Domingo, 08 Marzo 2020 21:20

Nos falta Fátima Florencia Acevedo

Actualizo la búsqueda de Google cada 5 minutos después que el run run del rumor se va haciendo un ruido casi insoportable. Actualizo deseando que sea falsa alarma. Me escriben distintas compañeras y leo en ellas la misma angustia. Actualizo y el rumor es un hecho: Fátima Florencia está muerta, fue asesinada. La bronca otra vez como cuando asesinaron a Micaela, Gisela, Priscila, Miriam, Lidia, Jésica, Rosa, Florencia, Lucía, Solange, Josefina y todas las demás. Siento que no me da más el cuerpo de angustia, pero sé que me tiene que dar. Nos organizamos rápido, nos llamamos por teléfono, nos consultamos. El domingo familiar se diluye, pero mi amor me abraza y mis compañeras me escriben... me voy sintiendo cada vez menos sola.

En Tribunales somos miles. El mate silencioso, las que van llegando buscando aquel abrazo forjado en la lucha, las lágrimas de bronca, los carteles de pedido de justicia, configuran un deja vú interminable, cíclico. En voz bajita nos comentamos la negligencia estatal: "Ella hizo todo lo que tenía que hacer", "hizo denuncias que fueron desoídas", "Martínez tenía denuncias desde 2017", "la dejaron salir sola", "no volvió al refugio y no hicieron la denuncia", "no metieron en prisión preventiva al femicida a tiempo", "tardaron una semana en encontrarla", "nos querían vetar el reclamo en la Fiesta del Mate", "nadie da la cara". Hay mucha tristeza. La rabia crece. ¿Nos quedamos hasta que salgan? Queremos explicaciones. Exigimos la Ley de Emergencia. Formulamos que hay funcionarios responsables que tienen que renunciar ya.

Me abstraigo, me voy en mí misma. Pienso que hay momentos donde parece que todo vuelve al punto cero, que no se avanza, pero esa sensación desaparece rápidamente y ahí están mis compañeras para clarificar en eso. Todos los derechos los hemos conquistado nosotras, eso me vuelve a ubicar en el tiempo y el espacio, celebro a las que nos antecedieron y dibujaron ese camino. Pienso en Clelia Iscaro y María Conti y en ese nosotras que fue solidificándose en los Encuentros Nacionales de Mujeres y digo "¡qué alivio que nos tenemos!". Busco a mis compañeras más grandes porque con ellas es todo más fácil. Busco a las pibitas y me impregno de una energía que parecía extinguida unas horas antes. Me siento yo de nuevo y no tan enajenada por el dolor. El dolor se va transformando en lucha, como siempre, como todas las veces que nos arrebataron a una.

Seguimos en Tribunales, hay una conferencia que no podemos escuchar, nos avisan lo que van diciendo otros/as que están escuchando, queremos ser parte, pedimos que nos expliquen, nos acusan de que no dejamos salir a los funcionarios y aclaramos la situación: claro que queremos que salgan, estamos esperando explicaciones.

Mientras tanto los grupos de WhatsApp arden. Llegan miles de mensajes de la escuela, de las de familias de la escuela de mi hijo, mis primos, compañeros, amigos. Todos hermanados/as en esa desazón tan particular de cuando ocurren los femicidios.

Son las 20 y todavía la justicia nos tiene en vilo, no salen y nos acusan de no dejarlos salir. Remarcamos: claro que queremos que salgan, estamos esperando explicaciones. Vamos levantando más la voz exigiendo la Emergencia. Que renuncien los funcionarios responsables.

Con un nudo en la garganta comunicamos a nuestras familias como viene: "tal vez no vuelva a dormir", "guárdenme comida", "dale un beso a los chicos de mi parte", "traeme agua y comida", "te escribo para contarte como sigue".

