rescate configuran la tabla salvadora, el camino del recupero de la dignidad avasallada en siglos de ignominia y machacado transplante cultural?

La mendicidad europea

En un ejercicio de análisis retrospectivo es preciso indagar si es verdad la historia de saqueo sistemático y permanente, de magnicidio a escala continental, de esclavización directa  o a través de otras formas indirectas desde la llegada misma del hombre atlántico -de allende los mares-,  y cabe concluir afirmativamente, que inclusive se encuentra perfectamente documentado y probado sin hesitación alguna del inmensurable flujo de recursos de todo tipo sacrificados en el altar de la “céntrica” Europa.

Cuando se dice  recursos no solo la referencia es en relación a los de tipo material, también caben en el término los millones de vidas y demás cuestiones que determinaron la destrucción de naciones, culturas, riquezas espirituales, modos de vida y de entender la naturaleza. Recursos que en suma fueron fundamentales para que Europa emergiera de su papel de mendicante de segundo orden, que le insumía la dependencia crónica del Oriente. Mendicidad dependiente que le obligó a los reinados que perfilaban su consolidación en la Edad Moderna a buscar desesperadamente un camino alternativo al Asia luego de que los turcos manejaran a su antojo las rutas continentales.

Mas hoy y luego de que el capitalismo como sistema dominante ha puesto al mundo en una carrera loca de consumo, egoísmo, producción masiva e indiscriminada de artículos de descarte casi instantáneo para satisfacer las necesidades del mercado y no de las necesidades humanas, de despilfarro como nunca se había visto de los recursos naturales y de sometimiento de cientos de millones de seres humanos a condiciones de explotación y empobrecimiento miserable es preciso preguntarnos desde donde debemos pararnos.

Esto es liminar porque Abya Yala no es sólo la designación continental, sino que pretende ser mucho más que eso, significaría si no una filosofía distinta a la occidental, una cosmovisión diferente.

Sustratos de Abya Yala

Aún cuando Abya Yala nos subyugue desde la proposición en una perspectiva de otro dimensionamiento, es necesario escarbar en profundidad la verdadera significación que subyace para conocer las raíces de la planta que nos ofrece este fruto.

A partir de estas consideraciones previas, que por cierto no dejan de ser tentadoras, llevan a indagar por debajo de la superficie buscando los sustratos que le dan forma al producto. Aparecen aquí posiciones preocupantes sustentadas con ideas propias de un  postmodernismo que vale analizar. Alguna vez dije que, en nuestro afán, tuviésemos cuidado de no caer en el impulso de consideraciones románticas de pasados que no existieron.

En relación a ello aparecen subjetividades históricas como anclaje de estos otros paradigmas que afloran a la superficie como salida al caos de la sociedad consumista y degradante.

Lo que el postmodernismo diluye

El postmodernismo, como línea de pensamiento, se abre camino como supuesto en oposición al modernismo que basaba su credo  en construcciones tendientes a la universalidad desde una fe ciega en la ciencia y en la razón. Desde la perspectiva de sus pensadores el postmodernismo destaca, como herencia de los postulados estructuralistas, el carácter fragmentario, heterogéneo y plural de la realidad y establece como rasgo central a destacar  lo que indica conceptualmente el italiano Gianni Vattimo,  esto es que “la certeza de un hecho no es más que eso, una verdad relativamente interpretada y por lo mismo, incierta”.

Estas posiciones son intrínsecamente dañinas puesto que sus consecuencias permiten que cualquier punto de vista sea atendible o que, de última, sea indiferente. horadan desde el individualismo elaboraciones teórico científicas con tendencias abarcativas  y estimula la convicción sobre la imposibilidad de consolidar construcciones colectivas con fuertes lazos de unidad y objetivos tales que permitan luchar conciente y concretamente contra las injusticias, la explotación y el imperialismo, por ejemplo. Dos modelos que representan esta tendencia y que se muestran desde la publicidad, son el Fido Dido de Seven Up y su lema “hace la tuya” y los spots publicitarios de las zapatillas John Foos (“las únicas zapatillas para no hacer nada” es su carta de presentación) donde es evidente que detrás de las intenciones promocionales del producto se trata de direccionar la natural rebeldía de los jóvenes –urbanos fundamentalmente-  hacia el vacío más inconducente y estéril (peligrosísimo).

El relativismo postmodernista desaparece al ser humano como parte de las relaciones de producción que ni siquiera considera. Las relaciones de sujeción y subordinación que genera el capitalismo y que le son propias -como la segmentación de la sociedad en clases- son ignoradas completamente, entonces el sujeto dejará de ser un proletario o un burgués para convertirse solo en un “consumidor” y aquí sí está el meollo de la cuestión. En consecuencia este “consumidor” será el centro de atención, se disuelven en el análisis la tipificación en clases de la sociedad, desaparecen las categorías dadas por la división internacional del trabajo, también la categoría de países opresores y oprimidos. Solo subyace el concepto de imperialismo desde el punto de vista de la colonización, entendida ésta sobre todo desde una centralidad cultural.

