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Domingo, 14 Noviembre 2010 22:49

Como un cordón de zapatilla

Escrito por Pablo Gabriel Felizia

Por Pablo Gabriel Felizia – No hablar, no decir… palabras que surgen como torrente, recuperando tantas historias, hoy y acá, inspiradas por Fucik y por tantos otros, desde ayer y desde allá.

No hablar, no decir, aguantar… y otra vez los golpes, el dolor desgarrador (¿cómo es ese dolor desgarrador?) pero no hay que hablar, no decir… solo aguantar (¿cómo se hace para aguantar?). Está solo, cuatro paredes sin ventanas,  sin ruidos, sin nada… y de nuevo el dolor desgarrador… aguantar. El tipo que está atado piensa: “¿y si digo algo? Aunque sea mentira, capaz aflojan. ¿Digo o no digo? ¿Digo? ¡No digo!”, y el tipo no habla, no dice… solo aguanta. Los otros tipos, los que están bien vestidos, luego del desayuno y frente al tipo que está atado dicen en voz alta: “hablá, decí… si cantás te salvás, volvés a tu casa, estás solo, te abandonaron… si no hablás, si no decís, vas a morir”; los tipos bien vestidos, luego del desayuno y frente al tipo que está atado piensan: “Cómo aguanta este hijo de puta. ¡Que hable! ¡Que diga! ¡La putamadre!”

 

-- Si no hablás… perdiste.

 

El tipo atado, casi inconsciente, con un dolor desgarrador piensa (¿en qué piensa?) “¿Cómo estarán los demás? ¿Habrán aguantado?” Piensa más aún. Piensa en un día cualquiera, en un martes por ejemplo, cuando salió temprano de su casa y visitó a Mariano, a Pato, a Juan, a Miguel, a Sofía, a Luisa, a Dora… y a todos los convenció de que era posible porque primero era necesario. Piensa y recuerda que esa tarde caminó cuarenta y tres cuadras (las contó) para ver a Victoria. Lo recuerda bien: podía llover, tener hambre, estar enfermo, tener rota una pierna, no tener plata para el colectivo, lo que sea… pero a Victoria la tenía que ver igual; era ineludible. Porque si ella estaba dispuesta, la lucha se desataba como un cordón de zapatilla. El tipo atado piensa y recuerda: porque Victoria era mujer y por lo tanto no abandonaba nunca y tenía la profundidad y sencillez para moverse en los momentos difíciles y porque todos escuchaban a Victoria y porque ella decía lo que todos pensaban pero cuando lo decía daba un paso más, y porque… Eran cuarenta y tres cuadras (las contó); habló con ella, la convenció. El tipo atado sigue pensando y recordando: ese martes cualquiera volvió a su casa y se encontró solo, tenía hambre, estaba cansado… (piensa: es feliz) el tipo no tiene nada, no sale en la televisión, no explica, no cuenta, nadie lo ve, nadie nada… pero es feliz. Y ahí está el tipo, atado, con un dolor desgarrador.

 

--Si no hablás… perdiste.

 

Y el tipo escucha y piensa: “¿digo? Si digo tal vez aflojan.” Son seis, a lo sumo cuatro segundos en que duda… y duda mucho y todo le duele y todo parece inaguantable. Pero el tipo aguanta esos seis, a lo sumo cuatro segundos (los más duros) y no habla, no dice… aguanta lo inaguantable. El tipo sabe que va a morir hable o no. Es feo, muy feo pero es así y lo sabe. Sabe también que ya no va a caminar ninguna calle, ni va a visitar a nadie; que lo que él era se termina. Sin embargo el tipo sabe que si no habla y si no dice, otro caminará esas cuarenta y tres cuadras (o las que sean) y Victoria (o la que sea) va a poder desatar los cordones de la zapatilla.

 

--Si no hablás… perdiste.

 

Y el tipo sin dientes, muestra una sonrisa que para los tipos bien vestidos y desayunados es una bala de muerte y un dolor final desgarrador. Y el tipo sin dientes no habló, no dijo… sobre el final de su última batalla, antes de que todo termine,  piensa… (¿en qué piensa?) en que la felicidad está escondida en la certeza objetiva de la victoria ineludible.

* Escrito a partir de la lectura de “Reportaje al pie del patíbulo”, del escritor, periodista y comunista checo Julius Fucik, secuestrado por la Gestapo en 1942 y asesinado por los nazis en Berlín, en 1943. El libro fue escrito durante su cautiverio.

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