Nos vamos cruzando con otras compañeras e intercambiamos, pensamos que la marcha de mañana 9M tiene que ser masiva, tenemos que seguir trabajando en eso. Preguntamos a otras: "¿hasta cuándo nos van a seguir matando?" como si las demás tuvieran una respuesta. Nos abrazamos y pensamos que esto tiene que cambiar, que hay que sacudir profundamente las estructuras putrefactas, que nunca más un femicidio cantado puede no ser escuchado. Hablamos con Flor, la amiga de Fátima Florencia y como si quisiéramos cargar un poco su angustia le decimos que esto marca un antes y un después en la lucha de las mujeres.

Sabemos que es así, que la Ley de Emergencia se extendió demasiado, que tiene que ser ya con presupuesto real e implementación.

Nos abrazamos de nuevo, es la madrugada y diagramamos cómo seguir mañana. Nos decimos que con Fátima Florencia contamos 68 mujeres asesinadas en 2020. Tenemos dolor y una gran certeza histórica: estamos camino a conquistar la mitad del cielo.

(*) Daniela Vera es docente, integrante de la Multisectorial de Mujeres Entrerrianas, militante de la Campaña por la Emergencia en Violencia hacia las mujeres y del Partido Comunista Revolucionario - Partido del Trabajo y del Pueblo (PCR-PTP)

Publicado por Río Bravo el 9 de marzo de 2020.

Publicado en Derechos Humanos

Desde 2017, una joven madre denuncia por violencia a su pareja. El Juzgado de Familia N°1 dispone algunas medidas y entrevistas, pero todo sigue igual. Un hombre con trabajo y una mujer desocupada a cargo del niño de ambos, sin una familia que la pueda contener. Violencia física, psíquica y sexual, amenazas y hostigamientos. En noviembre del año pasado, le manda un mensaje a su amiga: “Cuando termine muerta por culpa de él, puede ser que la Policía y el Juzgado hagan algo”. Lo sabía, porque así le sucedió a muchas. Dice basta y se separa. El 31 de enero pasado, el hombre casi le arroja ácido muriático en la cara. Ella lo denuncia. Al hombre le imponen restricciones que le son notificadas el 6 de febrero. La chica se refugia en la Casa de la Mujer de la Municipalidad, y sigue recibiendo amenazas al celular. Tiene que volver a verlo porque la Justicia fijó un régimen de visitas al niño, y porque el hombre tiene todavía cosas de ella. El 1° de marzo se encuentran en su casa. La ataca, no alcanza ni a activar el botón antipánico, y la mata. Tal como le había dicho varias veces: “Si no sos mía, no sos de nadie”.

Dirán que se hizo todo lo que estaba al alcance: medidas de restricción, alojamiento en un refugio.

Dirán que si el hombre tomó la decisión de matarla, y ella tomó la decisión de ir a su casa, no había cómo evitarlo.

El Poder Ejecutivo culpará a la Justicia por no haberlo metido preso antes.

La Justicia se exculpará con las escasas herramientas que tiene a su alcance.

La Legislatura nunca dice nada.

O ni siquiera. Dejarán que pase la tormenta y nadie se moverá de su cargo, como sucedió tantas veces. Si no que le pregunten, por ejemplo, a la familia de Carina Pérez, asesinada en 2014 en el barrio Mosconi, luego de radicar denuncia en la comisaría quinta y pedir auxilio en la Secretaría de la Mujer de la Provincia. Ni el comisario ni la secretaria tuvieron la dignidad de dar un paso al costado. En cada femicidio aparece la desidia del Estado.

La careta se les cae, pero no tardan en volver a ponérsela.

Tratar de conseguir alguna información sobre la investigación durante la semana en que Fátima estuvo desaparecida, fue una misión imposible. Desde el Gobierno de la provincia se bajó la orden de que nadie hablara, y que el fiscal pusiera la cara. En la Fiscalía apagaron los celulares o simplemente no los atendían. Silencio de radio de punta a punta.