La dominación imperialista

Este punto termina ligando con las elucubraciones teóricas de los gurúes del Departamento de Estado de los EEUU, especialmente a Samuel Phillips Huntington, autor de la teoría llamada “Choque de civilizaciones”. Posición que esgrimen las potencias imperiales como mascarón de proa y desde la que han justificado las últimas tropelías norteamericanas (y de sus aliados) en el mundo, sobre todo en Afganistán e Irak y posiblemente una futura en Irán. Ocultan desde el disfraz de la defensa de las civilizaciones buenas contra las que representan el “eje del mal” -donde se refugia el terrorismo musulmán- sus verdaderos intereses de superpotencias. El enemigo “comunista”, luego de la caída del muro de Berlín y del socialismo virtual, ha sido reemplazado por un personaje nuevo a controlar: “el terrorista” musulmán. Por estos lares la sanción de la ley antiterrorista de Cristina mama de estas concepciones.

El corsé de la lucha cultural

El postmodernismo, con sus bases teóricas asentadas sobre arena movediza, allana el camino hacia la fragmentación social, el individualismo, el hedonismo, la inmediatez. Una de sus consecuencias es la imposibilidad de descubrir la historia del hombre sobre bases científicas objetivas y crea un campo propicio para la proliferación de grupos desprovistos de cimientos fuertes como son los de  New Age, de otros que pretenden abrevar de una superficial orientalidad, de nuevas iglesias evangélicas, iglesias cientistas, agrupaciones satánicas, etc. Así el mito, las creencias, el conocimiento parcializado con base solo en la experiencia subjetiva se abre paso a admitir lo precientífico  a la par que lo sometido a las reglas de la contrastabilidad y la refutación.
El admitir que las contradicciones y las complementariedades se dan principalmente a nivel cultural secundarizando lo económico tiene sus consecuencias, el carácter de la dominación deviene, por lo tanto,  de un origen diferente subvirtiendo las causas, el caballo se pone detrás del carro.

El avasallamiento cultural no es el principal objetivo de las potencias imperialistas, este es una herramienta o una consecuencia. El manejo de la política cultural de una potencia imperial en la región que subordina o pretende subordinar se encuentra siempre en relación con los intereses económicos pretendidos y a veces estará dirigida a destruir e imponer, otras veces será una mixtura deliberada y también (si así le sirviera) de respeto o inclusive promoción de las costumbres e idiosincrasias locales.

Si fuese que se impusiera considerar que los males del continente bajo la égida del “choque de dos culturas” (suena a tufillo Huntington) comienza el “último día de libertad” (12/10/1.492), como propugnan los sectores que siguen esta tendencia, se parcializa el análisis impidiendo ir hacia las causas profundas. No se puede considerar el proceso europeo independientemente del proceso americano –ni del oriente y del africano-, las brevas estaban maduras para que ocurra lo que ocurrió.

La historia y el poder

Se presentaba entonces una Europa asfixiada continentalmente que venía componiendo políticamente sus estados modernos junto a adelantos tecnológicos y cambios económicos sociales, a la par encontramos una América dividida, sus grandes imperios cimentados en pies de barro.

Algunos, como el imperio Inca acosado por las consecuencias de una ingente guerra civil de sucesión y sostenido a base de dominación y tributo sobre los vecinos, se fueron desgranando a manos del invasor que especialmente en su conquista aprovechó las  ambiciones y contradicciones locales. Sin esta situación de deterioro político social nunca, por ejemplo, Pizarro hubiese podido conquistar el imperio del Tawantisuyo con el armamento y la ínfima cantidad de soldados que lo acompañaban ante un ejercito organizado bajo un mando piramidal y divisiones de 10.000 hombres cuya constitución, orden y disciplina, misión, logística y modo de operar tenía básicamente las características de las fuerzas militares actuales.

Las cuestiones abrevadas centralmente en la concepción del choque cultural son desarrolladas desde las teorías de la descolonización sin ir en profundidad a las causas reales de la dependencia, para identificarlas y destruirlas. Por lo tanto en vez de plantearse las tácticas necesarias para el combate exitoso contra el yugo de la dominación se elige el camino de la creación de espacios alternativos que siempre terminan siendo marginales o periféricos. Tal vez -es para pensarlo- la situación actual en realidad lo que termina mostrando son los límites de las democracias burguesas y su objetivo de  desarrollo de un capitalismo independiente y “humano” (dice Cristina). Por ello y para estas líneas de pensamiento la independencia real y efectiva no es un tópico a desarrollar atento que el problema principal no sería, como decía más arriba, las relaciones de subordinación y dependencia que genera el capitalismo, sino que el problema es centralmente cultural.

Existen algunos ejemplos que en este sentido llaman la atención por cuanto al ser experiencias recientes cabe preguntarse sobre si aquellos movimientos imbuidos de estas concepciones postmodernas en realidad no son más que un escape hacia adelante manteniendo los elementos esenciales del sistema.

