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Sábado, 01 Febrero 2020 11:16

Santiago y los sábalos

Escrito por Claudio Puntel

¿Por dónde andará Santiago Balanda? Espero que siga trabajando la madera con la misma calidad de otras épocas, y que no le falte trabajo. Santiago era carpintero y pintor de casas (con rodillo y pintura, no como el Irlandés de la película). Vivía en una casa muy humilde del barrio Cerro con su compañera y un montón de gurises.

Como las changas de carpintería solían tener temporadas muy flojas, acostumbraba también a meterse a peón en muchas obras. Cuando tenía 16 años, me tocó ser su ayudante en algunos de sus laburos.

Es difícil comprender hasta dónde muerde a nuestro pueblo la dentadura del hambre y qué significa cabalmente que en una mesa rodeada de gurises no haya nada para poner en el plato. En la casa de mi compañero Santiago pasaba eso y a mí me llevó mucho tiempo entenderlo.

Una tarde pasó a contarme que el río estaba lleno de sábalos, que iba a armar una red para pescarlos y me invitaba a acompañarlo. Al otro día, casi de tardecita vino a buscarme con unas bolsas de cebolla enrolladas en unos palos.

Llegamos a la costa del río, justo donde el arroyo del Teyú Yaguá desemboca en el Uruguay. De imediato se puso a desenvolver lo que me pareció un montón de bolsas. En realidad era una red perfecta, armada con unas cuantas bolsas de cebolla prolijamente cosidas y con unas listones de madera que las mantenían erguidas.

Me alcanzó una punta de la red y luego de extenderla, me explicó que había que meterse al agua y avanzar lentamente barriendo con la red. Lo hicimos varias veces. La red se enganchaba en ramas, arrastraba piedras del fondo. Pero de sábalos, nada. Balanda me gritaba, "mirá ese cardumen" o "fijate cómo saltan". Y yo no veía nada de eso. De verdad que no había nada.

El asunto me gustó al principio, pero luego de un rato largo de arrastrar la red de ida y de vuelta y que no pase nada, me empecé a cansar y a pensar que no tenía sentido continuar con aquello. Se lo dije al Santiago y me reprochó la falta de entusiasmo. En un momento le avisé que me marchaba y él decidió seguir intentando.

Me fui pensando en qué ganas tenía de joder con esa pavada improductiva.

Pasó el tiempo y me volvió a convocar para otro trabajo. Tenía que ayudarlo a cambiar un piso de madera. A media mañana, con el trabajo avanzado, nos hizo falta una garlopa para acomodar un par de tablas. Yo andaba con la bicicleta y me pidió que mande una pedaleada hasta su casa y busque la herramienta.

Mientras esperaba que me atienda alguien de la casa, ví llegar a uno de sus hijos, un gurisote, con dos armados colgados de un alambre. Bien de cola dura y arqueados los dos bichos, andá a saber cuánto tiempo llevaban fuera del agua. El gurí se mostraba feliz con los dos pescados y la madre se puso mucho más feliz cuando él se los entregó.

Recién ahí me dí cuenta de unas cuántas cosas que estaban todo el tiempo delante de mi vista, creía saberlas pero no las entendía a fondo. Debí haberme dado cuenta aquella tarde en que Santiago debió meterse al agua con su pantalón largo de obrero y sin sacarse las alpargatas, mientras yo dejaba mis ojotas a un costado y entraba con un pantalón de baño. Recién cuando comprendí que esos dos armados abombados por el sol para esa familia eran promesa de almuerzo, empecé a darme cuenta que el hambre no nos muerde a todos del mismo modo. Después seguí aprendiendo.

Si aquella tarde de la red me hubiera dado cuenta de que mi cumpa necesitaba, aunque sea uno sólo de esos sabalitos para que sus hijos puedan cenar esa noche, te juro que me zambullía y me ponía a cazar sábalos aunque sea a ojotazos. Quizás todavía hay tiempo para que el Santiago me disculpe los años que me costó aprender.

Publicado por Río Bravo el 1 de febrero de 2020.

Modificado por última vez en Martes, 04 Febrero 2020 17:37