También resultó difícil oír una voz crítica en la Semana de la Mujer, ante la desaparición de una joven y la detención de la expareja, sistemáticamente denunciado. La marcha convocada por las amigas de Fátima, el sábado a la mañana, tuvo muy escaso acompañamiento. Les voceres del feminismo con cargos públicos en la provincia, a lo sumo compartieron en Facebook el pedido de localización de Fátima. Ahora serán les primeres en criticar algún título periodístico desubicado.

En Entre Ríos se procura que ningún grito haga tambalear el status quo. Los femicidios pasan, les inútiles quedan.

La Municipalidad comunicó que no tuvo responsabilidad en el caso, que se hizo lo que se debía hacer cuando la chica fue al refugio. También dicen que “parece que nada alcanza”: no parece, es!!!. Y no es que nada alcanza. No alcanzan las escasas medidas que toman los gobiernos frente a un diario genocidio de mujeres.

Nicolás Martínez no saldrá de la cárcel nunca más en su vida. Y así dirán que se hizo Justicia. ¿De qué sirve la perpetua? En diciembre de 2012 salió la Ley de femicidios, que impone la máxima pena al hombre que mate a una mujer mediando violencia de género. ¿Algún femicida se contuvo por esta norma? Ninguno. Los crímenes de género aumentaron. Ya no se cuentan por año, se cuentan por hora: hoy es 1 cada 12.

¿Nadie pudo acompañarla a la casa de Martínez el domingo 1° de marzo? ¿Y el control de las medidas de restricción? ¿Alcanza con un techo donde dormir? ¿Cómo se contiene y ayuda a una mujer que está en la calle, con un hijo de cinco años? La dejaron sola.

A Fátima la mataron por ser mujer, joven, madre y pobre, en el orden que cada cual quiera.

Los que tienen que hacer algo y le pagan para ello, o hacen lo que pueden o no hacen lo suficiente, o no hacen nada. Y este femicidio no los va a cambiar: mañana, pasado y el resto del año, cada uno seguirá en su lugar. Lo importante será que Martínez quede preso y que nadie pierda su cargo. Es la misma película ante cada femicidio.

Las únicas y los únicos que hacen algo están todos los días en el campo de batalla. Entre muchas organizaciones sociales y no gubernamentales, solo dos ejemplos: los talleres, capacitaciones e intervenciones para prevenir la violencia, en la Casa de Atención y Acompañamiento Comunitario del barrio Antártida; y la Asociación Mujeres Luchadoras Positivas, con Mónica corriendo casi sola atrás de cada pedido de auxilio de una mujer desesperada.

El proyecto de Ley de emergencia en violencia de género para la provincia ha perdido estado parlamentario varias veces en los últimos años. De la boca hacia adentro, este problema no es una prioridad para nadie que ocupe un cargo en los poderes públicos.

Las marchas y protestan se concentran siempre en la explanada de Tribunales. Está bárbaro que les rompan todos los vidrios que quieran e insulten a funcionarios públicos perpetuos privilegiados con haberes siderales. Pero cruzando calle Laprida, en la Casa de Gobierno y en la Legislatura, también hay vidrios que piden un golpecito, a ver si alguien escarmenta. Ahí están los que deben tomar decisiones ya para frenar este genocidio.

Publicado por Río Bravo el 8 de marzo de 2020.

Publicado en Derechos Humanos
Jueves, 30 Enero 2020 12:24

Ellas, la otra cara del rugby

Karen Gastaldi es del barrio Antonini, Fátima Pezoa, del Anacleto; las dos de Paraná. Juegan al rugby en el club Capibá, del barrio homónimo. Además, casi desde sus comienzos lo hacen también en la selección de la provincia (selección de rugby femenino de la Unión Entrerriana de Rugby). Hablan del deporte a la par que denuncian el machismo ("no sólo en el rugby", aclaran), la estigmatización y la discriminación.

Y cuentan cómo, particularmente a ellas, les duele el crimen de Fernando Báez Sosa producto de la salvaje y cobarde agresión de una patota (una "manada", precisa Karen) de rugbiers en Villa Gesell.

