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Sábado, 20 Junio 2020 19:37

Una anécdota sobre Artigas y la libertad, a 256 años de su nacimiento

Escrito por Río Bravo

A pocas horas de haberse cumplido 256 años del nacimiento de José Gervasio de Artigas, reproducimos una anécdota que pinta con elocuencia el espíritu independentista y las ansias de libertad del prócer oriental. Una libertad fuertemente atada a la dignidad del pueblo y la justicia social, lejos de la concepción individualista y despreocupada por el porvenir colectivo, que a menudo se pretende reducir e identificar con el banal y mezquino deseo hacer lo que uno quiere, sin importar sus consecuencias.

Artigas y los perros cimarrones

A pesar de tantas pruebas Artigas quedaba inflexible en su patriótico empeño y resuelto a no transigir con los invasores. Ahí va una prueba más de ello. Al ver las deserciones que empezaban a producirse en las filas del indomable caudillo, Lecor creyó llegado el momento de proponerle un advenimiento pacífico. Le ofreció el goce de Coronel de Infantería portuguesa retirándose a residir en Río de Janeiro u otro cualquier punto del Reino de Portugal, a condición de que disolviese las ya reducidísimas fuerzas que le quedaban y entregase sus armas y municiones.

Diezmadas -dice Arreguine- se encontraban las fuerzas del Libertador; rota aunque no abatida su bandera; sombrío el porvenir, y sin más esperanzas que la de la muerte; pero el altivo caudillo de los orientales rechazó con altura la degradante proposición que se le hacía, contestando al enviado del generalísimo portugués: "Dígale a su amo que cuando me falten hombres para combatir a sus secuaces, los he de pelear con perros cimarrones".

Otra versión es la del presidente del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, el profesor Edmundo M. Narancio, cuya fuente es el periódico "El Censor", publicado en Buenos Aires en los tiempos que nos ocupan, exactamente para el caso, su número 83 del día jueves 23 de abril de 1817, en su primera página, bajo el título "Remitidos" (sin autor o firma) que comienza así:

Sr. Censor

Acaba de llegar a mi una noticia que ha llenado mi corazón de más amargura que si nos hubiera derrotado un ejército. Se me ha dicho que el General Artigas, cuando dio la libertad a los oficiales de esta capital, que tenía en cautiverio, envió un recado a nuestro gobierno concebido en los siguientes términos: que le habría de hacer la guerra eternamente, y cuando le faltasen hombres habría de criar perros cimarrones.

Aún aceptando que el momento político, con la más notoria complacencia con que el Directorio había aceptado la invasión portuguesa de la Banda Oriental, puede explicar el deseo porteño de poner a Artigas del peor modo posible ante la opinión pública en Buenos Aires, lo cierto es que el Prócer, presa de la natural ira que la defección porteña (una vez más) le habría producido, debió pronunciar o escribir tal frase.

Artigas conocedor como pocos o como nadie, de la tierra natal y de los seres, racionales o irracionales que la poblaban, quiso, evidentemente, indicar que, aún agotada la reserva humana, algo más habría de quedar en medio de la tragedia total, campeando sobre las cuchillas patrias, símbolo vivo, como el propio gauchaje, del invencible y vocacional sentimiento de libertad, que era como la entraña misma de la nación oriental.

Ellos eran también un símbolo de esa fuerza invencible que animaba a los orientales en la lucha por su independencia y la conservación de su dignidad. Fue esa la mejor, la más grande reivindicación del perro cimarrón, del salvaje predador de ganados, merodeador de los campos, el ser símbolo, junto al gaucho y al indio, de la libertad de la tierra y su pueblo. Símbolo máculo y rebelde.

Publicado en Río Bravo el 20 de junio de 2020 / Reproducido de cge4.ejercito.mil.uy/armas/caballeria/museos/Artigas/Cimarrones.htm

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