En las recurrentes crisis del capitalismo, a las que como anexo se agrega el agravante de la pandemia del COVID19, casi como una espiral de repitencias, con algunos matices hay dos aspectos notorios. Fuera de que quienes ganan son siempre los mismos, y que se socializan las pérdidas: la crisis saca lo peor y lo mejor de los individuos, la humana solidaridad, expresa en lo colectivo, en el interés genuino por el bienestar del otro, y por otro lado en la sistémica individualidad, el egoísmo, el sálvese quien pueda y como pueda.

En este tramo de las circunstancias ya no aportaría nada decir algo sobre la pandemia, al menos yo. No obstante, por haberlo vivido, esta vez osaré la autorreferencia situada entre la pueblerina vivencia de 2001 y la hoy global crisis pandémica.

En 2001, cuando la profundización de las medidas extractivas que implementara el gobierno nacional de entonces, con la repetida y hasta el día de hoy validada receta de ajuste y represión a los más vulnerables, desde los pueblos de pequeñas localidades perdidas en el mapa la crisis se vivía de alguna manera más en el cara a cara, y de nombre, de conocernos todos. Recuerdo que por entonces tenía yo un emprendimiento jardineril y había terminado de cursar el seminario en Paisajismo y Espacio Público Mirar y Producir, a través del Aula Virtual de la UNL. Digamos que enfrentando la crisis, y con algunos ahorros en una cuenta bancaria que el gobierno de De la Rúa y Cavallo confiscó, se robó, o como quieran llamarle. Crisis que en Entre Ríos se agravó con la emisión de papel moneda desvalorizado que llevaban la firma de un coterráneo nogoyaense que manejaba el Ministerio de Economía de la provincia (años después fue condenado por la justicia e inhabilitado para ejercer cargos públicos). Mientras, los muertos, la represión y la miseria angustiaban a la provincia de Entre Ríos y a la Argentina, y Nogoyá no fue la excepción. En esta extractiva miseria planificada, la funcionaria a cargo de administrar la Casa Municipal de Cultura, en donde funcionaba el Aula virtual de la Universidad Nacional del Litoral, se nos quedó con los fondos que debíamos pagar para poder cursar, en pesos o en lecops. Eran tiempos en los que se compraban senadores para sacar sí o sí la ley de flexibilización laboral, en que se despedían en la provincia a trabajadores del Estado y en la gestión local una funcionaria se robaba las cuotas de los estudiantes, un signo distintivo de las tres gestiones que pertenecían al mismo color político.

Aún así, en el día a día de la desvalorización monetaria hubo gestos de inmensa solidaridad en el pueblo. Además de la feria del trueque, se instalaba con dos sucursales un supermercado de conocidos capitalistas de una ciudad vecina, cuando al tiempo de dominar el mercado deciden no aceptar más los “Bonos Federales”, cuasimoneda devaluada de circulación provincial. Esto llevó a que gran parte de los vecinos fuésemos a comprar azúcar -“aunque sea un poco”- por dos federales, un poco de yerba -“ aunque sea un poco, lo que pueda”-, por dos federales, dos panes, por dos federales, en la despensa de Walter Rossi, en el Barrio Sur. Walter un tipo al que la historia no le hará bronces ni calles y, de seguro, esta nota no le hará del todo la honra que se merece, un tipo que mas allá de todo ponía una papa de más para quien iba por “lo que alcance”, un tipo al que no le ajustaba la mano para darse vuelta, tomar una bolsa de algo y decir “llévala nomás”, después me la pagas”, “alcánzame después no hay problema”, siendo que seguro sabía que ese después nunca llegaría.

Por mandato familiar y cuando mis clientes de los jardines pagaban en pesos, se iba a comprar a lo de Walter, porque era justo, simplemente por eso, porque era justo, ya que cuando había papeles que no valían nada, uno iba a lo de Walter porque en el supermercado no los recibían o recibían tan sólo un porcentaje del total de la compra.

Promediando 2003, con la provincia incendiada, tierra arrasada por hambre, por balas, por muerte, los docentes pasamos meses sin cobrar, ni siquiera federales. En este contexto llega a la provincia el recientemente asumido presidente Néstor Kirchner y su ministro de educación, Daniel Filmus, y oxigenan las arcas provinciales, comenzando la reconstrucción de un país en ruinas. A medida que fueron desapareciendo los bonos federales, también desapareció la despensa de Walter, porque aquellos que cuando el supermercado no los recibía con bonos iban a lo de Walter, ahora con pesos en las manos iban a comprar al supermercado, y no es una metáfora de la crisis, es la crisis en sí misma, la de la solidaridad y el egoísmo individualista en la misma senda.