Hacerse lugar

La entrevista es en las tribunas del parque deportivo escolar Enrique Berduc, donde el equipo de rugby femenino del Capibá entrena, aunque mientras dure enero no tendrán prácticas y la propia Karen esté condenada a esperar un año para volver a pisar las canchas: rindiendo una de sus últimas materias para recibirse de profesora de educación física en Santa Fe, tuvo una grave lesión de ligamentos, y recién ahora está volviendo a caminar, de a poco, como parte del proceso de recuperación.

Las dos cuentan que comenzaron a jugar al rugby después de pasar por diversos deportes. Que se enteraron boca a boca y arrancaron por curiosidad, que se enamoraron enseguida del deporte y del grupo de chicas con el que comparten su pasión y que de sus familias, en un principio, recibieron más temor y advertencias que apoyo. Que sos chica, que te vas a lastimar, que los riesgos físicos, que la violencia. Los peros llegan vestidos de cuidados aunque esconden y consagran también ciertos conocidos prejuicios: el rugby, como antes el boxeo, no es "cosa de chicas".

"Mi viejo me había dicho que no quería saber más nada del rugby -cuenta Karen-, que si me pasaba algo yo me manejaba sola. Entonces me lesioné de la costilla y me tuve que ir en colectivo, no me quisieron llevar porque era por el tema del rugby. Después, ya cuando vieron que progresé y que me gustaba, ahí empezaron a apoyarme más."

En el instituto donde estudia para ser profe de educación física, Karen cursó y aprobó una materia llamada Rugby. En la misma nunca le mencionaron siquiera la existencia o la posibilidad de la conformación de equipos femeninos. Cursó toda una materia sobre el rugby pero "ni se habló de la rama femenina, ni se la nombró, ni me había enterado de su existencia."

Deporte de machos

Suele escucharse que el rugby es un "deporte de bestias jugado por caballeros". Desde el vamos, en esos relatos, queda en claro que ellas no tienen cabida. Y, de paso, tampoco los varones que no encajan en la acotada y reaccionaria visión sobre la masculinidad que predomina en el ambiente.

En su recorrido por el profesorado, en un trabajo práctico para una materia, Karen eligió como tema "la construcción social de la masculinidad" y lo abordó en particular en el caso del rugby. "Hablé por ejemplo de la necesidad de verse siempre como más machos... yo creo que en todos los deportes se transmite esto de que sos varón, que tenés que demostrar que sos mejor, que tenés más poder", repasa.

En el trabajo, por ejemplo, sostiene: "Hay muchas personas en el ambiente que consideran que no tendría que existir la rama femenina del rugby, que 'no es rugby' lo que jugamos, que todas las que lo hacemos somos unas machonas o tortilleras o que estamos locas." Respecto de este prejuicio, las dos sientan posición: el problema no es solo la generalización (propia de cualquier prejuicio) sino la carga negativa que se le impone.

Cuenta Fátima: "Cuando yo arranqué acá unos amigos me habían dicho, gastándome, que me iba a volver lesbiana, porque era un juego de chicas en el que íbamos a tener mucho contacto. No le veo chiste." Y Karen: "A mí los amigos de mi viejo, cuando se enteraron, uno de ellos me dice 'che, ¿y todavía no te gustan las chicas?'".

La homofobia aparece no sólo respecto de las mujeres. Según Karen, en el grupo de varones "siempre se refuerza ser más hombre, más macho. Se cagan de risa cuando algo les parece de 'puto', así lo llaman, como despectivo, como denigrante la palabra, cosas así que te demuestran cómo piensan o cómo pueden llegar a actuar."