En relación a la manifestación anterior cabe traer a colación al movimiento zapatista, nacido a la consideración mundial el 1/01/1.994 y que en una carta pública titulada “Comienza el zapatismo civil nueva etapa...", ( La Jornada , 23/11/05) en el punto octavo claramente establece sus límites políticos en esa nueva fase que anunciaba: "Ahora haremos con aquellas personas que con la actitud y el trabajo demuestren que así lo quieren, un nueva organización política zapatista, civil y pacífica, anticapitalista y de izquierda, que no luche por el poder y que se empeñe en construir una nueva forma de hacer política”.  En tanto que para aventar las dudas, en una nota realizada por el periodista Ignacio Ramonet al Subcomandante Marcos y publicada en el diario español El País el 25/02/01  titulada “Haremos política sin el glamour del pasamontañas" este último afirmó que “En nuestra propuesta política, nosotros decimos que lo que hay que hacer es subvertir la relación de poder, entre otras cosas porque el centro del poder ya no está en los estados nacionales. De nada sirve, pues, conquistar el poder.” Aparecen en estas palabras un sesgo centralmente conservador, ya que el  no planteo de la lucha para conquistar el poder, poder enquistado en el estado que a su vez es el sostenedor del sistema capitalista, deviene en que las pretensiones no pasarán de ser simples maquillajes pero nada  de fondo.

Una situación que tiene características similares se produce en Bolivia, con la diferencia allí de que el MAS puso a Evo Morales al frente del estado, y donde se imponen los conceptos derivados de la interculturalidad y la complementariedad y en que la lucha anticolonial solo constituye un relato verbal, secundarizando inclusive la lucha indígena por sacarse de encima el yugo colonial y donde convive con los intereses de las multinacionales de los imperios que oprimen  al pueblo boliviano.

Soportes de las teorías

El establecer que la realidad solo es relativa, que el conocimiento científico se encuentra a la par del precientífico, la carencia de vocación de universalidad, la complementariedad, la contradicción cultural puesta por sobre las contradicciones que generan las relaciones de producción son el campo fértil para el avance de posiciones indigenistas que terminan exacerbando supuestas cosmovisiones que proponen la vuelta a una especie de paraíso terrenal (un Deja Vu mítico-imaginario enclavado en un tiempo feliz anterior a 1492) que no indaga o por lo menos que no echa luz de las luchas y las profundas contradicciones existentes en la América precolombina.

Puesto que la contradicción fundamental sería entonces cultural, en este caso expresada como civilización occidental (cultura mala) versus civilización local (cultura buena) no es difícil inferir, desde una reivindicación identitaria, que el indigenismo aparecería como una necesidad a imponerse, no obstante y a falta de una vocación política de poder y universalizadora las consecuencias reales son sólo la exploración de resquicios inclusivos y una manifiesta imposibilidad real de luchar por la liberación concreta.

Al ser cultural el principal problema, entonces la reafirmación sin otro aditamento que el de la identidad propia lleva la consecuencia de una posición etnocentrista, fragmentaria y chauvinista.

El tema no es baladí, disfrazadas con piel de cordero surgen estructuras cuyo soporte final son las potencias imperialistas que muchas veces se presentan bajo el inocente rótulo de “Ongs” apareciendo como organizaciones de buena voluntad haciendo hincapié en el ecologismo y los derechos de pueblos originarios. Estas Ongs, que suelen montarse solapadas sobre genuinos reclamos, juegan  a exaltar los nacionalismos y las reivindicaciones originarias, pero sus verdaderos intereses se encuentran detrás de los recursos naturales sobre los que se asientan territorialmente esos pueblos, incentivan las divisiones y hacen peligrar las estabilidades político-geográficos de los estados nacionales.

Esto es evidente que ocurre en países de nuestra América como en Bolivia y que se insinúa inclusive en Argentina, por ejemplo, con la nación mapuche en la Patagonia donde llama la atención que la organización denominada Enlace Mapuche Internacional (Mapuche International Link), que tiene su sede en la ciudad de Bristol –Inglaterra- y desde la que se reivindica el Reino de Araucania y Patagonia, curiosamente tres de sus objetivos proclamados son “Contribuir a desarrollar contactos entre organizaciones Mapuches y Europeas”, “Establecer enlaces entre escuelas ubicadas en comunidades indígenas de Chile y Argentina con escuelas europeas o de otros países” y “Alentar a jóvenes europeos a participar en actividades o emprender trabajos voluntarios en comunidades indígenas bajo un espíritu de cooperación y en áreas mutuamente ventajosas”.

Entonces digo, aparecen en el horizonte sombras de cosas que a medida que se acercan muestran que no todas son iguales. Los caminos se bifurcan, algunos son los de la libertad y los de la hermandad de los pueblos, pero otros son caminos falsos que no conducen  a ningún lado (son caminos ciegos) y otros son caminos que aparecen embellecidos pero que al final del derrotero (término de la náutica) el destino sigue siendo el de las cadenas de la opresión.

Publicado por Río Bravo el 27 de mayo de 2012