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Lunes, 10 Enero 2011 14:48

Vidas de pibes chorros

Escrito por José Amado

Por José Amado - “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” es un librazo de Cristian Alarcón que describe un mundo tan lejano y tan cercano a la vez, relata las historias de los nadies más olvidados y condenados, y nos enseña a contarla desde adentro, que antes de chamuyar hay que ver, sentir, escuchar, conocer, investigar y sufrir.

Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del conurbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen, nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel “El Frente” Vital, diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba, se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. Entre los trece y los diecisiete años el Frente robaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad, por la generosidad con los botines conseguidos a punta de revólveres calibre 32, por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y las de los sobrevivientes de las villas de esa porción del tercer cordón suburbano —la San Francisco, la 25 de mayo y La Esperanza—, son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los pequeños territorios internos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia en esa zona que de lejos parece un barrio y de cerca es puro pasillo”.

 

 A Cristian Alarcón, periodista y escritor, le llegó un comentario sobre una historia interesante para contar. Pero lejos de los expedientes judiciales, fue y vino durante dos años a las villas del tercer cordón del conurbano bonaerense para relatar la vida de un pibe asesinado por la policía. En su libro “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, editado por primera vez en 2003, describe desde adentro la vida de los pibes chorros. El libro me pareció motivo de una nota por dos cosas: primero, para conocer, comprender, un mundo que es el que ya está y se viene cada vez más en las principales ciudades de Entre Ríos: la violencia, la muerte ahí nomás, la falopa, la desidia, la aventura, las agallas, así como la solidaridad de clase, el amor y las traiciones, chorros vs. transas. El denominador común de miles de pibes sin oportunidades. Y también la pérdida de todos los códigos que hasta el principio de la década pasada se resguardaban en el ambiente ilegal. Segundo, porque enseña un modo de contar una historia desde adentro, no desde el balcón. Lo que ahora en investigación periodística se llama periodismo de inmersión.

 

 

El 6 de febrero de 1999 Víctor Vital fue acribillado por un policía de la bonaerense en una casilla de una villa de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Había robado y corrió por uno de los pasillos, pero esta vez no logró que los de azul lo perdieran de vista. El uniformado, Héctor Eusebio Sosa, gatilló varias veces y argumentó que fue para defenderse del caco. Según las pericias, Sosa debería medir tres metros con 30 centímetros, altura que no tiene. Víctor estaba arrodillado, y desde abajo de una mesa les dijo: “No tiren que me entrego”. La autopsia determinó que, por las heridas de bala en las manos, se cubrió la cara cuando le dispararon. Después le plantaron una pistola 32 con seis balas.

 

La noticia tardó segundos en llegar a todos en la villa: “Mataron al Frente”. María lavaba la ropa, Laura dormía, Sabina Sotelo, la madre de Víctor, estranguló a la agente hasta que le confirmó lo que se decía. Una pueblada llena de odio se alzó contra la policía en el campito. Manuel estaba preso en la comisaría primera y vio todo por Crónica TV. A los tres días, el sepelio en la cocina de su casa fue multitudinario. El cortejo partió en un precario vehículo bajo una lluvia a baldes. “Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Manuel El frente Vital”, describe Cristian Alarcón. Aunque años después un tribunal absolvió al cabo Sosa, desde entonces, aseguran, comenzaron los milagros.

 

Publicado por Río Bravo, el 10 de enero de 2011.

Modificado por última vez en Domingo, 27 Febrero 2011 01:50

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