Sobre la vinculación que, a raíz del crimen de Fernando y de tantísimas otras experiencias similares (incluso en nuestra ciudad), se hace entre rugby, violencia y patotas, Fátima reconoce que "A mí me da bronca, porque nosotras no por jugar al rugby vamos a ir en patota a pegarle a alguien, no tenemos esas actitudes, para mí es algo más de los hombres." En el caso de ellas, que juegan en un club de barrio que sostiene y abona el espíritu y el rol social que esto implica, más alejadas aún se sienten de esa violencia en manada que desde hace un mes impregna las noticias del país. Agrega Fátima: "porque tienen plata pueden ir a un club que pagan no sé cuánto al mes y se creen que pueden hacer lo que quieren." Y aclara Karen: "Los deportes refuerzan lo que uno ya tiene. Si vos venís de tu casa, con lo que vos ya tenés, si no te enseñaron a respetar al otro, eso ya es de cada uno."

En referencia al crimen de Fernando, si bien como grupo aún no se han visto porque están de vacaciones, Fátima cuenta: " estamos todas dolidas, porque ensucian el deporte, nuestro deporte."

Alumbrando una sociedad distinta

Las dos tienen anécdotas para contar en las que han sufrido los prejuicios y la estigmatización por ser jugadoras de rugby. "Ya te caratulan -cuenta Karen-. El otro día fue un amigo de mi papá a comer a casa y el vago sabe que yo juego y agarra y me dice 'che ¿y vos a cuántos has matado?' ¡Así me tiró! Me puso los pelos de punta..." Fátima agrega: "Hemos invitado a muchas chicas que han pasado por acá, y no, no. Después te terminás enterando que es porque lo ven más como para hombres. Acá han llegado chicas que después dicen 'sí, yo vengo pero mi mamá no me deja', y después no vienen más."

¿Y qué haría falta para que el rugby femenino se gane un lugar no marginal en la escena deportiva? "Que nos den la misma bola que les dan a ellos. Hacemos el mismo deporte que ellos, solo que ellos son hombres.", responde Fátima.

Karen, por su parte, adelanta: "yo creo que es una cuestión de generaciones. Se está normalizando que todos los deportes son para todos. A mis papás les cuesta amoldarse, a mis abuelos ya no les podés cambiar la mente, pero lo que es nuestra generación yo creo que va a ser distinto, o lo que le enseñemos nosotros a nuestros hijos, sobrinos, alumnos." Cuenta, en ese sentido, que tiene un proyecto para incorporar al rugby (desde una perspectiva distinta a la que está tan en boga por estos días) a la formación docente en educación física en nuestra provincia.

En el trabajo que mencionamos, Karen habla de la masculinidad como construcción social, de relaciones de poder, de violencias abiertas y encubiertas, de patriarcado, de orden social, de naturalizaciones y cuestionamientos, de desigualdad, pero también de feminismo, resistencia e intervención.

Se puede ver, en sus palabras pero también en sus gestos, en sus sonrisas, la perspectiva de un tiempo no muy lejano en el que mucho de lo que cuentan será distinto. No casualmente Karen elige hablar de "dinosaurios" en referencia a quienes hacen jugar a la selección femenina de rugby "en las peores canchas, cuando tenemos circuito, no nos dan ropa y tenemos que andar con la ropa vieja de los hombres que nos quedan enormes".

Fátima terminó en la escuela secundaria Mariano Moreno en diciembre pasado y trabaja en una cancha de fútbol 5 de la ciudad. Se anima a soñar con un futuro en el que el deporte que aman también para ellas pueda ser algo más que una pasión: " uno le dedica el mismo esfuerzo, las mismas ganas, sacrifica un montón de cosas."

Por lo pronto, uno las escucha y no las puede imaginar pateando a alguien tirado en el piso, y mucho menos al grito de "negro de mierda". Ni siquiera hablando de "fallecimiento" en vez de crimen, como lo hiciera el patético y lavado comunicado de la UAR en ocasión del asesinato de Fernando Báez Sosa. "Realmente en el ambiente deportivo creo que es necesario trabajar más los valores de integración y respeto hacia todas las personas", cierra Karen su trabajo y expresa, de ese modo, lo que las dos han planteado en lo que va de la charla.

Publicado por Río Bravo el 31 de enero de 2020.

Publicado en Costa del Paraná