Martes, 24 Marzo 2020 06:01

Las flores de marzo

Escrito por Claudio Puntel

El otro día ví que floreció el palo borracho de mi barrio. Lo ví y me entristecí. Es un contrasentido la tristeza, un árbol florecido es algo muy bello, un mensaje muy potente de la vida que continúa renovándose. Pero me recuerda a otro palo borracho florecido hace 44 años.

Estábamos en un campo, era marzo del 76. Mi viejo trabajaba, yo de a ratos ayudaba y la mayor parte del tiempo jugaba, retozaba y trepaba a cuanto árbol hubiera en el camino.

Durante el gobierno peronista, la producción agrícola tuvo un empuje en mis pagos. Los bancos del estado daban créditos accesibles a pequeños y medianos productores. Los agricultores arrendaban tierras, compraban máquinas, levantaban galpones y contrataban decenas de carpidores.

La vieja soldadora de mi padre, una Oxígena de 200 amperes no daba abasto. Soldaba piezas de máquinas que se rompían, reparaba herramientas, armaba torres de tinglados.

Aquél miércoles de marzo todo el mundo arrancó temprano; yo me trepé al palo borracho y me desentendí de las labores de los adultos. Alguien encendió la radio, no recuerdo si había música o qué. En un momento, un locutor de voz impersonal leyó algo, tampoco recuerdo el contenido, ahora sé que era uno de los comunicados de los genocidas. Y uno de los muchachos, el hijo mayor del agricultor, dijo “cayó el gobierno”. De inmediato, mi viejo me mandó bajar del árbol en un tono que no me dio lugar a protesta.

Así, mientras volvíamos al pueblo en un camión atestado de obreros rurales, me hicieron entender que se produjo el golpe de estado tan temido. “Tan temido” al menos por mi viejo, que no era ningún lúcido analista político pero era militante peronista y tenía memoria de otras dictaduras.

Fueron pasando los días, nos llevó mucho tiempo llegar a conocer casi todo lo que hizo la dictadura. Pero uno de los efectos más inmediatos y palpables fue que la soldadora tuvo largos períodos de descanso. A la mayoría de aquellos pequeños y medianos productores los acostó la política de Martínez de Hoz con el aliento a la especulación, la destrucción de la producción nacional y más directamente con la 1050. No sólo que por años no volvimos a construir un tinglado más, sino que vimos como esa gente a la que les hacíamos trabajos iban rematando sus máquinas y herramientas. Trato de relatarlo desde aquellas vivencias; es difícil hacerlo hoy, ya no tengo los ojos de aquél gurí que bajaron del palo borracho.

Pienso en la incoherencia de los palos borrachos que vienen a cargarse de hermosura justo en la época en que la memoria nos trae tanta sangre derramada. Sólo lo entiendo si pienso también en aquella Azucena que floreció entre los escombros; en las 30 mil flores arrancadas, 30 mil proyectos presentes en cada lucha y que volverán junto al pueblo y la patria liberados.

Publicado en Río Bravo el 24 de marzo de 2020.

Modificado por última vez en Martes, 24 Marzo 2020 18:46