Domingo, 22 Diciembre 2019 13:07

Venganza

No se le iba el julepe al Pekoso. Andaba bastante asustado pero no quería dar el brazo a torcer. Sabía que la amenaza del Polaco era cierta. “Si te vuelvo a ver por el barrio te fondeo, pendejo”, le había dicho.
Pekoso no se metía con el Polaco ni con sus soldaditos. Pero armaba bardo en el barrio y hacía llamar la atención. Otras veces, llegaba a los piques con algo para descartar y la cana solía enterarse; entonces, el Polaco tenía que moverse muy sigilosamente, no sea cosa que lo agarren por casualidad mientras buscaban a otro.

Lo del Polaco siempre fue muy limpio. Le traen la mercadería, la fracciona rápido y al toque la hace distribuir. Una parte fraccionada se la deja en la casa para algunos clientes que caen a comprar en remises o en autos importantes. Los pibes saben que a los autos que llegan preguntando por el Polaco no se les molesta, ni se les mira. Así funciona la cosa.

Por eso, lo del Pekoso jode. Es un bando. Y se manda las macanas, más para joder que por negocio. Al principio, con el miedo que tenía, se pasó días sin pisar el barrio. Pero le costaba mucho, extrañaba, sobre todo al bebé. De a poco fue juntando coraje y una madrugada se escabulló entre las vías, atravesó los cañaverales y se mandó a la casa de la Moro. Fue una visita furtiva, sobre todo para ver al bebé y dejarle un beso en los cachetes. Varias veces le advertí que tenga cuidado, que no se confíe; que se la iban a dar.

Yo no quería salir aquella noche que vino a buscarme con esa moto. Una Guerrero impecable, llena de adornos. “Le robaron la motito / al boludo de Carlitos…” canturreaba y se festejaba la hazaña. Esa madrugada fuimos ganadores, salimos con el tanque lleno y nos llevamos puestos todos los semáforos en rojo que se nos atravesaron. Cruzábamos las avenidas haciendo zigzag y fuimos y volvimos no sé cuántas veces por la Costanera.

Nos pavoneamos, nos hicimos ver por todo el mundo. La Guerrero zumbaba como si fuera un avión a chorro. Me dejó en la puerta de mi casa cuando empezaba a salir el sol, todavía la gente dormía en el barrio. Apenas se escuchaba alguna música fuerte de alguien que intentaba prolongar la noche. Nos despedimos, quedamos en volver a encontrarnos a la tardecita y salió ensayando unos willys.

Esa mañana, el barrio se llenó de canas. Enseguida pensé que había pasado algo con el Pekos. Me preocupé mucho pero no podía salir a preguntar, tenía que andar con disimulo, no sea cosa…

Después supe que habían estado revolviendo en lo del Polaco, le recabió. Era muy raro el asunto, porque los canas nunca lo molestaban a pesar de que sabían que en esa casa se distribuía.

Pasé como una semana sin saber nada del Pekoso, no me animaba ni a pasar por lo de la Moro para averiguar. Hasta que me lo encontré en la avenida, venía caminando tranquilo y sonriente. Nos saludamos, hablamos pavadas hasta que le pregunté si había pedido rescate por la moto. “No sabés, esa moto quemaba, la andaban buscando los canas. Esa madrugada la dejé estacionada en la puerta de la casa del Polaco, le recabió”.

Publicado por Río Bravo el 22 de diciembre de 2019.

Publicado en Otras yerbas