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Martes, 12 Mayo 2020 10:31

Extraño el aula

Escrito por Jorgelina Rodríguez Cecchin*

Nunca pensé que extrañaría tanto esa serie de cuatro paredes por las que me desplazaba casi a diario, cotidianamente, subiendo y bajando escaleras, corriendo para llegar de una a otra, cargando tizas, borrador, fibrones, fotocopias, cajas, libros, esperanzas y cronopios.

El aula. Ese espacio dentro del que ha sido uno de los espacios más importante de mi vida: la escuela, tan llena de contradicciones y diversidades.

Nunca pensé que extrañaría tanto. No, nunca imaginé. Porque también casi a diario en el aula las cosas no salen como las pensamos, como las planificamos, como esperábamos. Porque las aulas a veces se desbordan de problemas que llevamos a nuestras casas, que cargamos en nuestros cuerpos agobiados, que traducimos en angustia y estrés.

Porque el trabajo rutinario a veces cansa, a veces es dormir pocas horas y comer mal, porque el aula a veces no me deja tiempo para respirar, para ser, para mis pasiones, para dibujar sin preocuparme de la hora, para sentarme a tocar la guitarra en el patio hasta que me dé la gana, para leer ese libro que compré hace dos años. Porque corro toda la semana anhelando el viernes y detestando los lunes.

El aula que a veces es miedo. El aula que a veces es quiero salir corriendo porque no aguanto más que no me miren, que lo que haya en las pantallas de los celulares sea más importante que la clase que preparé, soñando con un hermoso círculo cerrado de compañerismo y armonía. Amor que quería dar hecho palabras pero que se rompe y estalla hecho añicos, enredado en las telarañas de una escuela que dicen que ya está vetusta y carente de interés para las nuevas generaciones.

El aula, ese espacio inmaterial que parece salido del realismo mágico y que a veces es tan potente que te pega sopapos de realidad cuando después de pedir chicos bajen un cambio, chicos, a ver, bajen la voz, hagamos un poco de silencio, chicos no…

Un alumno se para y azota el borrador contra el pizarrón y termino envuelta en una nube de polvo. Cinco golpes secos que producen el milagro: todos miran al frente y se callan.

Entonces él me enseña: “cuando quiera que se callen haga eso, profe”. El método efectivo para la atención: el golpazo.

Hace muchos años hubo una vez un aula donde “M” se paró enojado con un compañero y le dio un puñetazo al pizarrón que casi rozó mi cara. El mismo que a veces era pura ira e insultaba, que se llevó la materia porque no hacía nada y la aprobó con un ocho, en dos semanas. El mismo que mientras me ayudaba a lavar los materiales en el patio me sonrió por primera vez y me contó su vida. El mismo “chico problemático” al que le gustaba sentirse útil y que el último día me dio un abrazo y me enseñó para siempre una de las lecciones más crudas pero a la vez más hermosas de mi vida.

Muchas escuelas y muchas aulas me atravesaron en estos casi 15 años de transitarlas como profe. No me atravesaron como un río…más bien como un tsunami. ¿Cuántas veces me habré sentido tan frustrada que quise tirar la toalla? Bromear con dejarlo todo y poner un quiosco. Decir en serio "yo voy, doy mi clase y listo, que se arreglen como puedan" y no poder cumplirlo nunca, jamás.

Pero el aula también me regala magia. Escuchar una poesía escrita por una muchachita y quedar sin aliento. Estar corrigiendo y leer un cuento tan hermoso que me hace llorar. Los abrazos de mis amorosos ex alumnes que me visitan en los recreos (sí, en los recreos), que regalan amor en sonrisas, anécdotas, que piden y dan consejos. Mis alumnes que me cuentan algo que no se atrevían a contar, que se apasionan para organizar una muestra, que vencen sus miedos y confían, que me dicen gracias porque ese viaje, esa charla, esa lectura, esa obra de teatro, esa palmada en el hombro fue lo mejor que les pasó en la vida.

¿Qué puede ser más alentador que ver a la chica que se sentaba sola en un rincón riendo a carcajadas mientras recortan, pegan, arman y desarman con sus compañeras? Atesoro cada pequeño gesto y cada regalo que me han hecho los gurises, como les llamo así, en general, sin distinciones.

No sé qué va a pasar después de esta pandemia que nos transformó la vida de golpe y porrazo obligándonos a dejar las escuelas y las aulas en silencio. Quizás todo vuelva a ser como antes y volveremos a cargar con la balanza que a veces se inclina por el peso de lo malo y nos agobia. ¿A quién se le ocurriría la insensatez de pensar que una pantalla pudiera reemplazar a esos cientos de ojos que como almas redondas nos envuelven a diario y nos recuerdan la esperanza?

Pero sí sé que cuando pueda volver a mi trabajo me resultará muy difícil pisar el aula, la primera que me toque, sin suspirar. No sé si podré contener las lágrimas, si seré tan fuerte como para contener mis ganas de olvidar todas las diferencias, los barbijos y las distancias exigidas y abrazar a todo el mundo.

Anhelo volver a mirar las caras de mis gurises. Aunque a veces haya que azotar borradores.

* Jorgelina Rodríguez Cecchin es profesora de Lengua y Literatura y de Artes Visuales.

Publicado por la autora en su muro de Facebook, reproducido por Río Bravo el 12 de mayo de 2020. La ilustración es del sitio http://www.mcep.es/

Modificado por última vez en Martes, 12 Mayo 2020 16:43

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