Walter, por lógica del capitalismo, cerró la despensa. Recuerdo una vez en que me mostró el alto de anotaciones que no le pagaron. Vendió lo que pudo, incluso el inmueble, y salió como preventista a buscar pedidos para otro supermercado. Hace varios años, en mi primer trabajo como maestro rural, lo encontré volviendo a Nogoyá en moto. Esas cosas tiene el pueblo chico, a veces la solidaridad no es más que un relato.

No mucho después, Walter fallece. Simplemente el sistema siguió como si nada, como si un gran hombre no se hubiera ido, como si las “cuentas con la despensa hubieran sido saldadas”, como si el mágico sonido de la registradora en pesos del supermercado pudiera borrar el aroma de mezclas de la pequeña despensa, que nos recibió a todos, con plata o sin plata.

La crisis ha vuelto y, casi como un calco, las actitudes que nos diferencian. Lo que no volvió es la pequeña despensa absorbida por los grandes emporios. Ayer, mi hermana, y en esto asumo la autorreferencialidad con el orgullo fraterno de decirlo, en la distancia de la cuarentena, le comento que por qué no había hecho los trámites para la IFE, ya que no está trabajando ni facturando nada, con la sana indignación de quien sabe que otros lo necesitan más, me responde: “mis hijos tienen para comer, no les sobra, pero no les falta absolutamente nada, hay otros que lo necesitan más; la señora a la que el marido la dejó con la nena y no la cobra porque tiene pensión, el albañil que como tiene seguro de desempleo por unos $5000 no la cobra, los padres de tus alumnos que vos me contás cómo viven, ellos la necesitan más, me muero de vergüenza si yo voy a cobrarla.”

El mundo está mostrando sus caras, el racismo, la xenofobia, cuando es a los inmigrantes pobres, la aporofobia hecha expresiones de odios que se postean sin vergüenza alguna (“planeros, negros de mierda, vagos”); la crisis saca lo mejor de algunos y lo peor de otros. El mundo no volverá a ser igual y, por esta condición humana, ante tantos liderazgos mesiánicos y promotores del odio, vale recordar que también hubo, que también hay otras caras, las del otro, las de quienes menos tienen, las de Walter y otros tantos parecidos que, quizás sin saberlo, hacen, han hecho historia, la de la solidaridad y la de un mundo más justo como una necesidad.

Prof. Pablo A. Álvarez Miorelli.

La foto es solo ilustrativa.

Publicado por Río Bravo el 22 de junio de 2020.

Publicado en Pago chico
Viernes, 17 Abril 2020 13:52

Apostillas del coronavirus

Las imágenes de la cuarentena exhiben escenas de solidaridad, de represión, y de xenofobia, entre otras. Permiten observar esa otra grieta social de la que poco se dice pero que nos sigue dividiendo. Una grieta que nos atraviesa la cabeza poniendo de un lado el desprecio por los que menos tienen y por el otro a los que entienden que la clave está en ser solidarios porque “nadie se salva solo”.

1

Muestran en televisión al ejército dando comida a familias en la Matanza. La cola de las mujeres con tuppers se prolonga en el descampado. Los hombres en traje de combate cargan con cucharones un guiso de fideos y verduras. Lo hacen ataviados de barbijos y guantes. El vapor de la comida se eleva en el aire y se pierde. Un niño les entrega dos dibujos hechos con fibras de colores en dos hojas A4. Se trata de un helicóptero y un tanque.

¿Sabrá ese niño que a las clases populares el ejército las persiguió durante la dictadura?

¿Sabrá ese soldado que fueron miles los niños como este que ahora le entrega los dibujos que durante la dictadura, su ejército los arrancó de sus padres y les asignó una nueva identidad?

Lo saben. La democracia lo ha enseñado. Ni este es el mismo ejército ni ese es el mismo soldado. Lo saben ellos, los sabemos nosotros y lo saben Alfredo Astiz y Miguel Etchecolatz que lo miran desde el penal donde pagan por ser responsables de crímenes de lesa humanidad. Desde ahí lo miran porque les acaban de negar la excarcelación que solicitaron por el coronavirus.

 

2

En 1871 la fiebre amarilla asoló la ciudad de Buenos Aires. Un tercio de su población se condenó a un exilio interno o externo escapando de una muerte segura. Las cifras oficiales de decesos en aquel periodo señalan 14.000 pero hay otros que hablan de 17.500. Para una población que por entonces no superaban los 200 mil habitantes, las cifras son escalofriantes. El origen de la enfermedad hay que buscarlo entre los soldados que regresaban del Paraguay, de la masacre del pueblo paraguayo durante la guerra de la Triple Alianza. Más precisamente en los barcos donde el mosquito Aedes aegypti era el vector de transmisión. Esto lo expuso diez años más tarde el doctor Carlos Finlay, en un congreso médico en La Habana.

Pero las primeras reacciones frente a la enfermedad no fueron impulsadas por reflexiones científicas sino por la xenofobia más descarnada. Se acusó a la comunidad italiana de ser responsables del contagio y se los expulsó de los conventillos e inquilinatos donde vivían hacinados. Fueron sacados a empujones por las fuerzas del orden, sus pertenencias arrojadas a la calle y el lugar desinfectado. Muchos fueron deportados. Esos que bebían aguas de aljibes contaminados o del riachuelo donde iban a parar los desechos de los saladeros. Esos que convivían en calles que se anegaban y donde flotaban los cadáveres porque habían sido enterrados al ras. Esos, finalmente, que vivían hacinados con aguas servidas exhibiendo condiciones insalubres. Esos fueron los señalados como responsables de la epidemia. Y contra ellos fueron.

Funcionarios de las primeras líneas del gobierno de Alberto Fernández han manifestado preocupación por las reacciones sociales frente a posibles casos de discriminación en los barrios populares. Para ser más precisos, están pensando qué ocurrirá cuando en los barrios populares cuyas condiciones de hacinamiento no tienen nada que envidiar a la de aquellos integrantes de inquilinatos y conventillos, llegue el Coronavirus. Lo están pensando con la historia en la mano, de aquello que ocurrió hace 150 años pero también con el presente. Con las reacciones de aquellos que piensan que el mal en la Argentina está en el Estado grande que da de comer a los choriplaneros.

 

3

Las redes sociales se han colmado con la cuarentena. Entre los múltiples mensajes que circulan, hay muchos que se regodean con la violencia hacia los jóvenes de clases populares. Mientras que el gobierno dice que el enemigo es invisible, por eso hay que hacer cuarentena, hay sectores que han identificado al enemigo. Con el manual de la xenofobia lo han identificado. El problema para ellos son los barrios populares donde no se respeta la cuarentena. Esos barrios donde no hay agua potable, donde viven hacinados, donde no tienen garantizada la comida diaria y donde conviven con aguas servidas.

Como esos son los culpables, festejan cuando la policía insulta a unos jóvenes que salieron a caminar juntos, o cuando maltratan a un delivery que está trabajando con indumentaria de trabajo y papeles de trabajo, o cuando aleccionan a unos pibes haciéndoles hacer saltos ranas como si estuvieran en la colimba. Festejan que se aleccionen a los jóvenes de clases populares, cuyo futuro y presente les fue arrancado desde antes de nacer por fuerza y obra del Mercado y del Estado cómplice. Festejan que se los castigue porque son los que sobran en esta sociedad.

La “doctrina Chocobar” tiene tantos adeptos porque da vía libre a estas ideas. En manos del gobierno de Mauricio Macri permitía castigar a esos que sobran, con la impunidad de eliminarlos. Hoy quienes la siguen reclamando, exigen que el Estado resuelva los sobrantes del Mercado y calme las ansiedades para habitar “un país tranquilo”. Por eso es necesario adoctrinar a los jóvenes de clases populares que no cumplen con la cuarentena. La “doctrina Chocobar” está en sus cabezas, no tiene fuerza de ley; tiene la potencia del deseo.

 

4

Una enfermera de Mendoza acaba de recibir una noticia sorprendente. La dueña de la casa donde vive (y a quien conoce solo por Whatsapp) le acaba de anunciar que no le cobrará los próximos 2 meses de alquiler. Se lo comunicó por teléfono, cuando la inquilina le dijo que en ese momento no podía atenderla porque estaba de guardia. “¿De qué trabajás?” “Soy enfermera”. Eso fue suficiente, dijo la dueña del departamento. “Sentía que algo tenía que hacer por los que tantos hacen por nosotros. Vivo en Buenos Aires y soy paciente de riesgo. Los vecinos del edificio me hacen las compras para que no salga”. Algo tenía que hacer, repitió en la radio donde le hicieron el reportaje. Ahora la enfermera está buscando el modo de replicar el favor con otro. “Tenemos que armar cadenas de favores. La enfermedad nos está enseñando a ser más solidarios”.

Publicado en Actualidad